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MODERNISMO Y GENERACIÓN DEL 98

Cabría recordar, aunque sólo sea el título, la obra de un gran escritor francés, de los considerados malditos, Las flores del mal, de Baudelaire. En el Modernismo, con Rubén Darío a la cabeza, los poemas se pueblan de estanques llenos de nenúfares y de flores de loto, de flores de lis, de bailes y de anémonas, de riqueza sensorial sin límite. Los hermanos Álvarez Quintero, por esa época, aunque en teatro, bautizan Malvaloca a una de sus obras más emblemáticas. Manuel Machado, en sus versos, no deja de emplear flores -rosas, jazmines, adelfas...-, pero de manera metafórica:

"En mi alma, hermana de la tarde,
no hay contornos...
la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color." 

"Morir es... Una flor hay en el sueño
-que al despertar ya no está en nuestras manos-
de aromas y colores imposibles...
Y un día sin aurora la cortamos".

O esos otros tenues versos de "El viento":

"...Y perfume
de jazmines
y una risa..."

Y en el soneto que dedica a "La Infanta Margarita", de las "meninas":

"Como una flor clorótica el semblante
que hábil pincel tiñó de leche y fresa,
emerge del pomposo guardainfante,
entre sus galas cortesanas puras".

Y las adelfas, por supuesto, en "Nocturno madrileño":

"De un cantar veneno,
como flor de adelfa".

Francisco Villaespesa dedica un soneto de belleza exquisita al jazmín que le trae otros recuerdos y que copiamos íntegro porque acaso no sea muy conocido y bien vale la pena:

PUREZA DE JAZMINES

¡Jazminero, tan frágil y tan leve
que bastara con un soplo de aliento
para que disipases en el viento
tu intacta castidad de plata y nieve!

Tu pureza me evoca aquella breve
mano de espumas y encantamiento,
que ni siquiera con el pensamiento
mi corazón a acariciar se atreve.

Con su blancura a tu blancura iguala;
con tus piedades sus piedades glosas...
como tú, tiene el corazón florido.

Y, también como tú, también exhala
sobre el eterno ensueño de las cosas
un perfume de amor, luna y olvido"

Salvador Rueda en "Idilio y elegía" habla de los pueblos campesinos y del campo al que exalta:

"Tendieron las cañadas
sobre el claro cristal de las albercas
doseles de granadas
y rebosaron las lujosas cercas
cálices con pistilos como ajorcas
manzanas por el sol arreboladas,
penachos de mazorcas,
de hebras azafranadas,
pimientos en racimos
como borlones de esmeraldas hermosos,
y duraznos opimos,
y cermeñas sabrosas,
y membrillos, del huero gloria y gala,
y oleadas espléndidas de rosas
y claveles cual luces de bengala".

Antonio Machado se recreará -como todos los de su Generación- en el paisaje castellano y cantará de las tierras sorianas, en las que resalta el camino de San Polo a San Saturio, cuajado de álamos. A. Machado, como ya sabemos, es el autor del poema "Al olmo" en donde aborda un tema que a él le es muy grato: la resurrección primaveral, el milagro de la primavera. Pero no olvida sus raíces sevillanas y recuerda el patio del Palacio de las Dueñas, en el que nació, donde madura el limonero o la yerbabuena que tenía su madre en los balcones... Y ya en la Guerra Civil escribe un rotundo soneto, "La muerte del niño herido", donde identifica a ese niño que muere ante la impotencia de su madre con una "flor de fuego", esto es, traspasado por la fiebre.

J. Ramón Jiménez emplea también la rosa a manera simbólica para representar su Obra y dice: "No le toquéis ya más, que así es la rosa". En estos versos se resume la esencia de su poesía pura; es decir, cuando el poema ha llegado a la perfección, a la rosa, ya no hay que añadirle nada mas, dejarlo como creación absoluta. El poeta de Moguer, en sus primeros poemas, también acude a las notas modernistas de las flores como pueden ser las lilas, que aportan notas suaves, nostálgicas a sus poemas:

"Con lilas llenas de agua,
le golpeé las espaldas.
Y toda su carne blanca
Se enjoyó de gotas claras".

El Juan Ramón Jiménez de su poesía primera está cercano al modernismo y a la poesía de Bécquer:

"¡Ay, camino! ¿A dónde vas,
todo verde y florido,
a la música doliente
de los álamos del río?"



VANGUARDIAS Y GRUPO DEL 27

Vicente Huidobro, el padre del Creacionismo, aguijonea y provoca a los poetas diciéndoles, mejor, casi exigiéndoles:

"¡Oh, poetas, no cantéis la rosa
Hacedla florecer en vuestros versos".

Los autores del 27 tampoco desdeñan las alusiones vegetales florales. Federico García Lorca es quizás uno de los mejores ejemplos -aunque también podemos recordar el espléndido Soneto al ciprés de Silos de G. Diego-. Lorca emplea nardos, claveles y rosas para simbolizar la blancura y el contraste con la sangre. Son imágenes poderosísimas que aparecen en su Romancero gitano:

¿No veis la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas 
Lleva tu pechera blanca.

