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Mis pasos se encaminaron decididamente hacia la ventana de lo que iba a ser mi habitación por unos cuantos días, impelida por el típico griterío que acompaña una, no menos típica, jornada escolar en cualquier lugar. Efectivamente, un colegio ocupaba todo lo ancho del frente de mi ventana. Eran las 9 de la mañana, y los niños se dirigían a dar comienzo a su primera hora lectiva.

Si hay un pensamiento que me asalta constantemente cuando abandono mi lugar habitual de residencia, es la idea de homogeneidad en los comportamientos y actitudes de las personas dependiendo, eso sí, de las costumbres y modos de vida de una civilización determinada. Me encontraba en Zaragoza, así que las personas que divisaba desde mi ventana no los tenían muy distintos a los míos. Separados por el cristal del ventanuco, yo creía que podía imaginar la clase de personas que tenía a la vista por su semejanza en apariencia o en comportamiento con mis conocidos, y como todavía esa actividad es libre y gratuita, mi mente empezó a trabajar. Allí estaba la madre que llevaba al niño agarrado hasta la verja del colegio advirtiéndole con sus últimos consejos. El crío, de unos siete años, aseveraba con la cabeza mientras intentaba zafarse de las poderosas garras maternas. "Esta señora es tan dominantona como mi amiga María José Sixto, la madre del siglo" -me dije mientras desviaba mi mirada a un padre con un comportamiento parecido, aunque él ejercía su papel autoritario apuntando con el índice de su mano derecha como hace siempre Pepe el del ambulatorio. "Pobre niño" -pensé-. Desde la esquina, dos madres decían adiós a tres infantes, quizás deseosas de ir a desayunar al café de enfrente, o tal vez evitando el fastidioso tapón que formaban los otros padres en la puerta, o intentando no agobiar a sus hijos hasta el último momento. Dependiendo de cada opción, las dos candidatas se parecerían a tres posibles conocidos míos. Tampoco podía faltar la mamá entaconada que debió pasar diez minutos atando lacitos en el pelo de su hija. Para que digan que la cursilería de las niñas es algo innato y no el resultado de la socialización a que estamos sometidas desde pequeñas. También estaban las mamás que disfrutaban charloteando porque ése era uno de los ratos más entretenidos del día al estar en contacto con gente con preocupaciones semejantes.....

Y si me fijaba en los niños, en ellos me parecía ver con más acierto el proceder de todos los niños de esa edad. Después de todo, no han sido todavía maleados por la vida aunque lo empiecen a estar ya por sus circunstancias personales. No obstante, se intuía cierta naturalidad en sus comportamientos. Estaban los despistados, cuyos padres revisaban las mochilas antes de entrar. Los dormilones, que tendrían que esperar todavía un rato para desasirse de los brazos de Morfeo. Los líderes, cuya atención requerían todos desde la puerta de la escuela. Los listillos, con sus gafas, cargados con más libros que los demás y muy diligentes para entrar. 

Pasaban ya unos minutos de las nueve cuando llegaba un auto precipitadamente y salía un niño corriendo mientras el padre gritaba despidiéndose de él. Tal vez formaban una familia monoparental, tan común estos días, y no habían ajustado todavía el tiempo de la salida.

Tras la ventana, sólo podía imaginar. Luego entraba en la vida aragonesa para comprobar, en vivo, que efectivamente era así, no somos tan especiales ni diferentes.






 

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