Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
A la pregunta de que si alguien tenía motivos suficientes para asesinar a mi esposo, debo responder que sí, pero a la otra pregunta que me hizo de si puedo decirle los nombres de esas personas, quiero responder que no. Y no es que me falten ganas de gritar algunos nombres, ni la memoria me falla. Aún recuerdo nítidamente cada minuto vivido al lado de ese hombre y sobretodo lo ocurrido el día de los fatídicos hechos. 

A José Manuel lo conocían algunos en el pueblo como Don Chepe y otros simplemente como Manolo, pero lo conocían todos; eso sí. No tanto por el hecho de ser el único abogado del pueblo, como por ser el cliente más fiel de la taberna de Don Arcasio y el apostador mas empedernido de entre todos los borrachines que frecuentaban ese antro. Respeto no le tenían, tal vez miedo por su tamaño de 1.95 metros, peso de 115 Kilogramos y gran fortaleza y velocidad con las manos. Bien sabía yo cuanto pesaba el muerto y bien sabía lo de la fortaleza y velocidad de sus manos. ¿Miedo? Nunca le tuve, todos son testigos de las veces que me le enfrentaba aunque ya estuviera ciego de beber como caballo asoleado; y del millón de veces que discutíamos por mi empecinamiento en "joderme estudiando y leyendo tanta carajada; si usted es la más linda del pueblo y ya tiene marido con plata" como el mismo decía. El porqué terminé casada con él, el porqué seguía en ese estado y el porqué nos tratábamos de usted... no es asunto que le interese. 


A las 4:00 a.m. se levantó como siempre lo hacía cuando no había bebido la noche anterior, aunque esta vez sí lo había hecho. Se bañó, se afeitó y se puso a escuchar el radio en el balcón de la casa. Yo permanecí acostada y no me levanté hasta las 6:00 a.m. cuando él me trajo el desayuno a la cama y con esa media sonrisa de quien cree que va a decir algo gracioso, me dio un beso para irse a abrir la oficina que tenía en el parque del pueblo. Ese gesto no lo tenía desde los primeros años de matrimonio; me refiero al gesto de llevarme el desayuno a la cama, pues su sonrisa era la misma en la tristeza y en la alegría; en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. Es que el cambio sufrido en él, se dio después de que empezó a frecuentar a esos amigotes, sobretodo al Arcasio. Fue él quien lo llevó por el camino del juego y de la apuesta y lo convenció poco a poco para que dejara de ser el hombre orquesta y pasara a ser el hombre apuesta. 

Ahora que menciono la palabra apuesta, quiero aclarar que todo se inició con una que hicieron la noche anterior en donde Arcasio, entre el difunto y uno de sus amigos, si así se les puede llamar. Entre copas, risas y cuentos; habían acordado que le devolverían el ganado y la finca que había perdido una semana antes. Se trataba de ir ese miércoles 31 de octubre a las 12:00 p.m. al cementerio y dejar un mensaje en la tumba de Enrique Tapias, el exdueño de la mitad de los negocios del pueblo; y digo exdueño, no por su condición de extinto, sino porque al final de sus días empezó por perder a su esposa (ahora viuda), y luego uno a uno sus amigos, su cordura, su honra y su dinero. José Manuel le había ayudado en muchos negocios en los que habían ganado buen dinero, algunos recuerdos; buen nivel de complicidad y muchos secretos. 

Antes que Don Enrique muriera, corría el rumor de que estaba aliado con el diablo; mi esposo no era precisamente un angelito, pero diablo tampoco llegaba a ser, se lo aseguro. Si entre los múltiples pleitos por propiedades y deudas, mi marido ayudó a Enrique a engrosar mas sus bolsillos era cosa de mera justicia y de lo bien que sabía su profesión. No había negocio que no ganaran, ni día que no celebraran en la taberna. 

Arcasio y él tuvieron que llevar a Don Enrique en sus hombros muchas veces, aunque a veces no se sabía muy bien quién llevaba a quién. Enrique iba siempre en la mitad y con los pies más adelante. El día del funeral, mi marido y el tabernero también llevaron a hombros el ataúd. El hecho es que ese día, mi marido se la pasó muy callado, me refiero al día de su muerte, la de Manuel. Solo cuando estábamos a punto de ir a la cama me dijo: "a las doce voy a lo de Enrique, para que me devuelvan una plata y para dejarle una nota". Pensé que estaba delirando por tomarse un trago y que en realidad se iba a la taberna dándome una histórica y tonta excusa. 

