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Su carácter extrovertido a veces dejaba escapar lo que no deseaba decir, haciendo que el rostro de su interlocutor reflejase unos especie de asombro, de incredulidad... ante semejante opinión; pero ella cuando hablaba lo hacía sobre una sólida base, que no siempre parecía existir.

En aquella ocasión el tema que se deslizó en la tertulia, se refería a la viudedad. De cinco féminas, dos se hallaban viudas, tres casadas, una de ellas, su madre, había enviudado recientemente por lo que aportaba su opinión sobre el tema basándose en vivencias de ésta.

Puede decirse que en el debate solo participaban cuatro, pues una de ellas no opinaba, dando la impresión de ser una persona sumamente prudente y celosa de su intimidad.

Una de las viudas, según decía, había sido muy feliz en su matrimonio, dando detalles, no de su vida íntima pero sí de situaciones inolvidables, tales como el día en que por un descuido se incendió la cocina, logrando su marido apagar el fuego, tras lo cual le rogó se arreglase para salir y así serenarse un poco. Una vez en la calle se dirigieron a un hotel donde cenaron y se alojaron durante tres días, olvidándose de todo. Al volver se hallaba la casa tal y como la dejaron. Al ver la cocina, no pudo reprimir un sentimiento de alegría y agradecimiento a la vez.

Tan buenos recuerdos le venia a la memoria que a veces deseaba reunirse con él. 

De hechos similares refirió varios, todos con un trasfondo de amor y comprensión, dignos de envidia por la de carácter extrovertido, que no perdía detalle de gestos y expresiones del rostro de quién hablaba, por lo que aquella última frase estaba completamente segura de ser falsa, ya que era sumamente observadora y de una memoria prodigiosa, para más tarde, como solía tener por costumbre llegado el momento, exponer su opinión en el lugar apropiado como experiencia ajena.
La segunda en tomar la palabra rápidamente, antes de que comentara otra historia similar, viuda también, comenzó diciendo que ella sintió mucho la muerte de su marido porque se llevaban muy bien y habían tenido cuatro hijos, pero que a pesar de haber compartido su vida con él durante más de cuarenta años, no dejaba de reconocer que el vacío inmenso que le dejó, lo suplió con la libertad de acción que volvía a tener, a pesar de que sentía que jamás le llegaría a olvidar.

Seguidamente intervino quién había perdido a su padre no hacia mucho tiempo, por lo que opinaba por la aptitud tomada por su madre como viuda. El dolor causante por la pérdida del marido debe ser traumático si en verdad los dos han sido uno solo, si han vivido el uno para el otro y para sus hijos, si el hogar formaba un oasis de paz y comprensión a pesar de los vendavales que a veces azota a la familia y que gracias a ellos se refuerza la unión. En fin, un compendio de amor, dulzura, apoyo moral y físico perdido para siempre... pero que, obligada por ella y sus hermanos, llevaba una vida normal, relacionándose con sus amistades, saliendo a pasear, de compras, etc.

La de carácter extrovertido, no perdía la mirada ni el mínimo gesto de la que se encontraba en el uso de la palabra, guardando en su mente, como si de un ordenador se tratase, todo cuanto decían, sacando sus propias conclusiones.

Hacía cerca de cuarenta años que se había casado, y en vista de lo oído no quería dejar traslucir la situación de su matrimonio, pero no deseaba mentir, por lo que cuando tuvo ocasión de hablar sólo dijo que, como esa situación no era la suya, no podía opinar, pero que si se le hubiese ocurrido hacer lo que refirió la primera viuda, mostrarse insinuante en combinación cuando era joven, estaba segura de que su marido le hubiese contestado que se abrigara, que iba a coger una pulmonía. Al oír eso, las cuatro al unísono exclamaron -¡Qué clase de marido tienes!-. Ella muy cortada contestó que es lo que creía; pero estaba muy segura de su reacción.

Cada vez comprendía más a las mujeres que enviudaban, en vista de las opiniones y vivencias vertidas en la intimidad de una tertulia de cuatro. El "trago" del momento de la muerte, más las circunstancias que la rodean, el tiempo se encarga de difuminar el dolor hasta llegar casi a desaparecer. Así opinaba, íntimamente, la de carácter extrovertido.

Yo conozco a viudas que han hecho realidad pequeños sueños tales como adquirir una mantilla y una peineta, porque su marido nunca quiso que hiciese ese gasto económico, dedicarse a pintar o viajar -por el IMSERSO- con sus amigas que se hallan en la misma situación. La vida no permite detenerse ante los imponderables por mucho que trastoquen.

La tertulia finalizó en un ambiente distendido -dicho así queda muy bien- pero lo cierto es que resultó una sesión de terapia psicológica muy adecuada ante una taza de café.








 

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