Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Era un hombre normal. Casado y con hijos.

Casi nunca había estado solo y no sabía por qué pero, desde hacía unas semanas, cuando se le planteó el hecho de quedarse en la ciudad mientras los suyos se iban de vacaciones, se obsesionó tanto pensándolo que su pronta soledad se convirtió en una fijación que le hacía imaginar situaciones no extremas y sucesos extraordinarios que podrían afectarle. Sabía que le resultaría fácil acabar con todo ello y superar sus angustias y su miedo a la soledad si en su memoria, reciente o no, encontrase guardadas experiencias o sensaciones de un encierro hogareño, por eso, inició una intensa y reflexiva búsqueda que le llevó a recordar un lejano aislamiento de tres días, pero no fue en su casa, aunque por entonces el cuartel era su hogar. Con la rebeldía propia de la juventud, se había encarado al sargento de guardia y lo pagó con un arresto. El recuerdo no le sirvió, allí, en el calabozo, no estuvo solo, otros soldados cumplían también sus penas.

Siguió pensando en un supuesto y solitario encierro entre las paredes de su casa e imaginó qué haría, en qué ocuparía las horas si su situación le permitiese desarrollar una actividad normal, es decir que no se encontrase inmovilizado por una enfermedad, fractura de huesos o demencia de ningún tipo, dicho de otra forma, que sus facultades se mantuviesen plenas. Si así fuese, podría aprovechar para arreglar esas cosillas que no funcionan en las casas y que, sin necesidad de llamar al fontanero o al carpintero, arreglaría él solo, sin esfuerzo, pues, para ello, le sobran habilidades, pero en su casa, pensó, todo funcionaba. 

Sonó el teléfono, su mujer contestó por el supletorio de la cocina y enseguida colgó. ¿Quién era? -preguntó él- Han colgado, debía ser una equivocación.

Desde luego no perdería más de quince minutos al día, (los quince primeros minutos de cualquier noticiario) en ver la televisión, no podría soportarlo.

¿Leería? Eso sí, pero no cualquier cosa, pues él mismo sabia de su puñetera manía de no terminar los libros, con apenas cien páginas tiene bastante, no le suele interesar el resto, por eso anda siempre con cinco o seis libros empezados que forman un par de montoncitos sobre la mesa del salón esperando a que los retome, cosa que casi nunca hace. Quiere esto decir que necesitaría varios libros para sus días de soledad. Tiempo hubo, hace unos años, en que le interesaban las tertulias, debió ser durante la llamada transición, pero también pasó su interés por esos programas, ahora no soporta la pedantería de los contertulios; sueltan sus monólogos largos y aburridos, se quitan la palabra unos a otros, y jamás están preparados para ser convencidos, por eso, concluyó que tampoco pasaría las horas escuchando la radio.

Su mente se esforzaba y de nuevo el timbre del teléfono le apartó de sus reflexiones. ¡Yo contesto! Gritó a su mujer que aún estaba en la cocina.

Tomó el auricular y escuchó. Tras un largo silencio volvieron a colgar y diciendo una palabrota, en voz alta, intentó retomar sus pensamientos pero esas llamadas, misteriosas e impertinentes, le recordaron la noche lejana de un verano que pasó solo en la ciudad; Mientras dormía, también sonó el teléfono, aquella vez de madrugada, alargó el brazo para alcanzarlo y en un medio despertar contestó.

Nadie respondió e insistió: ¿Dígame? Seguían sin responder. Diga, diga... Justo en el momento en el que iba a colgar, convencido de que había sido una equivocación, le pareció oír una respiración extraña, lenta, ronca, y de nuevo insistió: Diga, ¿quién es? Nada, la respiración seguía al otro lado del teléfono, escuchó voces y algo de música. Oiga, como broma ya está bien, haga el favor de colgar y deje dormir a la gente -dijo, ya completamente despierto y enfadado- pero nadie respondió a sus protestas. La conversación lejana parecía mantenerse viva y la música de fondo, espaciada, también se dejaba oír. 

