Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Hay en el mundo una sombra oscura, un mal que se condensa sobre nosotros en nubes de horror que han de llover, que ya están lloviendo. Los errores siempre acaban pagándose, y los nuestros -no son de otros, sino de todos- se han convertido en gravísimas faltas. Estamos errando contra la madre naturaleza que nos crea y nos mantiene, la misma madre que preserva el mundo en el que vivimos y en el quisiéramos seguir viviendo. También estamos errando gravemente contra nuestros iguales más débiles, a los que ignoramos y, por tanto, despreciamos con inconcebibles dosis de indiferencia.

Lanzamos basura al universo, literal y metafóricamente, a la par que taladramos nuestra única atmósfera con balas de veneno, día a día, año tras año, sin tregua ni descanso, privando de aire nuestro futuro, asfixiando a nuestros propios descendientes. Estamos alterando la vida y transformando el planeta en un mundo sin primaveras, -agua y nacimiento- y sin otoños -reposo y renovación-. Vamos hacia el desequilibrio de lo extremo en todos los sentidos; hacia inviernos helados y mortíferos y hacia veranos ardientes como el fuego que todo lo consume. Pero la opulencia en contraposición con el hambre absoluta, son otros símbolos de nuestra falta de equilibrio, de los extremos a los que conducimos la vida. Si todo este horror lo estamos cometiendo contra la tierra, la madre que nos nutre y nos sustenta, otros horrores igualmente graves estamos cometiendo contra nuestra propia especie, contra la humanidad, lo único que realmente nos engloba. Nuestra única y verdadera globalización.

Estamos viendo y oyendo -sé que voy a escribir una cantinela que no por conocida nos vuelve más conscientes- cómo mueren millones de seres humanos cada día. Vemos las caras de dolor, el profundo sufrimiento en el rostro de la inocencia; los niños que están sujetos a la vida por los hilos quebradizos del hambre, de un hambre que ni siquiera podemos imaginar. Detrás de ellos están los ojos de las madres reflejando la impotencia que habita en la sequedad de sus pechos. Nos enfrentamos ante la imagen de pueblos enteros que están perdiendo todo lo que tienen, que sólo les queda huir de sus casas, de sus pueblos, de todo lo que significó su vida, viendo como mueren sus hermanos y sus hijos.

Y miramos hacia otro lado, tibios, indiferentes; seguimos con nuestra vida desde un rincón del mismo primer mundo que impone su poder económico, la fuerza de su progreso cultural (¿progreso?...¿cultural?...) contra el débil.

Nos sentimos vinculados a la vida privilegiada de un mundo de primera categoría. Pero sólo hay un mundo. Nos hemos olvidado de que sólo existe uno, con una misma rotación y gravedad, con un mismo sol y bajo un mismo cielo. 

Hemos perdido el norte que lleva a la única y posible globalización, y ya no tenemos la excusa de la ignorancia primitiva, del sálvese quien pueda, de la ley de la supervivencia. Ahora somos seres humanos del tercer milenio, conocemos los agujeros por los que se nos escapa la verdad, sabemos que hay alimento para todos, dinero para todos, sitio para todos. Somos "civilizados", contamos con recursos, conocimientos y tecnología para subsanar los errores que estamos cometiendo contra nuestra propia humanidad. Contra la humanidad física y contra la humanidad como concepto ético. Ahora que somos capaces de enviar satélites más allá de nuestra atmósfera y que poseemos conocimientos sobre el micro universo genético que nos compone, es imperdonable nuestra barbarie y nuestro egoísmo. No hay justificación para tanto acto de ignorancia.

Se está condensando el dolor sobre nuestras cabezas y nos van a llover terroríficas consecuencias; ya están lloviendo. El poder sin sabiduría es un arma letal de soberbia y de avaricia que se vuelve contra nosotros.

Estamos permitiendo la guerra y el hambre, estamos contaminando el mundo física y espiritualmente. No existen distancias en un planeta tan pequeño como el nuestro; acaban por no existir, tarde o temprano.

Las consecuencias, los avisos, cada vez son mayores. Se derrumban ante nosotros las torres más altas, los símbolos de orgullo y de poder con los que nos identifican los menos afortunados. La vida nos está mostrando señales de que hay otras formas de ignorancia menos espectaculares pero tan terroríficas y denigrantes como el propio terrorismo, ... y nada cambia. Seguimos combatiendo el horror con la violencia, la debilidad con el poder, el hambre con la prepotencia. No aprendemos que la vida nos está avisando de que ese no es, definitivamente, no es el camino.

Mis palabras, las insignificantes palabras de un culpable más que hoy quisiera retirar para siempre la venda de sus ojos, podrían hablaros de Dios, pero estarían entonces limitadas al destino de los creyentes que las lean. Por eso mi humilde pero firme llamamiento prefiere alzarse en nombre de la Humanidad, o de la Naturaleza, o de la Vida, sin importar a cuál de estas palabras queramos ponerle la mayúscula. Sirve cualquiera que guarde en su seno una razón para nuestra existencia y la semilla de un futuro posible. Elijamos la que más nos guste, la que más se adapte a nuestras creencias, y veremos que la clave a favor de cualquiera sólo podemos hallarla en el amor. Amor. Esa palabra adulterada por las novelas rosa y los culebrones; ese vocablo que puede sonar monjil, ñoño o pueril, pero que en su sentido más profundo todos buscamos y necesitamos desde el día en que nacemos.

Lo que es bueno y necesario para nosotros, lo es también para el mundo al que pertenecemos. Una planta crece mejor y más sana si se la cuida con amor. Un niño sin ternura ni contacto, enferma y muere. A todos nos conmueve el cariño del compañero, el amor del amigo, la ternura de la madre, la unión con el sexo opuesto en el abrazo espiritual y/o físico. La necesidad de amor es universal y es el requisito fundamental para salvar la Vida, la Naturaleza y la Humanidad de las consecuencias de todo este mortífero egoísmo en el que estamos viviendo.

Desde lo más profundo de mi ser siento que sólo el amor puede paralizar el curso de las facturas que de otro modo vamos a tener que ir pagando. Quizás con nuestra propia vida, puede que con la de nuestros hijos. 

Decidámonos a invocar el amor, dentro o fuera, actuando o viviendo para él, trayéndolo a nuestros pequeños mundos, porque todos ellos juntos son los que componen la totalidad del mundo. No menospreciemos el valor y el poder del amor, porque se propaga con la misma eficacia que la oscuridad del miedo y del odio, pero iluminándolo todo. Me temo que es la única solución, nuestra única arma. Y por pequeño que creamos el grano de arena que aportemos, no olvidemos nunca que todos somos responsables de que el Hombre sucumba en este derrumbamiento del mundo, o de que lo haga resurgir de las cenizas, como el Ave Fénix.







 

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