Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2002 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
He llegado a casa impaciente. Qué digo ¿Impaciente? Quizá no sea ese mi estado, más bien debo decir: Intranquilo o, inquieto o, descolocado. No lo sé muy bien, pero sí sé que mis pensamientos se alborotan, que mis razonamientos corren por senderos inusuales, faltos de razón y de sentido. En plena madurez, con la serenidad que se alcanza al cumplir tantos años como ya he cumplido, hoy he contemplado, por primera vez, una escena insólita que, hace tan sólo un lustro, hubiese hecho intervenir a las fuerzas de orden público. Amor, eso ha sido lo que he visto. La evidente, clara y más pública manifestación del amor que jamás hubiese podido imaginar.

El semáforo en rojo y yo detenido ante él. Estaba totalmente imbuido en mis pensamientos, pensaba en las cosas en que, habitualmente, pensamos los hombres de hoy: trabajo, clientes, pagos pendientes, citas aplazadas... cuando, sin fijarme, vi llegar, por el paso de peatones, a una parejita. No debían tener cumplidos los diecisiete años. Vestían, los dos, como cualquier joven de hoy; pantalones vaqueros, camiseta o polo, no recuerdo bien, un jersey sobre los hombros y, en una de sus manos, la carpeta y los libros del colegio.

El día es, valga el tópico, radiante. Una mañana soleada de otoño, templada, y en los árboles se resisten a caer las hojas invitando a hacer fuertes los lazos que anuda el corazón. Cruzaron frente a mí, se detuvieron sin alcanzar la acera y, lentamente, sin prisas, juntaron sus labios con tanta suavidad, que me pareció el más tierno de los besos. Prosiguieron su camino y, al otro lado de la calle, justo a mi derecha, se detuvieron otra vez. Hablaban, se miraban a los ojos y, de nuevo, se besaron con el mismo mimo que pusieron en el beso anterior. Uniendo sus manos reiniciaron la marcha. Era un paseo lento bajo el sol, los dedos entrelazados, las miradas se ladeaban por encima de sus hombros para contemplarse mutuamente, se besaron insistentemente y cada beso era una demostración de amor, de plácido y sereno amor. Un hombre, que caminaba por la acera, les observó, a su altura se detuvo y con un cierto descaro y un mucho de sorpresa, siguió observando.

Yo, igual que él, estaba sorprendido y debo confesar que por un momento me sentí cómplice de esa relación, ¿o era una aberración? A estas alturas ya no soy crítico de nada, quizá los años me hayan dotado de un nuevo (no sé si bueno) carácter liberal, a veces pienso que cada uno es muy libre de hacer y obrar como quiera, siempre que no generalice la trasgresión de lo correcto, por qué ¿dónde está hoy la moral colectiva? Es probable que en el seno de lo familiar imperen, todavía, las buenas formas, los principios sólidos de una educación correcta, pero cuando nos convertimos, y eso sucede constantemente, en elementos de un todo social, lo que priva es la vulgaridad, el interés individual frente al bien colectivo, la ordinariez y la mala educación frente al respeto, y eso, hoy, parece ya inevitable, sin paso atrás. Quizá, en la situación descrita, yo era uno más del colectivo y admití lo contemplado como algo natural, sin importancia, sin embargo, en la privacidad de mi automóvil, en la soledad de mi yo, siguió pareciéndome una aberración que dos muchachos del mismo sexo, se besaran en la calle y a plena luz del día, por eso, sólo por eso, me atrevo a preguntarle: Y usted ¿qué opina?





 

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