Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Cuando conversamos exponemos todo lo que somos: enseñamos nuestras capacidades, nuestro aliento, nuestro gesticular, nuestra cara, nuestra inteligencia, nuestros sentimientos, nuestra soledad, nuestras paranoias, nuestras miserias, nuestro humor, nuestros intereses... Enseñamos, en suma, nuestra existencia entera, lo cual es arriesgado en grado sumo y explica lo difícil que es que conversemos "de verdad". 

En efecto, sentimos miedo a tan tremenda exposición de nuestra intimidad y nos amparamos en el disfraz de la postura, en lo que es pura convención, en la apariencia de ser. Es como un nadar fuera del agua, sin mojarse, sin exponerse, sin nadar. Éste es el conversar cotidiano que fundamenta toda nuestra vida social. Es la condición de posibilidad para un posterior abordaje de la auténtica conversación, la cual, si creemos que puede aparecer en compañía de determinadas personas, es buscada y anhelada y para eso se sale a la calle y se hacen fiestas y se queda para comer. 

A menudo esta búsqueda es también una postura, un disfraz con el que adornamos una vida social puramente exterior que es psicológicamente saludable: se dice que así nos "despejamos". Pero tras la postura y este despejarse hay algo más. Hay también un fondo de esperanza de que puede aparecer una ocasión propicia para el verdadero diálogo entre las personas, ya saben, aquél en el que uno expone la existencia entera y que es un despejarse más radical, o quizás no es un "despejarse" sino un "re-encontrarse" uno consigo mismo a través del otro, o un simple encontrarse "de verdad" con el otro, o todo esto a la vez.

La verdadera conversación no se puede forzar, ni a uno mismo ni al otro y no admite la imposición de un rumbo. Tampoco puede prolongarse voluntariamente. Es, por tanto, algo puramente ocasional y libre de por sí, aunque los cuidados que le procuremos no serán en balde. Por eso hay quienes tropiezan fácilmente con ella y hay quienes no llegan a arrancar un verdadero diálogo por más ocasiones que encuentre. Y es que se requiere una cierta actitud y una cierta postura existencial para que puedan nacer las conversaciones: uno debe carecer de miedo a la exposición al otro y debe, a la vez, necesitar de tal exposición. De algún modo debe ser autosuficiente y no necesitar de la aprobación ajena, y, a la vez, debe encontrarse en el otro el modo de enriquecer la propia vida. No puede haber verdadera conversación si buscas algo de otro, si estás interesado por algo que el otro tiene y de lo que tú careces, algo que anhelas y deseas, algo que sientes tuyo pero que no es tuyo, algo que tienes que obtener. Pero no puede haber tampoco conversación puramente desinteresada, pues debe haber algún motor y justificación última para que dos personas se encuentren y decidan pararse y conectarse en su mutua intimidad. De alguna misteriosa manera, en la conversación no se necesita al otro ni se le busca por el beneficio que pueda reportarme y sin embargo deseo obtener un regalo que sólo el otro me puede dar.

Lo que yo obtengo y lo que yo doy es siempre lo mismo: humanidad. Doy reconocimiento y se me reconoce, aunque yo ya me reconocía a mí, igual que el otro a sí. Yo sería como un vampiro que carece de sangre propia si necesitara al otro para reconocerme. No va de eso la conversación auténtica. Tampoco es que me sobre personalidad y tenga que "exportarla". Nada de eso. Lo que doy y lo que obtengo no es más que lo que tenía, a saber, lo que soy y lo que el otro es. Obtengo la conciencia del ser en común de ambos. Obtengo hermandad. Mi existencia se amplía y no se amplía a la vez. Soy más sin dejar de ser el mismo. Viajo más allá de mí sin moverme del sitio. Lo que ocurre en la conversación auténtica es lo mismo que lo que ocurre en el amor auténtico, que mi interés ya no es mío. Pero, a diferencia del amor, que suele llegar a la extravagancia, la conversación no olvida que yo soy yo y que el otro es el otro. En la conversación no se altera la identidad, al contrario que en el amor, que supone una especie de violencia que traslada nuestra existencia más allá de lo que somos, hacia lo que no somos ni seremos nunca, a saber, el otro, o mejor dicho, "en" el otro. De ahí que el amor tiene un componente y la conversación todo lo contrario.

Pensarán a lo mejor que la conversación es la acción propia de la amistad. Pero esto no es del todo exacto, pues la amistad se basa en lazos íntimos que son poderosos y la conversación, en cambio, carece de esta fuerza. Dicho de otro modo, cuando dos conversan están fortaleciendo la amistad que tienen o puede que estén creando una amistad pero también puede que estén rompiéndola o que estén simplemente compartiendo un momento sin ambicionar la construcción de nada más. La conversación es una acción liviana para la existencia, y la amistad, como el amor, son sus pesos pesados.

Por cierto que esta característica nos da la clave de su función última que, recuerdo, no es obtener beneficio: la conversación nos abre a la humanidad en general y abre nuestra humanidad a la vista del otro. Si la comparamos con el amor, vemos que éste es una concentración de la existencia, como el rayo láser es luz concentrada.. La conversación, al contrario, es como la luminosidad del día: carece de la potencia del amor precisamente porque es mucho más universal.

Respecto a la amistad, si ésta construye una parte importante de los pilares del edificio de nuestra existencia, las conversaciones son las ventanas de dicho edificio que nos muestran el exterior y por las que los demás tienen noticia de nosotros. En ambos casos, bien sea respecto del amor o bien respecto de la amistad, las virtudes de la conversación son su levedad, su versatilidad y su universalidad: gracias a esto podemos llevar una existencia abierta al mundo de lo humano y podemos decir eso de "hombre soy, nada humano me es ajeno", aunque esta sentencia habría que completarla añadiendo algo así: "ni soy ajeno para otros hombres".
 






 

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