Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Que el mundo está loco es un axioma o proposición evidente que aceptamos y repetimos todos sin excepción. Naturalmente, de esta generalización nos salvamos nosotros y, si acaso, unos pocos más que se cuentan entre los más próximos. Recuerdo -por cuanto expresa y certifica lo antes afirmado- a mi buen y recordado amigo Máximo que decía esta letrilla: "Qué bien y qué en paz me siento / cuando cierro mi cancela. / Los locos no son los de adentro, / ...los locos son los de afuera."

Es exactamente lo mismo que cuando decimos "que la gente es mala", y metemos en el tiesto a todos los que pululan por fuera de nuestro más íntimo entorno.

Pues, no, mire usted. Ni todo el mundo está loco ni toda la gente es mala. Hay, eso sí, gente que sin estar recluida en un psiquiátrico tiene las neuronas atravesadas y faltas de calcio, y hay gente que sin estar tras los barrotes de un célebre pasillo tiene las ideas de un tigre de Bengala con siete tábanos en tal sitio.

Y, bueno, mientras que estos individuos anden por ahí dedicados a quehaceres de vender patatas fritas o de escribano de tercera en una correduría, al pueblo, a la inmensa mayoría de la gente, no les afecta las vocinglerías del primero ni los desafueros del segundo. Lo malo es cuando personajes de tal calaña, ebrios de locura y con la mala leche reconcomiéndole las entrañas, se aúpan a puestos tales como gobernantes o regidores de los destinos de los pueblos. Ahí es nada.

Naturalmente, se hace imprescindible recurrir al tópico y citar al Reichsführer como un clarísimo ejemplo de que tales cosas ocurren. Claro que Hitler perdió su guerra, y ya saben aquello de "Si un militar se levanta en armas y gana es un caudillo; si pierde, es un traidor". Sólo por esta pequeña diferencia encontró adecuadas calificaciones y sitio en la Historia, si no... (Un repaso o pequeño análisis a las vidas y milagros de todos los grandes conquistadores -aunque estos ganaran sus batallas-, nos lleva a la inequívoca y certera conclusión de que ninguno fue precisamente un angelito del cielo). 

Pero lo que hiela la sangre en las venas es mirar ahí afuera y ver a quienes tenemos en la palestra de la cosa esta de dirigir el mundo. ¿Necesitan que les diga nombres y apellidos? Ya sé que no, y que decir los nombres de Ariel Sharom, Sadam Hussein, o del mismísimo George Bush -por citar a algunos- es poner pardos manchurrones en el papel -y quizás a alguno les hiera en los oídos-, pero, como ni el afanoso y sufrido pueblo judío (ni el multiavasallado palestino) ni los pobres súbditos iraquíes ni el constante y trabajador -e inteligente- pueblo norteamericano se merecen lo que cuanto de malo les pasa o pueda ocurrirles en un impredecible futuro, necesario es levantar el dedo y la voz y señalar a todos estos conductores, prepotentes y de escasa bondad, que se saltan los stops y pretenden ir por donde quieran haciendo lo que les sale de los cojones. Necesario es aunar voces y fuerzas para que ni locos encubiertos por bonitas y chauvinistas consignas ni tanto hijo de mala madre se monten en la cabina del piloto. Porque, sinceramente, tanto yo como ustedes -que todos vamos montado en el mismo autobús-, tenemos que sentirnos mal -temblar, vamos- cuando sabemos que el conductor, no sólo es un genocida al que le importa un bledo la vida de todo el que se le ponga por delante, sino que, además, está medio loco y encima harto whisky.

Joé, que dan ganas de bajarse en marcha...







 

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