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Muy a menudo ha vuelto a mi mente la dura perspectiva que se me presentaba, de pequeño, al comenzar los primeros cursos de mi andadura escolar. ¡Qué largo trecho tenían aquellos 9 meses de la, entonces, EGB!. No es de extrañar, porque, en esa época, se me hacían largas hasta las tediosas mañanas que transcurrían desde que mi madre me abandonaba, en la puerta del colegio, a las 9,30, hasta que volvía a recogerme a la 1,30 de la tarde. ¡Y encima, entonces, tenías que volver a clases por la tarde! Fue la etapa de mi vida en la que el ritmo del tiempo se imprimía en mi subconsciente con letras mayúsculas. El lado positivo lo encontraba, supongo, en que la misma duración presentaban las apetecidas vacaciones estivales.

No recuerdo, exactamente, el curso que, al finalizar, me pareció que no hacía tanto tiempo que había comenzado, pero puedo acordarme de que mi paso por la Escuela de Aprendices, mirado desde hace años ha, no parece corresponder a 4 años de mi, ya, precipitada vida. Luego, empezar a trabajar, formar un hogar o criar a mis hijos, han sido tareas que han marchado a un ritmo que, ahora, se me antoja vertiginoso.

Hace dos días que me jubilé, y, lo creo una obligación, estoy haciendo el más serio examen de conciencia que he realizado en toda mi vida. He rememorado los mejores momentos de mi larga existencia, y tengo que reconocer que, al volverlos a retomar en mi pensamiento, los he llorado por nostalgia. Y, también, los malos momentos, aunque esta vez me he lamentado por no poder volver a vivirlos con las expectativas aprendidas al sufrirlos. He recordado a todos los que me han acompañado en mis vivencias, compañeros, amigos y menos amigos, a todos los que han aportado algo a mi persona. Muchos de ellos nos han abandonado ya, otros, emprenden ahora los cadenciosos momentos de su existir. He mirado en mi interior y una pregunta me ha acechado en todo momento: ¿Por qué transcurren los años, cada vez, con más celeridad?

Siempre he pensado que la discrepancia, lo mismo del tiempo, tamaño o intensidad, de tus concepciones de niño de las de cuando eres un tiarrón, no tienen otra explicación que la diferencia de perspectiva con la que son miradas. Eres pequeño y magnificas todo lo que existe a tu alrededor. Siempre comento como anécdota la impresión tan irrisoria que me produjo visitar, ya de mayor, mi escuela de la niñez. Aquellos que se me presentaban como largos pasillos y gran patio de recreo, parecían haber menguado considerablemente de tamaño. También encogieron las autoritarias figuras de los amigos de mis padres, o la de mi habitación, en la que difícilmente me desenvolvía a los 20 años. Pero lo que más me ha preocupado siempre es la rapidez con la que, de mayor, acostumbra a pasar el tiempo. Todo vuela y nosotros volamos con ello. No estamos acostumbrados a sacarle el jugo a lo que vivimos, a disfrutar de los buenos momentos... porque todo se nos va de las manos.

Entre los propósitos del resto de mi vida va a estar el repensar, con la sabiduría que me han dado los años, todo lo que emprendan mi cabeza y mi corazón. Deseo gozar mis experiencias personales, vivir sin el rebato con el que marca todo esta civilización. Añoro... saborear el lento discurrir del tiempo.






 

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