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Es un hecho manifiesto que todos huimos de nosotros mismos. Lo hacemos a través del consumismo, esa carrera sin meta que nos lanza a la adquisición de mercancías. Lo hacemos a través de la religión en lo que supone de negación del mundo y de nosotros mismos. Lo hacemos a través de los medios de comunicación y de entretenimiento, a través de las drogas y su ambiente de feria, a través del deporte entendido como rivalidad y confrontación, a través de la lectura, la música, el sexo... cualquier medio es apto para distanciarnos de nosotros mismos.

Este carácter no es heredado sino fruto de la duda sobre para qué estamos aquí, de dónde venimos y a dónde vamos. Otras gentes de otras culturas más cerradas que la nuestra en todos los sentidos se ven a sí mismas como eslabones entre lo que pasó y lo que deberá pasar. Son capaces de salir de sus pequeñas vidas hacia algo más grande que ellas mismas. Para ellos la tradición es sagrada, pues ella guarda el legado de los que nos antecedieron y nos pusieron donde ahora estamos. La tradición es el mapa donde se lee el presente para encontrarse y comprenderse a sí mismo. Pero eso es lo que ocurre, como digo, con otras gentes. Nosotros, que vivimos más despiertos gracias a la ilustración, nos encontramos, paradójicamente, en una mayor incertidumbre.

Y es que la sabiduría trae eso, incertidumbre. La filosofía y la ciencia son tanto más auténticas cuanto más asumen esta terrible circunstancia de estar siempre dudando, investigando, discutiendo, sin llegar nunca a puerto definitivo. A eso lo llamamos progreso: avance que no cesa porque no llega nunca a su meta.

Los europeos hace tiempo que abandonaron la tradición. Concretamente hace unos 2.500 años, en Grecia, cuando los hombres se atrevieron a pensar por sí mismos, pintarrajeando sobre el libro de la sabiduría mitológica nuevas instrucciones que, a la postre, nos resultarían insuficientes y nos conducirían a lo que hoy somos, a saber, gentes que creen que el mundo empezó a tener sentido con ellos, gentes provincianas desde un punto de vista temporal y existencial.

En definitiva, la vida moderna es puro vértigo producido por la libertad. Se diría que eso es bueno, que la libertad es digna y deseable. Pero también deberá añadirse que conlleva incertidumbre y que carece de rumbo natural. Por eso el hombre busca como loco una segunda naturaleza, nacida de la libertad y la prudencia, que ate para siempre la deriva de la libertad hacia el libertinaje (capricho de los sentidos e instintos). La busca en la ética, en la política, en una idea de decencia, no ajena a la legalidad sino madre e hija de ella. Y mientras la busca sufre de vértigo ante el vacío de su propio ser, que es translúcido por la libertad. El hombre moderno se diría que es un hombre sin sombra que, vaporoso y liviano, no encuentra su propia trascendencia.

¿Podremos alcanzar lo que estamos llamados a ser o vagaremos eternamente en una existencia liviana, casual y libertina? Carpe diem, vive el momento, no puede ser una consigna para el que no conoce otra cosa. Lo será para el que llene su vida de labores y proyectos y acabe por olvidar que el sentido de la vida se encuentra en cada día que ésta consume y no en un futuro que no está aquí o en un pasado que ya nunca volverá. No podemos dejar la felicidad en otro lado más allá del aquí y ahora. Sin embargo, debe haber algo más que vivir el momento. Debe haber una segunda naturaleza que vivamos como marco del presente, como su sentido primero y último.

El hombre moderno carece de trascendencia y vive el presente o, peor aún, en un futuro compuesto de vacaciones, automóviles, hipotecas finalizadas y proyectos de jubilación. Mira a lo que tendrá, mira a lo que tuvo, mira a lo que tiene, pero no mira a lo que es, a lo que fue, a lo que será. No mira el resultado de su búsqueda, que es él mismo, sino que inventaría sus posesiones y elabora programas vitales de eficacia dudosa desde el punto de vista espiritual. No crece: acumula.

Trascendencia es lo que busca y no encuentra en la tenencia. No en otro mundo ni en otra realidad más allá de su ser aquí y ahora, que la verdadera trascendencia no requiere a Dios ni al alma inmortal (es indigna la confusión de la trascendencia con los absurdos mitos de un pueblo de cabreros que se cree favorito de un todopoderoso vengativo, racista e infanticida: es ridículo). Lo que busca es a sí mismo más allá de lo que es, lo poco que es, aquí y ahora. Busca, en definitiva, su propia humanidad perdida. ¿Dónde buscarla? He aquí algunas pistas...

No puede hallarla si ignora a los ancianos y desperdicia la memoria viva que guarda lo que los hombres hacen y lo que obtienen, sus pecados y sus hallazgos. No puede hallarla si renuncia a los hijos, que desde el principio de los tiempos fueron punto de referencia inamovible para fijar valores y establecer pautas. No puede hallarla si olvida su historia, la de su pueblo, la de su personalidad, la de sus mentiras y sus verdades. Al menos esto. Por tanto, ¿qué podemos esperar de un mundo que arrincona a los ancianos, que delega los pocos hijos que tiene a manos ajenas y pantallas de televisión, que sólo recuerda las anécdotas y olvida las esencias? Poca humanidad, me temo, poca trascendencia.

Pero si la sociedad es así, nosotros, los hombres individuales, somos algo más y aún conservamos el instinto de búsqueda y el olfato de trascendencia. También tenemos, por suerte, instintos de vida que nos ayudan a encontrar realidades, si bien a veces toma por tales lo que no es sino humo. Es el individuo el único que puede salvarse a sí mismo de una existencia vacía. Pero aquí es donde descansa el origen del problema: lo que importa no es lo que el individuo TIENE, sino lo que ES. Aprender a distinguir entre ambos verbos tiene y constituye el entero camino de la trascendencia.
 






 

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