"Ni nardos ni caracolas 
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo".

"Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
La nueva luz se corona".

Lorca no deja de emplear estas imágenes y siguen apareciendo en Poeta en Nueva York, ahí leemos un poema angustioso, un poema visionario, "La aurora de Nueva York" en donde emplea el "nardo" como símbolo negativo:

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

Rafael Alberti en "San Rafael (Sierra de Guadarrama)" escribe una cancioncilla de corte tradicional aunque con tono negativo en que las zarzas y los rosales sin vida juegan un papel importante:

"Zarza florida.
Rosal sin vida.
Salí de mi casa, amante,
por ir al campo a buscarte
y en una zarza florida
hallé la cinta prendida, 
de tu delantal, mi vida.
Hallé tu cinta prendida,
y más allá, mi querida,
te encontré muy mal herida
bajo del rosal, mi vida.
Zarza florida.
Rosal sin vida;
bajo del rosal sin vida".

En un soneto dedicado a la pintura, "A la retina", también alude a un jardín, aunque se trata de un jardín especial:

"A ti, jardín redondo, donde mora
de par en par pintada la belleza;
flor circular que irisa en su cabeza
del rayo negro al rubio de la aurora".

Rafael Alberti también recoge la carga reivindicativa que tienen las flores, recordemos sin ir más lejos su poemario Entre el clavel y la espada.

Dámaso Alonso, en el poema "Insomnio", espléndido poema de Hijos de la ira, clama a Dios y le increpa:

"Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?"

Vicente Aleixandre, por su parte, inicia "Criaturas de la Aurora" con estos versos:

Vosotros conocisteis la generosa luz de la inocencia.
Entre las flores silvestre recogisteis cada mañana
el último, el pálido eco de la postrer estrella.

Emilio Prados en "Cuando era primavera..." se lamenta de la situación en que vive España y recuerda el pasado, cuando era "primavera":

"Cuando era primavera en España:
frente al mar los espejos
rompían sus barandillas
y el jazmín agrandaba
su diminuta estrella 
hasta cumplir el límite
de su aroma en la noche...
¡Cuando era primavera!"



DE LA POSGUERRA A LOS 50 

Juan Gil-Albert, que practicó el exilio interior, en "Elegía a una casa de campo" recuerda un pasado que ya no está, que ha sido arrebatado por la violencia:

El tiempo que fluía superfluamente
como en el desarrollo de una flor,
¿ha podido barrenarse sin estrépito
y una sima intransitable separarnos
desde hace breves horas?

Miguel Hernández, que es un poeta del 36, como ya sabemos, al final de su espléndida "Elegía a Ramon Sijé", la más bella elegía que nunca se haya escrito escribió con emoción contenida:

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

En la sobrecogedora nana que le escribe a su hijo en la cárcel, "Nanas de la cebolla" compara las flores con ese pequeño que vencerá, que será la libertad que el padre no tuvo:

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
Y las alondras.
Rival del sol,
Porvenir de mis huesos
Y de mi amor.

Y compara también los dientes del niño con jazmines:

"Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas 
Ferocidades.
Con cinco dientes
Como jazmines
Adolescentes".

Victoriano Crémer en "Hombre concreto" baja la voz para mencionar el ritmo de la flor y compararla con la esperanza:

"(A veces, una flor, casi unánime, construye
ante los ojos el asombro; acaso el beso
se disfraza de dicha insospechada,
o levantamos la mirada al cielo)".

En el grupo poético de los 50, Francisco Brines, por ejemplo también alude a un jardín en Las brasas, aunque es un jardín triste y desolado:

"El jardín está mísero, y habita
ya la ausencia como si se tratase
de un corazón, y era una tierra verde".

En "Cuando yo aún soy la vida", en Aún no, hay también una mención a la rosa, aunque no se trata precisamente de la flor:

"La rosa cuchillada
de la mar, las derribadas luces
de los huertos, fragor de las palomas
en el aire, la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida."

Claudio Rodríguez en Don de la ebriedad incluye un poema en el que retrata la imagen de una flor como símbolo de lo poco duradero:

"¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega...."



PUNTO Y SEGUIDO

Sin duda, encontraríamos múltiples y hermosos ejemplos más que asocian las flores a tal o cual estado o sentimiento, la timidez con la violeta, la pureza con las azucenas o los lirios, la inconstancia con las margaritas -me quiere, no me quiere-; pero valgan los ejemplos citados como acicate para que el lector disfrute de la poesía y lo haga con los ojos del amor y del corazón.

Y, sin duda también, que localizaríamos otros poemas menos líricos y más reivindicativos que también aluden a la flor como símbolo, ya sea la flor roja como la sangre o como la pasión y la fortaleza.

No cabe duda que, gracias al universo floral, hemos podido recordar algunas de las páginas de nuestra literatura.





 

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