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What promise hast thou faithful guarded since
the day of sacrifice? Or, have new sorrows... 
John Keats, Endymion 

Después, qué importa del después... 
Naranjo en flor, Homero
Expósito, tango 



Al diseñar (al intentar transcribir con palabras de este mundo) en el espacio y en el tiempo la figura de un hombre, corremos el albur de cerrar tras de nosotros puertas secretas, acaso inconcebibles y por qué no apócrifamente maravillosas, o de eludir, con negligencia, rasgos de un esplendor que ya no vuelve. Un retrato es siempre nada más que un perfil de vértigos, un titubeo de significantes, la peligrosa denuncia de un instante mortuorio en la que el retratado no es más que una suma de vacíos sobre la mirada del otro. 

Convocaré a esa “serpiente del recuerdo” -como quiere el Shelley de Adonais-, y empezaré a habitarme por las presencias del Bioy Casares que frecuenté y leí fervorosamente, presencias que se entrecruzan ahora como en la atmósfera de un sueño lustral, el sueño más lúcido de la vigilia, fusionándose aun en sus contrastes más extremos. Ese recuerdo, de ahora en más, estará hecho de eternos presentes, como en estas líneas de Eliot que Bioy gustaba repetir: “And the way up is the way down, the way forward is the way back./You cannot face it steadily, but this thing is sure,/That time is no healer...”

Muy pocos críticos han indagado la influencia de la fotografía en la obra de Bioy y de Silvina Ocampo. Desde “La Invención de Morel”, “Plan de Evasión” y los relatos de “La Trama Celeste” hasta “Historias Desaforadas”, pasando por el ineludible “La aventura de un fotógrafo en La Plata” -uno de sus libros predilectos, según me confió una tarde de 1988-, la resignificación de la imagen y la representación de la realidad se enriquecen junto a las enérgicas (pero casi invisibles) sombras de pensadores leídos y estudiados por ambos: los empiristas ingleses del siglo XVIII, en especial Hume y Berkeley, Shopenhauer, Blanqui, Dunne, Francis Galton, entre otros. 

En el caso personal de Silvina Ocampo, su afición y deslumbramiento por la fotografía provenían de su oficio de pintora: estudió en París, durante los ´20, con Giorgio de Chirico y Léger. Recuerdo una tarde del otoño de 1989 (casi otoño, mediados de marzo), en el que compartí un paseo con ellos por la plazoleta San Martín de Tours, ubicada enfrente de su casa, y nos sentamos a charlar debajo de los gomeros centenarios. Silvina traía, casi a escondidas, una pequeña valijita de color verde grisáceo. Al final del encuentro, la abrió, no sin disimulada ansiedad, y comenzó a mostrarme fotografías tomadas por ella y por Bioy a una cantidad increíble de personajes: Mastronardi, Horacio Rega Molina, José Bianco, Borges, Victoria y Angélica Ocampo. En algunas de ellas, Silvina se había recortado o borrado con ácido. Es conocida su aversión por el rostro y sus metamorfosis, que ella sentía a veces como un objeto intolerable y atroz. Esa tarde me mostró una deslumbrante toma de Wilcock, un perfil armonioso y ambiguo, como un rostro de Cimabue o del Giotto. 

En Bioy, la fotografía era una pasión equiparable al amor o a la literatura, una forma de felicidad en este mundo. “La aventura de un fotógrafo en La Plata”, más allá de los avatares incidentales o de los rasgos propios de una mera comedia de enredos, es una metáfora del hombre de letras y un homenaje a la fotografía. ¿No seremos acaso otro Nicolasito extraviado en la complejidad de la urbe, emblema (a su vez) del universo? La historia del mundo es una historia de impresiones. El objetivo fotográfico crea el mundo de Nicolasito , lo crea pero también lo fulmina. De manera análoga, puede leerse “La Invención de Morel”. 

Bioy admiraba al escritor, antropólogo, explorador y fotógrafo Francis Galton. Si bien éste debe considerarse una lectura de juventud (sobre todo de su estancia en Pardo y en Villa Allende, Córdoba), en sus últimos años solía citarlo no sin una sonrisa ingenua y cómplice. Silvina lo pintó leyendo su “Inquiries into human faculty and its developmet”, cuadro que Bioy prefería entre todos lo de Silvina, y que me mostró contentísimo, a fines de 1989, con motivo de una restauración hecha por el hijo de una empleada suya. 