No supo por qué, pero no colgó. No supo adivinar qué fuerza, o qué curiosidad, le mantuvo expectante. No adivinó a descubrir como, aún queriendo dormir, seguía escuchando una desagradable respiración y un lejano rumor.

Permaneció en silencio. Esperaba algo y no sabía qué. Supuso que era un hombre, que las voces y la música provenían de una televisión encendida que miraba indiferente. Le imaginó solitario y desvelado y pensó que, tal vez sin darse cuenta, había pulsado alguna tecla en su teléfono y éste, con tanto automatismo, seleccionó por error su número. El hombre lejano no podía oírle, no sabía que su teléfono había conectado con su casa y seguramente no era su intención molestar.
Por fin se decidió a colgar para retomar su sueño pero algo nuevo le hizo dar un respingo y prestar atención. 

No, no lo hagas. Era una voz de mujer. Apenas entendió lo que dijo de tan débil y lastimera como le llegó. Por favor no, eso no. Era repetitiva. Las frases no cambiaban y le llegaban sin fuerzas, cada vez más tenues, más trágicas y pensó que algo grave estaba pasando. La respiración lenta y ronca perduraba. Ni más lejos, ni más cerca, siempre igual, como si estuviese a una cierta distancia de su teléfono y eso le hizo imaginar que aquel hombre estaba, probablemente, junto a la mujer que seguía suplicando: Por favor, no, eso no, no me ates. ¿No me mates? No había entendido bien pero las dos posibilidades le parecieron terribles. 

Comenzó a gritar y la angustia aumentaba de tal manera que tembló. ¡Oiga! ¡Oiga! ¿Me oye? ¡Escúcheme! ¡Por favor, quien quiera que sea, estese quieto y escúcheme! Pero nada, nadie le atendió y, a lo lejos, susurraban las voces, sonaba quedamente la música y suplicaba la mujer.

Colgó de un manotazo y, de inmediato, descolgó de nuevo para llamar a la policía. Fue en vano, la línea estaba retenida por aquel teléfono anónimo y no podía avisar a nadie. Volvió a escuchar, la mujer gritó, ahora su voz no fue débil ni suplicante, ¡Noooooooooooo! ¡Socorrooooooo! Saltó de la cama y, en pijama, como estaba, salió al rellano de la escalera, iba como una exhalación, tocó el timbre de sus vecinos, aporreó la puerta, pero nadie abrió. Subió y bajó las escaleras deteniéndose ante cada vivienda, pulsaba todos los timbres, golpeaba todas las puertas, gritaba desesperadamente en busca de una ayuda, de alguien que por fin llamase a la policía desde su teléfono, pero todos estaban de vacaciones. El inmueble deshabitado, la noche calurosa de agosto y la angustia, que le estaba volviendo loco, le hacían sudar empapando su pijama. 

Volvió a su casa, a su cuarto y tomó de nuevo el auricular. La línea seguía retenida pero ya nada se escuchaba. La trágica voz de mujer había silenciado, el murmullo lejano y la suave música habían desaparecido y la respiración lenta y ronca solo la oía en su cerebro. Silencio, nada más, un terrible silencio que le desplomó sobre la cama. 

Por la mañana, no hizo nada, no lo contó, jamás lo ha comentado con nadie. ¿Qué podía hacer? ¿Llamar a la policía? ¿Qué datos o pistas podía facilitarles? ¿No le tomarían por un loco? Durante una semana compró todos los periódicos pero no aparecía ninguna noticia que pudiese relacionar con sus suposiciones. Ninguna mujer había sido asesinada en aquellas noches y ningún enfermo había escapado del manicomio. 

De nuevo sonó el teléfono pero ésta vez, dejando que los timbrazos se alargaran, gritó: ¡Cariño no lo cojas!





 

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