Abrió la Biblia, leyó por un rato, se persignó, tomó la enorme chaqueta negra que se había comprado para su cumpleaños y se largó sin decirme adiós y sin su media sonrisa. Esa noche dormí como una piedra en el zapato y solo me desperté a las 9:00 para abrirle la puerta a Arcasio quien sin abrir la boca y con cara de aterrado me hizo señas para que saliera a escuchar los comentarios que ya iban de puerta en puerta. 

Apenas me enteré de los rumores me fui corriendo al cementerio y pude ver a mi marido parado allí, frente a la lápida de Enrique, como esperando que le abriera. Los policías del pueblo, le quitaron la chaqueta y él cayó como bulto de papas sobre un reguero de cal, levantando una gran polvareda. 




Estaba yo barriendo mi taberna y poniendo los taburetes sobre las mesas cuando supe la noticia. El muchacho que me hacía los mandados, y que vivía arriba del terraplén, me preguntó si Don Manolo estaba loco o arrepentido pues lo había visto parado en el muro del cementerio como hablándole a los muertos, muy cerca de la tumba de su abuelo; quien perdió el derecho a usar el agua del arroyo que también pasaba por la finca de Don Enrique, por allá en la época de la sequía. 

Extendí los manteles sobre las mesas, recordé como celebraron Enrique y José Manuel el día que supieron del fallo que le entregaba los derechos sobre el agua y la forma en que el abuelo del muchacho afrontó la noticia. Los tres se emborracharon hasta quedar ciegos, dos en la mesa 3 y el viejo en la mesa 11, a los tres les serví las copas, les oí sus cuentos y les aconsejé algunas cosas. Pensando en esto y atareado como estaba, me olvidé del asunto que pasaba en el cementerio según palabras del muchacho de los mandados. 

Es que si algo he sabido manejar son las relaciones públicas, a mi taberna llegaban siempre los ganadores, los perdedores y hasta los perdidos. Nunca hubo una pelea, aunque sí muchos intentos; pero es que mis modales como anfitrión han sido pulidos de generación en degeneración como decía el difunto Manuel. No estamos para improvisar los taberneros si queremos mantener el lugar con las mesas, las sillas y los clientes completos. 

El otro que llegó con la historia de que José Manuel estaba en el cementerio fue el repartidor de periódico, quien me dijo y abro comillas: "el catre hijueputa tinterillo ese, se está meando en la tumba de mi tío, no contento con que en vida lo arruinó al quitarle la casa que le tenía hipotecada a Don Enrique". Para haber llegado el del periódico con media hora de diferencia del de los mandados, ya me iba siendo sospechosa la actitud de José Manuel de estar tanto rato en el cementerio. 

Esperé hasta que llamó la viuda de Don Enrique a preguntarme si sabía del abogado, pues tenía unas preguntas acerca de la herencia y no sé qué diablos. Cuando colgué, pensé inmediatamente en ir a buscarlo yo mismo, no solo porque a la Viuda de Tapias todo el mundo le corre para hacerle favores; ni porque quisiera acompañarlo para ver a la preciosa mujer que casi no salía de su casa; ni porque Manolo me tenía amenazado desde que olvidé entregarle la chaqueta negra que ella le había enviado con la muchacha del servicio; sino porque quería cobrarle bien temprano el producto de la apuesta del día anterior, para ganarme la comisión. 

Estábamos en la mesa hablando de vainas de hombres cuando Gregorio el primo de Don Enrique, quien perdió la herencia del abuelo de ambos, cuando José Manuel demostró que el heredero principal era Don Enrique; salió con el tema de que era mejor temerle a los vivos y no a los muertos, y que él prefería tenerle miedo a Don Manolo vivo que a Don Enrique muerto, pues los vivos se quedaban con todo lo de los muertos; mientras que los muertos solo se quedaban con las promesas que les hacían los vivos. 

Esa frase le dio como bofetada en el rostro a José Manuel, quien le propuso a Gregorio que apostaran cual de los dos era el de más sangre fría. Gregorio le dijo que él ya le había ganado por el solo hecho de seguirlo tratando después de la canallada que le había hecho con lo de la herencia; Manuel le dijo que más sangre fría necesitó él una semana antes para entregarle el ganado y la finca a un tramposo en el juego que no era ni siquiera hijo legítimo. Gregorio le subió la voz gritándole que eso de no haber sido registrado en notaría se lo había maquinado su retorcida mente de leguleyo para ganar el pleito a favor de Tapias. Pero que ahora que el primo estaba muerto iba a seguir peleando por la herencia y por la viuda. 

