Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Hombres, toda nuestra vida es un fraude 
atroz que ustedes mismos traman en perjuicio 
suyo, y sólo los demonios pueden reír fríamente 
de la carrera de ustedes hacia el espejo que huye. 
Giovanni Papini

acuarela de Manuel Lozano





"Adda Nari y la Trinidad", acuarela de Manuel Lozano, 2002


Son los dos reyes (o Reyes, con mayúsculas, como convendría a época más propicia al lujo y al ornato) sentados en altísimo trono. Están ahora al aire libre, en uno de los parques más extensos de palacio, allí donde una simple mirada o el vuelo del ruiseñor resultan ser ubicuos, porque se violenta al tiempo desde todas partes. 

El único techo verosímil es un conjunto de nubes inclasificables que pasan -arbitrariamente- sobre sus cabezas. Los dos Reyes saben que han envejecido bajo nubes que no recordarán nunca. Saben que están envejeciendo, y el sol filtrado, subrepticio, entre ellas, les resalta increíbles comisuras en la piel. 

-Hasta aquí me trajeron los imbéciles- dice ella. 

Entonces se produce un silencio granate, como el que precede a las tempestades en el jardín de palacio. 

-¿Qué imbéciles, cuáles?- pregunta el Rey. 

Sin siquiera meditarlo un segundo, murmura: "las imbéciles generaciones de cromosomas nadando en este cuerpo desvencijado". 

Él se toma, apenas por unos momentos, la cabeza entre las manos. Sabe que acaso sea un signo de debilidad o un desacomodamiento a las rígidas leyes del protocolo doméstico que todavía rige en su país. 

-¿Sabes? -vuelve a inquirir ella- Las marcas del cobalto terminan por notarse, cada vez más, desde los pechos a la cintura. Adquieren una tonalidad levemente rojiza, sobre todo al caer la tarde. 

El querría contestar, a juzgar por una incipiente mueca que ya se desvanece, pero no lo hace. No lo haría en estos tiempos. Se levanta del Altísimo Trono Negro de los Venerables, dejando atrás el parque, uno de los más extensos de palacio, solísimo entre los matorrales. 

Tampoco sabe, no sabrá, que al pasar por una de las puertas laterales de su recámara (puertas laterales que no ve), entrará en el dormitorio de su hija menor, "la más benjamina de todas, Imitación de la Luz"; la encontrará dormitando en la penumbra; se consumará el incesto por sexta vez; serán descubiertos por uno de los hijos; la madre morirá imprevistamente en el jardín de invierno; una pantera del zoológico familiar, juguete de la hija, destrozará algunas flores y mamposterías, y, posteriormente, la matará; y una gota de su sangre, guardada por un sirviente como un fetiche inesperado, se licuará cada noche ante la extática mirada del sobreviviente.





 

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