Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Uno de los cargos más difíciles de estos tiempos es, sin duda alguna, el de ama de casa, y lógico es que rompamos una lanza en su homenaje y honor.

Nosotros, los denominados jefes de familia, los pontífices del hogar, estamos convencidos de que nuestra papeleta es la más peliaguda, al tener que lanzarnos a la calle para ganar el pan con el sudor de nuestra frente, y no pocas veces ejerciendo funciones pluriempleistas. Hoy, también las mujeres, en no pocos casos, ejercen igual actividad, quedando entonces los hombres a su mismo nivel.

Muy pocas veces nos hemos detenido a pensar las desazones que pasa nuestra "media naranja", en el caso de no estar ella colocada, y llevar adelante la economía casera con todos sus problemas y necesidades. ¿Qué ocurriría si un buen día se volviesen las tornas (cosa lógica porque somos acreedores a los mismos derechos y deberes) y tuviésemos los hombres que echar en la Plaza de Abastos, en la lucha titánica con carniceros, pescaderos, verduleros, etc., etc.? Pues que podemos terminar majaretas perdidos.

La mujer tiene más paciencia; es más sufrida, sagaz, calculista y con sentido real de la administración, porque sabe quitar aquí, poner allá, tantear, ver, palpar, observar... hasta hallar la forma mágica que encaje exactamente en sus posibilidades. Nosotros somos más impulsivos y vamos al grano rápidamente, con el consiguiente desajuste económico.

¿Seríamos nosotros, los del sexo fuerte, capaces de sostener diariamente esa batalla, que, al modesto juicio del que esto escribe, deja en pañales la famosa de los Molinos de Viento? Eva sabe que no, que nuestra paciencia y nuestro sufrimiento, en la vida ordinaria, tienen un campo más limitado, y que si ella hace filigranas y maravillas para vencer la cuesta de todo un mes, nosotros, en su lugar, no saldríamos de la primera decena, y el atasco sería de los que hacen época.

Para llegar a estas conclusiones hube de ir un día con mi finada esposa al mercado, porque se empeñó en que la acompañase para que pudiera darme cuenta, sobre el terreno, de su indiscutible mérito. Y, en efecto, comenzamos a peregrinar por todos los puestos para comprar cuatro pescados aquí, dos huevos allá, un hueso de jamón en el puesto del montañés, especies, plátanos, patatas, ternera en el puesto del "Marqués" (que resultó carne de buey centenario) y, por último, cotufa para los nietos. En fin, no quiero acordarme, porque terminé con los pies doloridos y mareado de tanta vuelta y tanta contabilidad peseteril.

Cuando regresamos a casa hice el firme propósito de no meterme más en "camisa de once varas", y limitarme, como buen burgués a sentarme en la mesa.






 

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