Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
- Si papá, no te preocupes, me acuerdo perfectamente, además, lo tengo apuntado en la agenda desde que me lo dijiste hace unos días: martes a las once, hospital.

- Pues lo tienes mal, a las once es cuando tengo que estar, pero tendrás que venir antes a buscarme.

- Claro, si te parece bien a las diez y media estaré en la puerta de tu casa.

- No hijo, llegaremos tarde.

- Bueno, estaré a las diez y cuarto. ¿Te parece mejor?

- Es un poco justo. Si encontramos tráfico o algún atasco, no llegaremos a la hora y luego nos harán esperar mucho rato.

- De todas maneras nos harán esperar, papá, nunca son puntuales, pero desde tu casa, yendo por la circunvalación no tardaremos más de diez minutos.

- Bueno, bueno, como tú quieras, a las diez y cuarto estaré en la calle.

- No papá, espérame en casa y te llamaré por el interfono cuando llegue, no sea que cojas frío, que estos días está pegando fuerte.

- De acuerdo, hasta mañana.

- Adiós papá, un beso.

Si alguna virtud tengo, es la puntualidad. No recuerdo haber llegado tarde a ninguna cita y ese día tampoco lo hice.

Con tiempo suficiente salí de mi oficina después de haber programado la mañana y de haber dado las órdenes pertinentes. Sé que una consulta en el hospital es de duración imprevisible, por eso había dejado el resto de la mañana sin entrevistas y vacía de cosas importantes por hacer.

Faltaban unos minutos para las diez y cuarto y no tuve que aparcar ni que llamar a mi padre por el interfono, él ya estaba en la calle esperándome así que detuve el coche en doble fila, frente a su casa, y sólo tuve que abrir la puerta para que entrase.

- Qué nervioso eres, - le dije - ¿No podías esperar arriba, como quedamos?

Él refunfuñó un poco para justificarse y, sin darle más importancia, puse primera y arranqué. Enfilé la calle en dirección de subida para tomar un acceso a la ronda de circunvalación. Ya incorporado a ella, comprobé que el tráfico, como siempre en esa vía, era denso, pero fluido, así que llegaríamos a tiempo y no recibiría ninguna reprimenda de mi padre. 

Hacía un par de años que no estaba por allí, desde que un día tuve también que acompañarle para que le hicieran unos análisis. Todo había cambiado mucho. Habían construido un nuevo aparcamiento y ajardinado todo el entorno del hospital. Sin embargo, los rótulos indicativos seguían sin aclarar mucho las direcciones y los servicios de cada uno de los muchos pabellones que conformaban aquel tinglado hospitalario. El acceso al aparcamiento era algo complicado y, una vez dentro, sus enormes dimensiones hicieron que dudases en muchas ocasiones. Opté por dejar el coche cerca de la salida principal, arriesgándome a estar lejos de la escalera que más nos interesaba, pero, como tampoco veíamos carteles que nos ayudasen a decidir cuál era la mejor, el hecho de dejar el coche en un lugar o en otro no tenía la menor importancia y el acertar con la escalera adecuada sólo era cuestión de suerte.

Ya en el exterior, bordeamos un gran jardín y, por la empinada cuesta asfaltada, llegamos a la entrada principal del edificio, también principal. En su puerta, mi padre, algo jadeante por la subida, me indicó el camino. Habíamos acertado. Esquivamos la mesa del ordenanza que estaba situada interfiriendo el paso de un gran corredor y me di cuenta del trato que recibían las personas que a él se dirigían pidiendo información. Podía mejorar, pensé.

Unos metros más adelante, superado el kiosco de revistas y la tienda de flores, se abría un gran rellano que daba paso a las enormes escaleras y, a cada uno de sus lados, tres ascensores. Uno de ellos esperaba en esa planta con la puerta abierta, así que, tomando a mi padre suavemente del brazo, me dirigí hacia él.

- No hace falta -dijo- sólo es un piso. Vayamos andando.

Comprendí que mi padre quería ignorar su cansancio. Le podían más la preocupación y los nervios, y pretendía acallarlos caminando.

La prueba a que tenía que someterse no era muy agradable, consistía en una endoscopia, o algo así, para determinar si en su duodeno había algo extraño.

Ya en la primera planta, tuvimos que preguntar a alguien del personal clínico para saber dónde dirigirnos. Ante la puerta abierta de aquel despacho esperaba un matrimonio. Ella hojeaba con prisas una revista del corazón y él, con semblante nervioso y cara de enfermo, sostenía en sus manos un papel.

- ¿A ti no te han dado ningún papel? Le pregunté a mi padre.

- Sí, me contestó sonriendo.