Entonces un largo silencio siguió después de las acaloradas voces, un amague de pleito disparó en mi el instinto de terciar en la disputa y pregunté "¿cómo es lo de la apuesta que hablaban?". A que no sos capaz de ir a la tumba de Enrique a contarle algunas cosas, dijo Gregorio. A que voy y le dejo una nota mañana mismo, replicó José Manuel. 

El pacto era que ambos irían a la entrada del cementerio a las 12:00 p.m., que Manolo entraría a poner una nota en la tumba y que al otro día se encontraban para entrar juntos a verificar. Después Gregorio me contó que cumplió su parte y que estuvo con él en la puerta del cementerio, que lo vio entrar decidido y que a lo lejos creía verlo parado con su enorme chaqueta negra, unas veces recorriendo el cementerio y otras parado al frente de una tumba, luego no supo cuando se cansó de esperar a que saliera y entonces decidió que había perdido y que debía irse a casa. 

Estaba empujando las canastas de cervezas vacías hasta la parte posterior del negocio cuando llegó Gregorio a preguntarme por José Manuel, me dijo que traía los papeles con las escrituras de la finca y vi en su mano un gran manojo de llaves. Así que perdiste la apuesta, le dije mientras le explicaba que varias personas me hablaron acerca de la actitud extraña de José; "yo vengo a pagar y mientras más rápido mejor, acompáñame hasta allá", me dijo con una firmeza en la voz que me pareció extraña. Accedí ante la orden y cuando llegamos al cementerio, lo vimos allí parado frente a una tumba, pero en una posición extraña. Mientras nos acercamos notábamos que no se movía y que su pesado cuerpo estaba inclinado con los pies cerca del muro, las manos colgando y la cabeza hacia atrás. Al llamarlo por su nombre no respondía; parecía estar muy concentrado en el extraño ritual de invocar a los muertos. 

Entonces al acercarnos más, caímos en cuenta de que su rostro llevaba una agónica sonrisa y que sus ojos casi salidos de las órbitas ahogaban un grito que parecía estar a medio camino en su garganta; faltaban diez para las nueve en el reloj del muerto. Comprobamos lo que nos temíamos, y salimos de allí a dar la noticia. Se lo contamos a cada transeúnte con el que nos encontrábamos. Yo fui hacia la casa del difunto a dar la noticia; mientras Gregorio se fue hacia la cuadra donde vivía Don Enrique. Le dimos la noticia a las dos viudas, y nos volvimos a encontrar para caminar de nuevo con todo el pueblo hacia el cementerio. 

El inspector y los policías rodeaban el cadáver y lo movían con sus porras, como si estuvieran requisando a un delincuente y no a un muerto. El cuerpo cedió pero no caía pues su negra chaqueta quedaba aún atrapada entre la lápida de la tumba y algo que parecía un papel. 

En su mano derecha llevaba una piedra a la que se aferraba como náufrago, para moverlo de allí intentaron quitar un clavo que atoraba la chaqueta entre la tumba y la nota de papel. Pero a pesar de los esfuerzos, no cedía, así que le cargaron entre los dos policías, mientras el inspector le sacaba la mano derecha de la manga de la chaqueta. Lo que se le dificultó pues no abría la mano para soltar la piedra y tuvieron que cortarle el puño de la chaqueta para que pasaran mano y piedra. El difunto quedó colgando, la otra mano se fue deslizando lentamente hasta afuera de la chaqueta, mientras todos mirábamos como se desplomaba el cuerpo y caía sobre el piso sin barrer. Levantó gran polvareda la noticia de su muerte, sobretodo después de que el inspector leyó la nota de papel que el difunto intentó clavar en la tumba de Don Enrique a las doce de la noche para ganarle una apuesta a su desheredado primo Gregorio, con tan mala suerte que en la oscuridad se le clavó en la chaqueta y le haló tanto la conciencia que creyó que era el mismo Don Enrique quien lo tomaba del brazo. El susto debió de ser de padre y señor mío, pues no soltó la piedra con la que clavaba ni cuando los de la funeraria lo metieron al cajón. 

El peso del féretro que tuvimos que cargar entre seis, era la suma de muerto, piedra y conciencia. Muchos comentarios empezaron a darse en el pueblo; chismes digo yo. Como esas habladurías de que en la nota decía: "Enrique: El bastardo de Gregorio también se acuesta con tu mujer". 
  






 

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