Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Hoy cuando llegué a casa, extenuada y sumamente deprimida, me acosté sin desvestirme para recuperar fuerzas, descansar unos segundos y, durante ellos, olvidarme del cúmulo de cosas que en los últimos meses me fueron cercando hasta sentir un deseo irreprimible de querer acabar con la vida que me quedaba.

El silencio que reinaba a mi alrededor me hizo comprender que Román no había vuelto; miré en el contestador para ver si tenía un mensaje, y tenía uno con las frases de siempre, "Hola, querida, un imprevisto me impide llegar a casa para cenar contigo, vendré tan pronto como haya terminado unas cosas de última hora que no puedo dejar."

Hacía ya varios meses que dormíamos en habitaciones separadas con el pretexto de no despertarme cuando llegaba tarde, y yo acepté encantada. Este arreglo nos venía bien a los dos y sobre todo a mí que sabía de sus andanzas y no soportaba tenerlo a mi lado como si fuéramos una pareja normal y unida.

Poco a poco me adentré en una extraña somnolencia, como en un estado cataléptico, o muerte aparente, y me sentí como si estuviera recostada entre nubes flotando en un espacio abierto que me hacía muy feliz. ¿Dormía o soñaba despierta? ¡Poco importaba!, si un bienestar desconocido me envolvía y del cual no quería salir. Desde el lugar en el que me encontraba vi cómo Román se me acercaba y me tocaba la frente que le pareció fría sin estarlo y su cara se transformó, ¿es que se creyó que me había muerto?

El tiempo para mí no transcurría y todo sucedió sin esperas. A los pies de mi cama vi a mi marido que pálido y nervioso decía con un hilo de voz ¿Isabel muerta? Dios mío, si no puede ser… Estalló en unos sollozos que me hirieron como si una puñalada me hubiera atravesado el alma. No podía apartarme de ese cuadro visionario tan bien representado que muerta o soñando no podía soportar. Mi hijo Daniel que estaba a su lado un poco confuso creyó que estaba diciendo la verdad.

Los vi a todos como si estuvieran representando una obra de teatro y cada uno tuviera asignado un papel en la comedia que tenían que personificar. El más natural era Miguel quien con sus veinticinco años recién cumplidos no le importaba ni la familia ni la sociedad entera, a la que rechazaba, y de la que no quería participar. Este hijo mío, tan apuesto y de tan finos modales, no soportaba ser dirigido por nadie. Vivía de negocios de los que nadie conocía la procedencia ni a cuánto ascendían sus ingresos, que debían ser importantes por el tren de vida que llevaba.

Los estaba descubriendo tal y como eran, sin subterfugios ni sentimentalismo, que en mi estado de inconsciencia profunda no podía precisar si lo que ocurría a mi alrededor estaba pasando de verdad.

Dani miraba a todos sin comprender que pasaba y estaba profundamente entristecido. Pude ver en la mirada de Román el menosprecio que sentía por mi hijo menor. No era brillante, pero sí constante, y poco a poco iba logrando lo que quería, no era muy grande su ambición, y también sin ella consiguió una estabilidad que su propio padre nunca había logrado.

Luis, mi tercer hijo, hablaba en voz baja con Julia, mi única hija, que lloriqueaba y con un hilo de voz le decía ¿y si no estuviera muerta? Sí, sí, decía mi marido como si fuera un experto en muertes repentinas. A tu madre debió de sorprenderle un infarto mientras dormía y no sufrió, para ella no pudo ser una muerte más digna, pero, ¿y para nosotros?, cómo vamos a poder resistir de ahora en adelante la vida sin ella. "Que tipo más hipócrita -grité desde el recóndito lugar en que pude verle por fin como era." Sus palabras me sobresaltaron hasta convencerme de que, desde luego, muerta yo no estaba.

Julia que no sabía de la doble vida de su progenitor le abrazó con extrema compasión, y él tuvo el valor de fabricar unas lágrimas que no sé como se le posaron en sus ojos tan oportunamente que hasta yo sentí pena por la farsa que representaba delante de sus hijos, que tenían la lealtad de demostrar lo que cada uno sentía. 

El dolor no se vislumbraba en ninguno de ellos. Dani como era tímido y tenía complejo de parecer aniñado no quería demostrar su tristeza que quiero pensar era profunda, 

¡Pobre hijo mío!, qué perdido lo vi en una familia en la que cada uno estaba pensando en todo lo que les quedaba por hacer en ese viernes por la tarde, con el fin de semana que se les echaba encima. Juli era la que tenía problemas más serios y sola no sabía afrontarlos

Imagino que estaba pensando que sin mí no sabría qué determinación tomar. La vida la tenía difícil con ese marido que la hacía sufrir innecesariamente. Este era un tipo vago e inconsciente que prácticamente vivía de lo que ella ganaba en una clínica como jefa de enfermera en un equipo de cirugía plástica. Con una pareja de gemelos que adoraban al padre, ella arrastraba su vida sin tener el valor de echarlo todo a rodar. Yo que nunca pude ver a mi yerno ni cuando las cosas iban bien, no quise aconsejarle que lo dejara; tampoco yo dejé a su padre y tenía motivos más graves que ella.

Poco a poco la habitación quedó silenciosa. Lejos oía el rumor de preparativos, no sabía si estaban organizando mi entierro o discutían el dejarlo para el día siguiente. Un estremecimiento me recorrió por todo mi cuerpo... ¿Y si me enterraban viva? Y sin embargo la idea de volver a mi deberes cotidianos me seducía todavía menos. Al fin de cuentas mi vida era de una monotonía desesperante y poco a poco me iba consumiendo hasta convencerme de que no podía esperar nada de ella. Los días iban pasando al borde del paroxismo revelándome el abismo que se había abierto entre nosotros y que se agrandaba más y más con el transcurso del tiempo.

Lo único que de verdad me atraía era dormir, dormir eternamente.

No fue la claridad del día lo que perturbó mi pesado sueño… Aquello era un resplandor celestial que me hizo un bien enorme. Nada era como antes, imágenes sin rostro danzaban alrededor de mí alzándome hasta encontrarme suspendida en el aire A mi alrededor un silencio pacificador en un lugar abierto, un horizonte inmenso en el que me envolvía un maravilloso bienestar del que ya no quería salir nunca más...






 

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