- Pues dámelo, continué yo.

- Deja, deja, me dijo, y, sacándolo de un bolsillo de la chaqueta, lo retuvo doblado.

El señor que nos precedía pasó de inmediato y oímos como la señorita de la oficina le dijo: espere en la salita, ya le avisarán.

A continuación pasamos nosotros y después de un "buenos días", dijo mi padre: yo espero también en la salita ¿verdad?

- Sí. Contestó secamente la señorita sin siquiera levantar la cabeza.

La salita de espera no era tal. Un estrecho y mal aprovechado recoveco del pasillo hacía sus funciones. Muchas personas aburridas y dolientes esperaban. Miré mi reloj, era muy pronto, faltaba media hora para la señalada en la hoja que habíamos entregado, así que me dispuse a tener paciencia entreteniendo en lo posible a mi padre.

Hablábamos un poco de todo, pero en especial comentábamos nuestros pareceres sobre aquellos enfermos que teníamos ante nuestros ojos en la sala de espera, o sobre aquellos otros que eran transportados en sillas de ruedas y camillas guiadas bruscamente por camilleros que sólo esperaban el fin de su jornada laboral.

A un metro escaso de nosotros aparcaron una de esas camillas. Su ocupante era un hombre mayor, con una traqueotomía que le impedía hablar con normalidad. Su acompañante (imaginé que era su hija) se esforzaba por comprender lo que aquel hombre le decía. Era patético ver su desesperación. No conseguía hacerse entender y la que yo creí su hija se limitaba a sonreírle para que creyese que le había entendido perfectamente.

Con lentitud, a largos intervalos, iban llamando a uno y otro paciente, que pasaban por diferentes puertas. Unos tardaban en salir, otros, en apenas unos minutos, aparecían de nuevo acabando de vestirse por el pasillo.

Una mujer anciana, con cara de muy anciana, con un viejo camisón cubierto por una vieja bata, estaba siendo ignorada desde hacía mucho rato en su silla de ruedas, parecía dormida pero abrió los ojos y comenzó a gritar llamando a un médico. No nos asustamos, no presentaba síntomas de que le pasase nada anormal. Efectivamente, sus gritos y requerimientos no tenían nada que ver con sus dolencias. Eran gritos de queja, de desesperación e impotencia, de protesta por el abandono al que le había confinado todo el personal hospitalario.

Verdaderamente, pensé, no hay derecho, aquí no se viene por gusto, el trato debería ser más humano. Me pareció que toda la vida de un hospital transcurría en sus pasillos. Allí estaban los enfermos, allí las camillas y los sueros que en ocasiones tenían que sostener en alto los acompañantes. Allí se preguntaba a los pacientes por sus dolencias y síntomas, sin la más mínima discreción ni intimidad. Todos nos enterábamos de todo, de la úlcera del señor de la butaca del fondo, de las varices de aquella mujer con cara de mal genio, de las hemorroides de aquella otra, y así, una a una, íbamos conociendo las enfermedades de todos.

Nunca he soportado las salas de espera de ningún lugar, hospital, oficina o aeropuerto, me parece que los que allí se sientan, sin levantarse de sus sillas durante tanto rato, están cautivos de la enfermera o de la secretaria de turno o de aquel empleado con gorra de plato, por eso nunca me he sentado en una sala de espera. Prefiero pasear y, si al salir la enfermera o secretaria de turno, o el empleado con gorra de plato, cierra la puerta, inmediatamente vuelvo a abrirla y salgo a los pasillos para caminar, lento, pausado, procurando no molestar ni distraer a los que están trabajando, porque no me resigno a ser olvidado en una sala de espera.

Mi padre me preguntó: ¿Estás nervioso? ¿Tienes cosas que hacer? Ya te dije que no hacía falta que me acompañases tú, que si te resultaba complicado se lo decía a uno de tus hermanos, alguno hubiera podido venir.

- No papá, no tengo nada que hacer. Para poder traerte, hace días que me programé la mañana. Además, no me importa acompañarte, sobre todo hoy que, según dijiste, te van a sedar un poco y es posible que salgas algo mareado.

Hizo un gesto que no significaba nada y en silenció me agradeció el que estuviese allí.

A nuestro alrededor seguían aparcando enfermos, a veces hasta se llevaban alguno y yo, al deambular por los pasillos, observaba detrás de las puertas entreabiertas. Dentro siempre había una camilla, siempre con alguien mal tapado, con mala cara e inmóvil, a casi ninguno le estaban atendiendo y pensé que, seguramente, en un gran hospital como ese, ni las urgencias provocaban prisas.

