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En los días soleados de vacaciones acostumbraba salir siempre con un reducido grupo de amigos, que habíamos coincidido en el gusto de coleccionar cosas. En el mundo de las colecciones todos fuimos iniciados por Wilson, quien tenía un gran cuaderno con hojas de árboles de distintos colores, tamaños, formas y olores. Antes de hacer parte de su precioso cuaderno, cada hoja era revisada meticulosamente y comparada con las otras que ya hacían parte de su colección. Una vez pasaba con buena nota los altos estándares de calidad autoimpuestos, podía llegar a ser parte del cuaderno, donde se anotaba el dónde, el cómo y el con quién se había logrado encontrar la hoja ahora convertida en pieza de colección.

Gustavo y yo estábamos fascinados con el pasatiempo de Wilson y queríamos aparecer en su libro como protagonistas del hallazgo de sus mejores hojas, por eso cada vez que podíamos, salíamos en expedición hacia las zonas verdes, jardines, mangas y solares del barrio en búsqueda de la que sería la mejor hoja del día; pues esa hoja tendría una alta probabilidad de hacer parte del cuaderno y por supuesto esto nos llevaría a ver nuestros nombres atados a la historia de la consecución de la hoja.

Un domingo, luego de un agitado partido de micro fútbol que perdimos ante los de la cuadra del frente, decidimos salir a buscar las hojas y uno de los niños del equipo ganador, que se había quedado tomando una gaseosa en la tienda de la esquina; quiso acompañarnos, aunque no fuera bien recibido por Gustavo. Wilson accedió de inmediato a invitarlo, así que accedimos a regañadientes.

Una vez llegamos al sitio elegido, se le explicó al principiante en qué consistía la delicada tarea y nos repartimos por todo el lugar para tratar de encontrar la mejor hoja para la colección. Todo lo mirábamos con atención, vimos en suelo, hojas, piedras, ramas, hormigas, diversos objetos y hasta basura. Había también maleza, arbustos, matas y árboles de todos los tamaños, pero fue uno el que nos llamó de inmediato la atención. Gustavo fue el primero en verlo y nos llamó a todos, cuando llegamos hasta allí vimos que el árbol estaba poblado de naranjas maduras, provocativas, como esperando el momento en que nos subiéramos a él para tomarlas. De inmediato trepamos, mientras Wilson y el nuevo invitado miraban desde abajo.

Luego de una selección minuciosa, lanzábamos desde arriba las naranjas para que éstas fueran atrapadas por quienes estaban abajo. Tiré una para que la atrapara mi querido amigo Wilson, mientras Gustavo lanzó con gran fuerza una naranja que no pudo ser atajada por el inexperto buscador de hojas y ganador del partido de micro fútbol, lo que le valió para que nos riéramos de él y lo regañáramos por dejar "perder" tan preciosa fruta. Seguimos tomando del árbol y lanzando las naranjas, a quienes habíamos escogido para atraparlas.

Todas las que yo arrojaba fueron atrapadas por Wilson, mientras que algunas de las que lanzaba Gustavo golpearon a nuestro invitado. Una vez abajo, escogimos los mejores naranjas y, por supuesto, en nuestro afán por agradar a Wilson, le ofrecimos las mejores; el las tomó feliz, las demás que quedaron las repartimos entre todos y comenzamos a abrirlas presionándolas con los dedos. Sintiendo como los jugos de la cáscara y de la fruta resbalaban entre las manos, empezando por ser partículas de color blanco primero, pasando a ser gotas color blanco-naranja después y convirtiéndose luego en chorros de manchas negras que recorrieron nuestras sucias manos.

Lo disfrutamos como el que más, la sed fue calmada con el mejor de los manjares y Wilson debía estar muy agradecido con nosotros; conmigo por elegirlo a él para arrojarle las naranjas y con Gustavo por regalarle las mas grandes y jugosas que resultaron estar entre las pocas que el invitado atrapó. Esa tarde la recordaré siempre de una forma muy especial, pues una vez terminamos de comernos las naranjas, y cuando nos dirigíamos de nuevo a casa; el chico solo atinó a entregarle a Wilson una de las hojas que venía con una de las pocas naranjas que alcanzó a atrapar y que luego en la desigual repartición le tocó en suerte.

Fue en el momento en que llegamos a la casa de Wilson y él abrió su cuaderno, cuando aprendí la lección que ahora quiero compartirles: Wilson abrió su codiciada colección y junto al resumen del día y de las hojas recogidas escribió allí el nombre de Arturo. Grandes se abrieron mis ojos; pero no tanto como los de Gustavo (que estaban abiertos a la par de su boca). 

-Si vamos a buscar hojas, vamos a buscar hojas -nos dijo Wilson mientras cerraba el libro.
  






 

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