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Siempre hemos pensando que vivir al lado de una persona pesimista puede llegar a transformar nuestra vida en un verdadero infierno. Y sin embargo el filósofo alemán Schopenhauer decía que el optimismo era pernicioso y trivial, hecho que afirmaba rotundamente el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, que lo calificó abiertamente de neurosis. Estas ideas terminantes de estos dos grandes hombres, nos parecen tan erróneas como absurdas. De plano el optimista rechaza las visiones negativas que puedan aflorar en su mente y acepta con serenidad aquello que pueda sucederle sin dramatizar, intentando buscar una solución a contratiempos y calamidades. El optimista ante la vida sólo tiene ventajas.

El pesimista obstinado en un sentimiento de incapacidad y menosprecio acabará con un problema crónico, que es después de todo el rasgo más sobresaliente de la depresión. Ernest Hemingway que acabó suicidándose, padeció ese tipo de tiranía que se impuso él mismo. Durante toda su vida se sometió a metas inalcanzables, obligándose a sí mismo a realizar proezas extraordinarias que constantemente menospreciaba. Nunca se supo por qué estaba en continuo desafío con él mismo.

No se puede confirmar la idea de que el pesimismo es genético, y que puede ser un rasgo de nuestro modo de ser. Puede acabar en una patología crónica como la timidez si no intentamos cambiar radicalmente. Una persona que a diario se obstina en vislumbrar un horizonte sombrío, acabará convencido de que su vida no tendrá nunca ninguna perspectiva. No hay duda que el pesimista siente en su interior una frustración que invade su organismo sintiéndose siempre como si tuviera una enfermedad endémica. Se puede calificar estos síntomas de mala digestión moral. Piensan y están convencidos que la vida no es más que un tejido de dolor y aburrimiento, que sólo nos sirve para enfermar el cuerpo y empobrecer el espíritu.

En reciente investigaciones se ha demostrado estadísticamente que los optimistas gozan de mejor salud, e incluso está probado que viven más años que los que son crónicamente pesimistas.

A pesar de estas afirmaciones tan convincentes tenemos que reconocer que la época que estamos viviendo no es propicia para ser optimista... El declive ambiental, la degradación moral y ese afán por enriquecerse a no importa qué precio, nos incita a que nuestra moral, afectada por tantos acontecimientos nefastos, esté más predispuesta a una visión negativa desde cualquier punto de vista. Sólo las personas con un enorme carácter y fortaleza de espíritu es capaz de salir indemne de tan nefasta atmósfera.

Del comportamiento humano se confirma que no son los genes lo que determina esa tendencia al optimista o al pesimista, sino el aprendizaje. Un aprendizaje que se lleva a cabo precozmente. Ya en la niñez se comprueba que los niños que han superado bien una crisis en su temprana vida verán el futuro con más confianza y optimismo que lo que no han sabido superarla. Seguirán la trayectoria de su vida confiados y enérgicos, aceptando con buen talante los vaivenes que vayan viniéndoles sin preocupación ni desaliento.

En los estudios realizados sobre las emociones y sentimientos del ser humano, se hace relieve de que existen muchas personas que no logran una existencia serena y plácida aunque tengas todos los ingredientes para vivir sin preocupación ni inquietud. Estos seres inseguros y en continuo desacuerdo con ellos mismos, no podrán desprenderse de ese miedo que les acobarda aunque se lo propongan firmemente. Un cambio de actitud será siempre beneficioso para una moral pesimista que no quiere ver las posibilidades del parabién y alegrías que la vida todavía puede depararles. No es fácil hacerles comprender que los estados del alma como del espíritu no son eternos, y la alegría como la tristeza siempre son pasajeros.






 

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