Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Mientras Jorge desayunaba, su hija de tres años le hizo una pregunta que desde ese día empezó a darle tantas vueltas en la cabeza, que se la aprendió de memoria, sonido por sonido, palabra por palabra: «papi, cierto que antes de comernos el huevo han sacado al pollito?»... «Por supuesto que sí», se apresuró a contestar mientras le acariciaba el rostro y le retiraba un mechón de cabello que le caía sobre sus grandes y expresivos ojos.

Esa pregunta desconcertó a Jorge. Pero ese desconcierto no se debía a que le entraron ánimos filosóficos de resolver el misterio de que fue primero: si el huevo o la carne; ni tampoco a que ese día su adorada hija terminara el desayuno sin tener que insistirle, ordenarle o suplicarle para que lo hiciera; ni menos porque de repente le hubieran surgido inclinaciones vegetarianas pensando en el posible pollito. Se debió a que descubrió tras su pregunta una preocupación por la fragilidad de la vida.

Y no es que las razones para justificar lo que se comían en el desayuno se le hubieran escondido con gran éxito, sino que intuía que la pregunta de su niña buscaba otro tipo de respuestas diferentes a dietas, proteínas y todo eso. Lo que no encontraba era palabras para explicarle como los seres humanos nos acostumbramos a tantas cosas, que luego ni nos preocupamos ni nos preguntamos por ellas y las asumimos como normales, aunque sean trágicas. A no ser que nos exploten en la cara de improviso, como el huevo y el pollito imaginado que contenía.

Se despidió de ella, dándole un beso en la frente y se fue al trabajo donde se olvidó por completo del asunto; pero esa noche cuando regresó a casa y se dispuso a ver las noticias en la televisión, ella se sentó a su lado y empezó a mirarlo con sus grandes ojos. No le decía nada, solo lo miraba con atención, como reclamándole una mejor explicación del asunto de los huevos y el pollito: como los extraían, cuándo lo hacían, quienes se encargaban de tan delicada tarea, donde era la fábrica extractora de pollitos y como volvían a sellar el huevo, en fin todas esas minucias que siempre su padre le contaba cuando ella preguntaba sobre algo. Una explicación mas compleja que el simple «Por supuesto que sí» que esa mañana le había dado.

Incómodo ante la mirada de la niña y ante su propio silencio, Jorge decidió ignorarla por un momento y concentrarse en los titulares de las noticias, que ya estaban dando en televisión. En resumen: violencia por aquí, violencia por allá. Muerte por acá, muerte por allí. Lágrimas por aquende, lágrimas por allende. De un lado del televisor un país loco y unas víctimas que no entendieron porqué fueron sacrificadas; de otro lado de la caja mágica un país desconcertado y acostumbrado a la estupidez impuesta.

Como no quería que ella viera las noticias, y mucho menos la amarga realidad del país; le dijo que se fuera a jugar en su alcoba con sus muñecas y ella se retiró sonriendo, sin preguntarle nada mas. Desde el televisor seguían saliendo tragedias, pero en Colombia son tan altas las cifras de muertes, que las muertes solitarias (¿cuál muerte no lo es?) dejan de ser noticia para dar espacio a las que vienen en conjuntos.

Empezaron el noticiero entrevistando a uno de los personajes de la guerra que justificaba sus métodos con dos o tres frases. No se puede mentir más en tan pocas palabras. Al entrevistado se le veía tan seguro que a Jorge no le quedó duda de que el tipo se estaba creyendo todo lo que decía, era tan patético que además decía que era el otro el causante del mal del que él era autor.

Jorge siguió viendo las noticias con desprevención, ya estaba acostumbrado a la violencia y al color amarillo de las noticias; para él era normal la muerte de los otros. Bien sabía que «la muerte es una costumbre que suele tener la gente», no sólo porque lo leyó de Borges, sino porque se lo recordaba a cada momento la radio, la prensa, la televisión, las conversaciones con vecinos, con los compañeros de trabajo, con los amigos, con los familiares. Cada nuevo día había una nueva tragedia que lamentar: injusticia social, desempleo, robos, atracos, políticos corruptos, narcotráfico, voladuras de torres de energía, sobrecostos en las obras públicas, desplazados por la violencia, negligencia de algunos gobernantes, secuestros, tiroteos en las esquinas, masacres, destrucción de pueblos enteros y encima la selección nacional de fútbol perdiendo por goleada frente su rival de turno.

¿Qué hacer? ¿cómo solucionar este grave problema? era la encuesta de opinión que habían adelantado en el noticiero de televisión la semana anterior y ahora estaban dando los resultados: Lo que hace falta es ser mas agresivos en el ataque, decían unos; debemos consolidar la defensa, opinaban otros; olvidemos los errores del pasado y afrontemos el futuro, aconsejaban los demás. Pero cualquier consejo era desatendido pues en el siguiente noticiero Jorge vería lo mismo: el equipo de fútbol aún no levantaba cabeza y perdía de nuevo ante cualquier rival.

Decidió entonces no pensar mas en las encuestas televisivas acerca de los males del fútbol colombiano y siguió impasible frente al televisor, hasta que una escena lo aterrizó de bruces: se trataba de una información de último minuto, esas que siempre van después de los deportes y antes de las notas ligth del espectáculo y la farándula. Una muerte violenta y colectiva (o varias solitarias, insisto) de unas personas que iban al mercado. La cámara mostraba los cadáveres sin ningún pudor, como tratando de arrastrar algo de miseria hasta los ojos de los televidentes y se detuvo una milésima de segundo en el cuerpo de alguien que llevaba una pequeña bolsa en la mano, de la que se había derramado su contenido en la caída; allí estaba una pequeña bolsa llena de huevos, aplastada contra el piso y algunos huevos quebrados esparcidos a su alrededor. Allí estaba la respuesta que debía darle a su niña... Nadie se toma la molestia de sacar antes a los pollitos, hija mía.

Ese instante macabro, esa fragilidad de la vida que intentaba olvidar todos los días, le estalló de repente en la cara, de nuevo volvió a sentir el miedo, se vio tendido junto a los que les tocó el turno de morir sin sentido y sin razón, sintió la agonía de morir por el simple hecho de ir a comprar huevos al mercado. Le recorrió un escalofrío. Se vio allí, tendido mientras su viuda frente al televisor esperaba su llegada para preparar los huevos fritos, que se habría de comer al desayuno su pequeña huérfana imaginando que antes alguien había sacado de allí a los pollitos.

Papi, juega conmigo, le dijo mi niña mientras lo sacaba con su dulce voz de ese amargo instante vivido; apagó el televisor y se unió a su juego. Jorge siempre había dormido tranquilo, no solo porque se acostaba cansado y con el sentimiento de deber cumplido, sino porque tenía su conciencia en orden y además no sufría de insomnio; pero esa noche no durmió. No pudo dormir porque la absurda violencia le volvió a entrar por los sensibles poros de la piel mientras veía la televisión, mientras que a otros menos afortunados la violencia les entraba directo por la piel en forma de proyectil... la muerte en Colombia viene en docenas, como los huevos. ¿qué diablos le responderá mañana a su hija?
  






 

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