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Hoy 1 de octubre de 1925 cumplo un mes como alumno en la Escuela Naval de San Fernando. Este hecho merece una consideración más extensa que la de anotar en un simple diario mi las incidencias de cada jornada.

Es curioso que un zamorano como yo haya escogido la carrera de marino. Se dice que España vive de espaldas al mar, y debe ser cierto, pues, al de menos yo, sólo había contemplado hasta ahora las apacibles aguas del Duero. Quizá el verlas con frecuencia actuase en mi subconsciente influyendo en mi vocación; o tal vez mi amistad de la infancia con Rafael, hoy guardiamarina, y las cosas que me contaba de la Marina fuesen un decisivo estímulo. Lo cierto es que estoy en San Fernando en lugar de estar en Madrid estudiando Agrónomos, que es a lo que, según parece, estaba dedicado mí futuro. En casa mi decisión no fue motivo de discusión. Mi padre, tras unos instantes de silencio, posiblemente debido a su sorpresa, me dijo que esperaba que no fuese un capricho mío, y que, si había meditado bien, era libre de elegir profesión. Mi madre, con más gesto de temor que de sorpresa, afirmó que era carrera muy arriesgada, que siempre viviría temiendo lo que pudiese pasar y que sólo estaría con ellos durante los días de vacaciones. Estaba claro que mentalmente comparaba la carrera de Agrónomos con esta «nueva salida» mía. Mis hermanos Juan y Ángeles, menores que yo, no tenían, naturalmente, derecho a voto. A Juan, que cursaba primero de bachillerato, sólo se le ocurrió decir, quizá para dar a entender que sabía algo de Marina, que lo sentía por Gravina, que iba a quedar olvidado por la historia cuando se conociesen mis futuras hazañas. Ángeles, que estudiaba piano, no dijo nada, se limitó a reírse de la ocurrencia.

Decidido mi porvenir, se pensó en el lugar más idóneo para mí preparación. Tras una referencia a Madrid, donde había un par de acreditadas academias a cargo de expertos profesores de matemáticas, la mayor parte de ellos pertenecientes a la Armada, se determinó que lo más aconsejable era la preparación en San Fernando, donde, además de contarse con eficientes profesores, se hallaba la Escuela Naval, por lo que yo conocería mejor el ambiente. Después de la información y preparación necesarias, emprendo el viaje con un par de maletas. Pasado Jerez de la Frontera, la ciudad de los vinos, empieza a latirme el corazón apresuradamente al pensar en el paso decisivo para mi vida que acababa de dar, pues sabía que después de Puerto de Santa María y Puerto Real, se hallaba el punto de mi destino, San Fernando, antigua Isla de León.

La primera visita que hago en esta ciudad es a don Gonzalo Olivera, del cuerpo de infantería de Marina y competente matemático, que dirige una afamada academia preparatoria para carreras militares -la Academia Olivera- situada en la calle Real, principal arteria de la ciudad, que es a su vez carretera principal que lleva a Cádiz. En esta carretera, a pocos Kms. de San Fernando, se encuentra el Polígono González Hontoria, donde se prueban los cañones para los buques de la Escuadra. El cuadro de profesores de la academia es casi en su totalidad de Jefes de la Armada que llevan varios años impartiendo clases. El colegio inició sus enseñanzas en 1914. Anteriormente el colegio había tenido otro director apellidado Villena.

Quedé inscrito como alumno interno. Enfrente del colegio se halla la Capitanía General del Departamento. Es un curioso espectáculo el relevo de la guardia, con sus brillantes uniformes de franjas rojas y amarillas, así como la formación de la misma a las entradas y salidas del Capitán General que reside en el edificio. El almirante se llama don Pedro Mercader, y siendo oficial había colaborado con Isaac Peral en las pruebas de navegación del submarino.

La academia prepara para todas las carreras militares: Cuerpo General, Infantería de Marina, Ingenieros, Artillería, etc. En ella permanecí casi dos años de intensos estudios, atiborrando mi mente con figuras geométricas, logaritmos y ecuaciones.

Se dice que San Fernando sólo tiene tres calles: la Real, la del Rosario y la de San Rafael. La afirmación, como de andaluces, es exagerada, pero no deja de tener cierto fundamento, pues hay que reconocer que es tal la disposición de su urbanismo que es difícil ir a ninguna parte sin pasar por ellas.

Siempre me ha interesado conocer, aunque sea brevemente, la historia de las poblaciones que visito. Así, me he informado de que San Fernando es una ciudad militar y marinera con casi dos siglos de Departamento Marítimo, por elección de los ministros de Felipe V, el primer Borbón, debido a la situación estratégica de su arsenal, llamado de la Carraca. Antes de que este Rey creara la Armada Real, en la Carraca ya carenaban e inventaban las naves de varias Armadas, como la del Mar Océano, de la Carrera de Indias y algunas de la de Galeras, aunque ésta tuvo durante mucho tiempo su base en el cercano Puerto de Santa María. La Carraca sería posteriormente lugar de construcción de buques: navíos, fragatas, corbetas, jabeques y toda clase de barcos salieron de sus diques.

