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Al amparo de sus importantes organismos civiles y militares, San Fernando ha sido, y es, cuna de buenos “chupatintas”: hombres meticulosos con la pluma, magníficos oficinistas, atentos serviciales, enamorados de su profesión y memoriones extraordinarios, que llevan en su cabeza leyes, decretos y órdenes ministeriales, con sus fechas y sus particularidades, de la misma forma que, algunos de ellos, también llevan manchas grasientas en sus ternos de tanto batallar. El buen chupatintas, por lo general, es desaliñado en su persona, y sólo vive pendiente de su cometido, al que se halla consagrado en cuerpo y alma. Por carecer para él de importancia, no le preocupa una arruga o una mancha de más o de menos, pero sí el que su concepto profesional raye a la altura que se merece. 

En nuestra ciudad podemos poner como prototipo del buen chupatintas al finado don Rafael, que se consagró como especialista en expedientes de retiro, de San Hermenegildo y de la Cruz a la Constancia en el Servicio. A este activo funcionario lo encontrábamos mañana y tarde, e incluso a altas horas de la noche, en su oficina: covachuela destartalada, llena de legajos y expedientes por todas partes, que nuestro hombre miraba con orgullo, de la misma forma que un artista contempla sus creaciones. Se veían legajos en anticuados estantes, sobre la mesa, en el suelo y hasta colgados en un perchero. No era muy ordenado que digamos, pero en compensación resolvía papeletas de las más peliagudas de manera fulminante, que, al fin y al cabo, era lo que interesaba en su batallar diario. Las personas de empuje, trabajadoras y de gran capacidad, son por lo general poco ordenadas y enemigas de detallitos innecesarios, que sólo pueden producir engorro y paralización. Ese era el punto de vista de don Rafael, a quien daba igual que los papeles estuviesen derechos o torcidos, que la mesa tuviese más o menos polvo y que el tintero fuese un simple frasco de modesto colegial. Entre las interesantes anécdotas de este hombre singular, podemos citar una que viene aquí como anillo al dedo. 

-¡Don Rafael! –gritó con energía su jefe-. Necesito que me busque Vd. la disposición por la que se concedió a los sargentos el uso de la gabardina. Ya sabe que dio mucho que hablar aquel asunto, y que incluso Fernández Flores habló de ella en uno de sus libros. -Pues... verá Vd., don Segismundo -le contestó pensativo-. Creo recordar que fue allá por el año 1925 y en septiembre. ¡Sí, sí, en septiembre! Porque precisamente coincidió con un cólico hepático que tuve muy guasón, del que aún me resiento. Además conservo unos apuntitos. 

Y el ejemplar chupatintas se cala sus gafas, tira de legajo, y con la rapidez y agrado en él característicos, saca un papel amarillento que presenta a su jefe con la solemnidad de un rito religioso. 

Así de esta forma curiosa, asociando las disposiciones ministeriales a los casos fortuitos de su vida, don Rafael se hizo famoso como memorión y chupatintas de vanguardia. Este hombre, que estaba orgulloso de su profesión, era ameno y simpático en su conversación, y más de una vez aludía a la diferencia que observaba en tres palabras muy parecidas, pero de distinto significado: las de escritor, escribano y escribiente. Y me dijo un día con su habitual socarronería: el primero es el que desarrolla sus ideas con bellos y magistrales trabajos literarios; el segundo, el que por oficio público está autorizado a dar fe de la escrituras y demás actos que pasan ante él; el tercero, el “chupatintas”... Con la mención de chupatintas (escribientes a cuya corporación don Rafael pertenecía), me recordó que en la Isla fueron el centro de una comparsa carnavalesca hace ya bastantes años, centrada en la diferencia que existe entre los distintos oficios. Para los comparsistas, que elogiaban la actividad de cada trabajador, el escribiente era el más importante, y así se expresaban poco más o menos: 

“Allá en un rincón de enfrente, / uno con traje decente, / se expresó en forma doliente: / trabajo el del escribiente, / que tiene que escribir lo que le mandan, / pensando que lo escrito será, / la ruina de una pobre familia, / o de un inocente que van a encarcelar”... La comparsa cañaílla tuvo un éxito rotundo con los Chupatintas...






 

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