Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Fue ilusión lo que transmitió la cara de Laura al atravesar el dintel de la puerta del salón y ver a la gran muñeca patinadora deslizándose de una esquina a otra de la habitación. Luego se acercó corriendo al juguete, lo tomó en sus brazos y comprobó que la maquinaria que ponía en acción los patines de la muñeca se detenía tan sólo apretando un pequeño interruptor. Laura la volvió a poner en el suelo para ver el efecto que producía la parada sobre el terreno. Eso le pareció gracioso, y la muñeca intentaba seguir su recorrido cada vez que la niña movía la palanquita de la posición de encender a la de apagar continuamente. Sin apenas pasar un segundo, su madre corrió a detenerla y explicarle suavemente -era el día de reyes- que si seguía haciendo eso estropearía el sensible funcionamiento de la linda muñequita, que no volvería a patinar. La mama dirigió la atención de la niña a los otros regalos y golosinas, y la animó a desayunar y a arreglarse para salir a la calle a pasearse con su patinadora.

Ya en la calle, Laura comprobó que debía tener cuidado por la acera con los niños que desafiaban a los transeúntes corriendo velozmente con sus bicicletas y patinetes. La niña adivinó que ella y su muñeca patinadora, que marchaba en línea recta casi perfecta seguida por sus inquietantes pasos, corrían un serio peligro. Los únicos momentos de satisfacción los experimentó la chiquilla cuando otros niños y papás miraban y señalaban el patinaje de su juguete. Ella, cuando sentía que alguien dirigía su mirada a la muñequita, corría velozmente y, en un abrir y cerrar de ojos, la paraba y la volvía a poner en marcha para que todos comprobaran que ella tenía algo que ver en aquel funcionamiento.

Y como bien predijo la madre, la muñeca no llegó al final del día patinando. Una de las veces que quería mostrar a sus familiares cómo era ella la que la ponía en marcha y la detenía, dejó de funcionar. Los mayores, aun sin saber del tema, intentaron comprobar si se trataba de un movimiento de pilas o de un cable trastocado de la débil maquinaria, pero la muñequita ya no volvió a andar. Hubo unos breves reproches a la pequeña, que lloraba apesadumbrada de ver que no se volvía a poner en marcha, pero, ya en su habitación, la niña descubrió que ahora era ella, realmente, la verdadera artífice del funcionamiento de su juguete. Con sus livianos deditos, Laura empujaba a la muñeca que iba exactamente a donde ella quería. Llegó el momento de participar en la aventura. Su patinadora había llegado a formar parte del universo de juguetes que hacían lo que a la pequeña se le antojaba.








 

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