Habían transcurrido casi tres horas desde nuestra llegada, dos horas y media desde la indicada en aquel papel que, por entonces, ya creía olvidado sobre la mesa de la señorita de cabeza baja y, como oposición a la resignación de mi padre, a mi me empezaba a molestar tanta informalidad, tanta pérdida de tiempo. Nadie allí tenía prisa. Yo tampoco, pero no era el caso de pasar la mañana olvidados en un pasillo.

- Señorita por favor, una endoscopia señalada para las once ¿tardará mucho todavía?

- No lo sé, yo soy secretaria, puede preguntar a alguna enfermera que salga por una de esas puertas. 

- ¿A cualquier enfermera que salga?

- Sí, a cualquiera, yo soy de administración.

La señorita de cara baja apenas me miró durante el absurdo diálogo que mantuvimos; yo, desde el umbral de la puerta, ella, sentada detrás de una vieja mesa metálica de oficina y, sin soltar ni por un momento el bocadillo que tan felizmente se estaba regalando, siguió ignorándonos.

Giré sobre mí mismo dispuesto a abordar a la primera enfermera que apareciese en aquel sórdido y concurrido pasillo.

- Enfermera, por favor, ¿podría decirme si tardarán mucho en hacer una endoscopia que teníamos señalada para las once?

- Lo siento señor, no lo sé, estamos atendiendo a los pacientes.

- Sí, ya me lo imagino, pero es que mi padre también es un paciente, sino no estaríamos aquí.

- Un momento por favor, me contestó, y entrando de nuevo en aquella habitación, cerró la puerta.

En mis paseos por el pasillo, hacía un rato, quizá un par de horas, que en algún momento me había detenido frente a un croquis enmarcado y colgado de una pared, en una esquina. No era otra cosa que el plano de la planta donde nos encontrábamos. Indicaba, en rojo, el lugar exacto y, en verde, las diferentes rutas y salidas que deberíamos tomar en caso de incendio o de cualquier otra emergencia. Al cerrarse la puerta detrás de la enfermera, lo recordé y volví ante él. 

Exacto, me dije. Todos esos despachos están comunicados por dentro y tienen dos salidas que dan a los pasillos laterales, por ahí es por donde entran y salen los médicos y las enfermeras, parece que se escondan de sus propios pacientes o que estén evitando a los acompañantes y a sus preguntas.

Pensé que era muy probable que la enfermera, después de decirme " un momento por favor", hubiese huido del lugar por una de aquellas salidas camufladas.

Indignado por aquella posibilidad volví a la puerta aún cerrada y, con suavidad, la golpeé con mis nudillos. Otra enfermera diferente, con semblante de cierta incredulidad por la osadía de alguien que se había atrevido a llamar, asomó la cara y, en un tono más cordial del esperado me dijo: ¿qué desea?

- Acabo de preguntar a una compañera suya, que ha entrado por esta puerta, si tardarían mucho en hacerle una endoscopia a mi padre, es casi la una y estamos aquí desde las diez y media.

- Dígame su nombre. Bueno, el del paciente.

- Si claro, le dije controlando una sonrisa.

Después de conocido el nombre, pronunció el esperado "un momento" y cerró la puerta.

Mi padre me interrogó por aquellas conversaciones con las enfermeras que desde la salita de espera contemplaba con cierta inquietud y yo, para tranquilizarle, le expliqué que habían tenido unas urgencias pero que enseguida nos atenderían.

Tuvimos suerte, antes de cinco minutos una tercera enfermera, desde lejos, casi desde el otro extremo del pasillo, como había hecho durante toda la mañana, voceó el nombre de mi padre ignorando el significado de todos aquellos carteles que, colgados de las paredes, pedían silencio.

Azarado, mi padre se puso en pie. Le acompañé hasta la puerta donde le requerían y aquella chica, la de megafonía sin micrófono, me ordenó, con malos modos, que esperase fuera.

- Ya lo sé, le contesté con iracunda brusquedad, ¿se creen que todos somos tontos? -apostillé en voz alta - y la puerta se cerró, ahora sí, detrás de mi padre.

Pasaron los minutos y media hora después aparecía ante mí con cara de cansancio, pálido y, según me dijo, molesto. Le hice sentar de nuevo mientras esperábamos el informe y me contó lo que le habían hecho y lo que el médico le dijo.

- Así que un pólipo. 

- Sí, eso es y me lo tienen que quitar. Me ha dicho que es benigno pero de unos cinco centímetros, o sea que al quirófano.

Le encontré más tranquilo. Hasta creí entender que el quirófano, para él y en ese momento, era bueno y comprendí el miedo que los días anteriores había pasado, convencido de que su dolencia era peor y, quizá, definitiva...





 

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