El humor era una constante en él. Cierta vez, me dijo que constituía “uno de los más eficaces remedios contra la solemnidad”, a lo que repuse inmediatamente, “y contra el enfático tremendismo, como quería Cortázar”. Estas características eran las que Bioy admiraba en autores como Santiago Dabove, Cancela, o Macedonio Fernández. También en Swift y en el Dr. Johnson. Así, el humor es detectado por sus múltiples variantes como chiste, como parodia sobre la parodia, como suceso cómico, hasta la exaltación de la sátira o del grotesco más descarnado. Los cuentos de Bustos Domecq o de Suárez Linch son escritos a la manera de una transgresión: reflexión del lenguaje a través del mismo lenguaje (es decir, un lenguaje vuelto hacia adentro, incluso, en ocasiones, a expensas de las tramas), como forma de fisura de lo convencionalmente aceptado por el uso. También gustaba de definir al humor, siguiendo a Humberto Saba, “como una de las formas más íntimas de la cortesía”. 

“Lo que hay que evitar en literatura” (para citar una especie de vademecum de la prehistoria de Bioy), parece convertirse en una enumeración inacabable de preceptos académicos, de neologismos y de eufemismos tendientes a lo barroco y estrafalario. El aceptaba haber cometido todos esos errores, razón por la cual no gustaba referirse demasiado a textos como “La Estatua Casera” o “Siete disparos contra lo por venir”. En una oportunidad, aludí a la trama de uno de los textos del primero de ellos, creyendo hallar algunas claves o señuelos de sus libros futuros. “La Estatua Casera”, me respondió, sólo se salva por los lindísimos dibujos de Silvina”. Es verdad que en ellos no encontramos el magnífico y exigente narrador de “El Sueño de los Héroes” o de “El Gran Serafín”, pero no deja de resultar interesante indagar en aquellos primeros libros de un Bioy Casares por demás extraño. 

Cuando publiqué mi segundo libro de poemas, “La Línea y el Círculo”, aún vivía en Misiones, y decidí acercárselo con una timidez que rondaba el temor, si no el espanto. Mi admiración literaria me había llevado a dedicárselo a Adolfo y a Silvina (a ésta, aún no la conocía personalmente, pero ya había empezado a dictar conferencias sobre su obra). Un suceso mágico -no encuentro otro epíteto más justo- me depararía ese mañana: allí estaba Silvina, con sus cabellos sueltos y descalza, por detrás de la alta y blanca puerta de aquel quinto piso de la calle Posadas, diciéndome en la penumbra lo que después me escribiría en una carta: “Te esperé durante tantos años. ¿Por qué no me habían hablado antes de vos?” 

Ese mediodía, sentí que me encontraba con la literatura viviente. “-¿Viste? -me dijo Bioy- Silvina es siempre original, a pesar suyo”. Silvina no quería abandonar aquella reunión. Cuando le quise entregar mi libro casi al final de la misma, Bioy entró en el estudio con un ejemplar que había mandado a buscar, y le dijo: “Silvinita, éste es nuestro libro”. Experimenté, entonces por primera vez, una especie de hipnótica felicidad que crecía por mi cuerpo y por eso que llaman alma, advirtiendo en él una grandeza y una hospitalidad poco comunes en los ámbitos de rastacuerismo literario de nuestro país. Bioy Casares era, para parafrasear a Borges, “un genial de la amistad”. 

Bioy amaba la poesía y asiduamente la encontraba en autores que leía y releía con fervor, pero también en escenas de la vida cotidiana. Un día me mostró una foto de dos mariposas haciendo el amor, tomada por él en la terraza de su casa, en la década del sesenta. Le dije que esas mariposas tenían, increíblemente, algo de tigres. Ahí mismo creo recordamos, al unísono, el poema “The Great Cats”, de Vita Sackville West. Él la admiraba más como poeta que como novelista, y la recordaba como “una dura mujer con ruleros, extraviada en un castillo”. Bioy y Silvina la habían visitado alguna vez. 

En no pocas ocasiones, limó algún endecasílabo o algún verso libre, pero nunca los publicó: era tal su respeto por el género. Sí se animó con algunas traducciones (de Horacio, por ejemplo). Podía encontrar, con absoluta libertad, poesía en Catulo y en Dante Gabriel Rossetti, en un blues cantado por Carmen Mc Rae o Billie Holiday, o en un tango de Contursi o de Azucena Maizani. Bioy Casares fue el último de nuestros librepensadores, un librepensador que simulaba con gran delicadeza y humorismo una inteligencia luminosa. 

A diferencia de Santiago Dabove, que visitó alguna vez en su mítico Morón con un ejemplar de “La Invención de Morel” recién editado, Bioy Casares creía en los avances de la técnica y deseaba vivir “por los menos doscientos años más”. A pesar de su cáustico escepticismo, de “haber cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: engendrar un hijo...”, a pesar de tantos viajes imaginarios y reales (aquí los adjetivos son invariablemente arbitrarios), de la fama trivial y de las amistades perdurables, Bioy se negaba a cesar. 

Lo logró. Como en la línea memorable de “Narcissu´s Voice”, de Silvina, “su ausencia será su presencia para siempre”.





 

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