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Qué suspiro de satisfacción se dejó escapar el domingo 3 de marzo sobre el resultado de la adhesión de Suiza a las Naciones Unidas, que salió con 54 % de votos a favor. De los 23 cantones que cuenta el país, 11 votaron en contra. Hasta el último momento no se podía saber si el final del escrutinio sería positivo. El Gobierno Suizo que se había involucrado profundamente en la campaña a favor del sí, respiro aliviado tras el ajustado resultado del referéndum y ante la derrota de los sectores xenófobos que habían acusado a las Naciones Unidas de todos los males que azotan al mundo. Durante décadas el pueblo suizo se ha negado a cualquiera adhesión que pudiera ser negativa para su independencia y neutralidad, y han logrado mantenerse al margen de todos los conflictos que continuamente estallan en nuestro planeta, alegando que son un pueblo pacífico y sólo abogan por la paz. Ya en el año 1986, en el referéndum para pertenecer a la sociedad de naciones, una amplia mayoría de la población votó en contra, y desde entonces se ha mantenido una presión muy fuerte en algunos de los cantones para su incorporación a este Organismo. El aislamiento ha sido siempre criticado por los que defendían la entrada a la Institución de la que son anfitriones -al estar la sede europea de la ONU en Ginebra-.

El ministro de Relaciones Exteriores insistía en que Suiza tiene obligación de esta incorporación, que junto con el Vaticano era el único Estado que se abstenía desde hace muchos años. Así, su decisión dejará al Vaticano como el único estado del mundo que sólo atiende las sesiones de la ONU como observador.

No hay que olvidar -alegaba el Sr. Deiss- que la mayoría de las Organizaciones internacionales y Humanitarias tienen su sede en Ginebra. Y por ello tenemos el privilegio de que muchos extranjeros trabajan en estos organismos y contribuyan a mover todos los sectores de la economía suiza en gran medida, y por ellos gozamos de un alto nivel de vida.

Los detractores afirman que la vivienda hace ya varios años que está en crisis, no hay alojamientos para las familias suizas, ni colegios privados que están repletos de los hijos de estos funcionarios, y que, a pesar de que tienen infinidad de privilegios, al Estado Suizo no le pagan ningún tipo de impuestos.

Numerosos fueron los suizos que dudaron de esta adhesión, que no veían con buenos ojos. El sociólogo y político de izquierdas ginebrino Jean Ziegles veía ese interés del sector privado en apoyar al Gobierno para el ingreso en la ONU como una estrategia de las élites económicas para eludir la entrada de Suiza a la UE. Le preocupaba la contribución helvética a la adhesión de la Organización, que llegaba a los 295 millones de dólares (340 millones de euros) que de forma indirecta tendrá que pagar el contribuyente, además de los impuestos normales que son ya enormes en un país que está catalogado como el tercero más caro del mundo.




 

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