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Los Estados Unidos de América tienen ya ganado a pulso el calificativo de diferente. Aquel ampuloso slogan, inventado y acuñado como propiedad inamovible de la España -y los españolitos- de hace unas decenas de años, bendecido y oficializado como título que simbolizaba y refería las innumerables ventajas, virtudes y cosas buenas que cualquier guiri podía encontrar en nuestras latitudes, de resultas de que la piel de toro no ha podido demostrar en todos esos años absolutamente ninguna de las referidas virtudes, al "España es diferente" se le ha caído la adjetivación para quedarse en una simple -y tendríamos que decir que bastante afortunada- afirmación. Ahora sólo podemos decir "España, es.".

Así, pues, sin ningún propietario ni nadie que reclame el título, a quien mejor y con más méritos demostrados para otorgárselo que a los parientes y deudos del Tío Sam, que -ustedes estarán de acuerdo- se lo tiene ganado a pulso.

Para hablar de los innumerables méritos del país de las barras y estrellas tendríamos que disponer de al menos diez toneladas de folios en blanco, pero, por citar alguno, qué les parece si referimos el del que lo califica -y confirma- como país defensor de las libertades y derechos ciudadanos. Fíjese si hay libertad allí que, en cualquier estado, lo mismo en Ohio que en Arkansas, y lo mismo en Denver que en Houston, jala usted de cartera y por unos pocos dólares se compra una Magnun del 38 o, si lo prefiere, un M-16 (AR-15, fusil de asalto de las fuerzas armadas de EE.UU.) o un Kalashnikov, aunque lo que más se sigue vendiendo es el Colt 45 y el Winchester 73 como en los mejores tiempos. Claro que, como ya no quedan bisontes en las praderas de Oklahoma ni tipos emplumados por los riscos de Dakota, el ciudadano ha de ejercer sus libertades con lo que tiene más a mano. Y lo que tiene más a mano es el jubilado que pasea su perro o la pareja de tortolitos que se hacen carantoñas en un banco del parque... Pumba, pumba y condiós muy buenas. Virguería de repetidora. Otras dos muesquecitas a las cachas... Y mañana por la tarde, al cabroncete ese que aparca su Bugatti en mitad de la square...

Y, no crean, que también los niños tienen sus derechos y, desde las mismas riberas del Hudson hasta las empinadas streets de San Francisco, son más libres que una paloma al viento. Y un día se cuelan en clase con la Browning del nueve largo de la colección del padre y se carga al profe de Historia, al de Matemáticas y a la cursilona de la secretaria que pasaba por allí. 

Libertad, un divino tesoro del que gozan todos y cada uno de los ciudadanos de ese país privilegiado... Bueno, todos no, porque aquellos que se encontraron con cuatro onzas de plomo caliente recomiéndoles las tripas la perdieron así por las buenas.

Las estadísticas señalan un número apabullante de muertes atribuibles exclusivamente a la libre venta de armas (número que no cito porque -como míster Churchill- sólo creo en las estadísticas que yo mismo he manipulado). Y, díganme, ¿hay un solo argumento sólido que justifique el que cualquier individuo disponga y porte encima una máquina de matar? ¿Se imagina lo que ocurriría si el tipo al que pisó en el bar sin querer se le revuelve enardecido por los whiskies, no acepta sus disculpas y se caga en sus muertos más frescos? ¿Sabrá algún día por qué murió su vecino, el bonachón del 1º derecha, que era incapaz de matar una mosca, cuando iba a comprar los churros para el desayuno? El "asesino del Tarot" es el más popular estos días porque se ha cargado ya a más de media docena de sus libres compatriotas (nueve, exactamente, cuando escribo esto), pero, la realidad es que apenas nos enteramos de los muchos casos que suceden todos los días en el país de las libertades.

Afortunadamente los que vivimos a esta parte del Atlántico no tenemos que preocuparnos de que nos metan dos balazos en el estómago mientras jugamos la partida al mus o compramos las entradas del cine. Aquí, en nuestra España siglo XXI, morimos de lo más normal, o sea, de hambre y miseria con los sueldos que nos dejan los de las stocks options, asfixiados por los impuestos de nuestra "Hacienda somos todos" o esperando a que llegue el día de la cita con el especialista para lo del dolorcito del pecho.

¡Pues, anda que no tenemos suerte los españoles!







 

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