En épocas más modernas continuaron las construcciones, así como los cruceros «Infanta Isabel», «Reina Regente» y «Princesa de Asturias». Este último dio mucho que hablar, pues se encasquilló en la rampa de lanzamiento el día de su botadura, saliendo a la mar, «por sí mismo», unos días después, cuando apenas había público y en presencia únicamente de los obreros que en él trabajaban. También se construyó en La Carraca el submarino Peral, que durante mucho tiempo conmovió al público y a la prensa del país.

La Isla de León adquirió dimensión nacional con ocasión de la Guerra de la Independencia. Precisamente por su heroica resistencia contra el invasor galo merecería el título de ciudad, con el nombre de San Fernando, que se le otorgó el 27 de noviembre de 1813.

Un solo teatro hay en San Fernando, el de las Cortes; uno sólo, pero con mucho pasado histórico. Debe su nombre a que en él se celebraron las primeras sesiones de los parlamentarios para organizar la defensa contra el invasor.

Lo que hoy es Escuela Naval fue durante aquella contienda sede de una academia militar, la de Artillería, procedente de Segovia, que dirigía el coronel Gil de Bernabé, que por azares de la guerra había llegado a la Isla con los escolares que componían el Batallón de Honor de la Universidad de Toledo. Los alumnos eran conocidos en la Isla por los «gilitos».

También acudieron a la llamada del deber los guardiamarinas que seguían sus estudios en la «Casa del Sacramento». En los primeros momentos, al ser ocupada la academia por tropas inglesas, los alumnos fueron alojados en una casa de la Plaza del Carmen, pero, escaso tiempo permanecieron en ella los guardiamarinas, que se incorporaron a los batallones de Marina, a las del Ejército y a las compañías de voluntarios. Las circunstancias de la cruel contienda formaron buenos oficiales que durante su vida militar se acreditarían como excelentes profesionales forjados en el fragor de los combates. Muchos marinos excelentes destacaron en la defensa de la población y de la Carraca. Los nombres de Cayetano Valdés, Juan de Dios Topete, Diego de Alvear, Tomás de Ayalde y otros quedarían para siempre unidos a estas sesiones.

A la segunda convocatoria que me presento obtengo plaza para el Cuerpo General. Un breve descanso en casa, pasado el cual abandono mi tierra del interior para regresar a San Fernando. Al parecer, en lo que Dios me conceda de vida, estaré más cerca del mar y de los puertos que de mi lugar de origen.

Llegada mi hora de jurar la bandera, en la explanada que mira a la Carraca y frente al Panteón, he de tener presente a aquellos cadetes del Ejército y Armada que supieron en graves circunstancias cumplir con su patria viviendo el triple voto de la disciplina, la lealtad y el deber.

Cuenta San Fernando can un establecimiento científico de prestigio universal, el Observatorio Astronómico que fundara Jorge Juan en Cádiz a mediadas del siglo XVIII. Se accede a este centro por un estrecho callejón, que pasa desapercibido al que desconoce su existencia. Al seguirlo, la admiración va apoderándose del visitante. Pasado un arbolado sendero, unas amplias escaleras dan entrada al establecimiento donde se forman los científicos de la Marina. En su terraza hay una enorme bola negra en lo alto de un mástil que señala a los marinos la hora exacta.

La Escuela Naval Militar; inaugurada en 1913, siendo Ministro de Marina el médico Amalio Jiménez, había sido, desde finales del siglo XVIII, centro de formación de marinos. En un principio fue colegio de pilotos, personal de la Armada anterior al Cuerpo General. En 1845 fue Colegio Naval Militar, por el que pasaron marinos de prestigio como Fernández Duro, Isaac Peral, González Hontoria, etc. Al lado de la escuela se halla el Panteón de Marinos Ilustres, que fundó en 1850 el Ministro de Marina, Marqués de Malins, quien dijo: «que sería un templo en que los alumnos del colegio naval recibiesen digno ejemplo y retribuyesen justo culto."

Próximo al Panteón se encuentra el Archivo del Departamento, edificio idéntico al de la escuela, aunque de menores proporciones. A derecha e izquierda de la Gran Plaza de San Carlos hay otros dos edificios: el Hospital, que inicialmente se construyó para convento de franciscanos que atendiesen las necesidades espirituales de los marinos, y el más grande y soberbio, que es el cuartel de Infantería de Marina, antiguo de batallones. Además de albergar al regimiento del cuerpo, es centro de formación castrense, academia de alumnos de Infantería de Marina, de oficiales de Artillería y de condestables, que es el cuerpo auxiliar de los artilleros.

En estos días finaliza una guerra que era desde hace mucho tiempo una sangría para España: la de Marruecos. La Marina se ha destacado con la acción de sus unidades: el «Reina Victoria», el «María de Molina», los torpederos, las barcazas «K» en el desembarco de la Cebadilla, etc.

Pero los alumnos de la escuela seguimos nuestra formación para un mañana que Dios quiera sea de paz. Ejercicios de botes, desembarcando en los «bambas» de la Carraca, y prácticas de navegación en las torpederos, no por mucho tiempo, ya que está a punto de terminarse en los astilleros Echevarrieta un buque escuela que se llamará «Juan Sebastián de Elcano».

Y termino estas «Reflexiones» haciendo una promesa. Comentaba al principio que España vivía de espaldas al mar. Pues bien, cuando vuelva a mi tierra zamorana, pienso escribir algo de todo esto en la prensa local, para que al menos en mi rincón se conozca y admire a nuestra Marina.






 

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