Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Veníamos a decir en el artículo anterior que el flechazo literario es muy similar al amoroso. Las primeras lecturas son decisivas para el resto de nuestra vida. Pero esta asimilación implica también un rechazo de otros textos. Recuerdo que a comienzos de los años sesenta un vecino del barrio, Manolo Zaldívar, entusiasta de Blasco Ibáñez y García Lorca, me dejó obras de estos dos autores. Del primero "La araña negra" y del segundo el que era entonces único tomo de sus obras completas. Acostumbrado yo a mis clásicos, románticos y modernistas, "Poeta en Nueva York" me desagradó porque se distanciaba mucho de los ritmos conservadores que a mí me deleitaban. Mi musa se encerraba en su círculo de poemas fuertemente temáticos tanto en el sentimiento como en la idea y gran parte de la poesía del poeta granadino me era extraña por su sencillez y, claro, por su genialidad. Tardé un poco en reconsiderar mi rechazo y valorar el poema como se merecía. 

Pero mi gusto permanecía obsesivo y deseaba evolución pero dentro de unos cánones ininterrumpidos de clasicismo. Vi en el escaparate de Bozano Poesía última, que incluía a los poetas Eladio Cabañero, Ángel González, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez y Carlos Sahagún. Fue un entusiasta descubrimiento, a pesar de mis reticencias al principio. Las voces de Claudio Rodríguez y Carlos Sahagún me reconciliaron con "lo moderno", con la poesía más reciente. Hallé en ellos un puente entre la Segunda antología poética de Juan Ramón, los Sonetos del toro de Rafael Morales y los Sonetos de la bahía de José Luis Cano, libros que me prestó Antonio González Muñoz, profesor de Literatura en la Academia O Dogherty a quien yo visitaba en la calle Velázquez, con cierta regularidad. Con la lectura empedernida de estos dos últimos autores la sombra del soneto me acompañó para siempre como un juego al que me ha sido imposible renunciar. 

Sin embargo, el modernismo del onubense fue para mí decisivo también. Con Juan Ramón aprendí a valorar la poesía cercana y popular, con sus matices pintorescos, y los patios, las huertas, los callejones y los esteros entraron en mis páginas con el mismo honor que la poesía amorosa que yo le escribía a una muchacha que pasaba a diario por la puerta de mi casa, además de la poesía del sentimiento religioso, vinculado o no con la devoción carmelitana. 

La voz de Claudio Rodríguez, sobre todo, me llegó profundamente al alma todavía retrospectiva y empecinada en sus clásicos a ultranza, con su lenguaje de otros tiempos, como si la veteranía fuese un prestigio que se me impusiera por sí misma, nostálgico siempre de las primeras lecturas con sabor a Garcilaso, Lope, Barahona de Soto, Espronceda, Bécquer, Amado Nervo, Rubén Darío, y muchos poetas, menos conocidos, del siglo XIX, tales como Julián del Casal, Gutiérrez Nájera, Francisco A. de Icaza, José Asunción Silva, Manuel Paso, Fabio Fiallo, Julio Flórez, Manuel M. Flores... Los he citado sin orden cronológico y tal como han ido apareciendo en mi memoria. 

De todos ellos me quedaron resabios que he intentado actualizar continuamente. Una de estas reliquias estilísticas ha sido la preocupación del poema como un ejercicio que empieza y acaba, con un desarrollo temático. Esto fue barrido, ya lo sabemos, por las vanguardias, pero como del Gerardo Diego creacionista yo conservaba involuntariamente unas impresiones de inevitable impresión estética, tenía presente a menudo la obligación de atender la importancia de esas brisas renovadoras.

Mi aislamiento fue tan positivo como negativo. Positivamente porque las musas ponían a prueba mi autodidactismo, la forja de un oficio que me proporcionó una buena conciencia de mí mismo como creador -aunque yo no le diera, en el fondo, importancia a lo que hacía y lo consideraba nada más que un entretenimiento-; negativamente porque no renové a tiempo mi lenguaje y sobre él pesaban unas influencias verdaderamente lastrantes.

Pero, volviendo a la idea preliminar del anterior artículo de que las primeras lecturas marcan en gran modo el desarrollo del estilo de un aficionado a escribir, se perfila como una verdad indiscutible.

Viendo a los niños y jóvenes leer, no podemos seleccionar sus lecturas pensando en qué medida les van a determinar su futuro literario, si desean escribir. Es una incógnita que se ha de afrontar. Todo está por ver cuando esos lectores incipientes empiecen su aventura literaria. 






 

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