Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Aquella noche los monos, berberiscos todos ellos, estaban más intranquilos que nunca. Las perdices de los cerros, en un frenético planear, se lanzaban al abismo de los riscos golpeándose contra cactos y palmeras. Faltaban un par de horas para el amanecer y parecía que no había de llegar ese momento. El cielo era negro, la luna estaba desaparecida, y el silbar del viento se esparcía como un cántico más tétrico que lastimero. Un relámpago quemó el transformador y dejó sin luz a todo el islote. Los generadores, tras horas de trabajar, tenían agotadas sus baterías. Los barcos, mecidos por el maremoto, golpeaban sus cascos entre sí y, algunos, se dañaban al impactar con el hormigón de los malecones. Parecía que las rocas calizas se resquebrajasen provocando deslizamientos y abriendo grandes grietas al son de un estruendo insoportable. Nadie dormía en la pequeña isla, sus habitantes, desesperados, vagaban de un lado a otro atravesando la oscuridad que les envolvía y, a pares, caían a las aguas encontrando una muerte inesperada. El gobernador perdía la voz de tanto gritar exigiendo calma, conminaba a sus súbditos para que regresaran a sus casas, les ordenaba que abandonasen las calles y se alejasen de la zona portuaria. Las enormes sumas de dinero ilegal que se amontonaban en las arcas de sus bancos no servía para nada. Las drogas, a las que tan acostumbrados estaban los isleños, causaban estragos en esa noche de terror. Era imposible encontrar una explicación, ¿Cómo podía haberse originado semejante temporal? ¿Por qué, a la vista de los mapas meteorológicos, no se había podido predecir un caos de tal intensidad? La impresión mas generalizada era que el peñón estaba a punto de desaparecer.

A cientos de metros de profundidad, los buzos culminaban su trabajo de meses. Todo estaba preparado desde hacía tiempo y, por fin, había llegado una gran tormenta; era la noche esperada. 

Dos años antes, la Presidencia de Gobierno del país vecino, harta de alquitranes, de contrabandos y comercios ilegales, de drogas y blanqueo de divisas, de portaaviones y submarinos, encomendó, a los mandos militares, la formación de un cuerpo especial, de elite. Hombres seleccionados, y adiestrados, para una misión única, concreta, la más secreta que jamás pudo imaginarse. A esa fuerza especial se le dotaría de todos los recursos necesarios, no se escatimarían medios ni se cuantificarían los costes, el presupuesto no tenía ninguna importancia, lo importante era obtener el mayor éxito militar y estratégico jamás alcanzado por Nación alguna y eso, sin un solo disparo, sin un solo herido que pudieran reprocharles y con total inmunidad. Era imperativo acabar con las negociaciones, era necesario hacerles pagar, de una vez por todas, las afrentas y los desaires y, de una vez por todas, se anularían sus vínculos, sus lazos, y sus dependencias e independencias con el continente.

El plan no tenía fecha prefijada, dos años antes no pudo establecerse el "día D" ni la "hora H", no podía saberse cuánto tiempo se necesitaría para cortar raíces, cuánto se tardaría en abortar suministros, interrumpir comunicaciones y rodearles de silencio, de hambre y de sed. Eran imprevisibles los plazos de ejecución. Ni siquiera fue prudente, para no errar en los cálculos, estimar la duración de los trabajos submarinos dada su dificultad y los innumerables contratiempos que podían ir apareciendo a medida que la misión fuese culminando sus fases, y ahora, un montón de meses después, apenas faltaban unos minutos para acabar el proyecto y alcanzar el objetivo.

Seguían los submarinistas perforando los fondos del pequeño peñón, introducían en él largas brocas que abrían los túneles angostos que luego albergarían las cargas explosivas. Seguían el trazado de la raya que marcaba, con pintura indeleble, el nivel de los orificios. Todo el islote, de apenas cinco kilómetros cuadrados, descansaba, momentáneamente, sobre un plano de millones de esos agujeros manteniéndose sobre su porción inferior como en una levitación milagrosa.

A las fortificaciones militares de la superficie no llegaron indicios de lo que, en el fondo de su bahía, se estaba llevando a cabo, y ese día, aunque las prisas de la potencia extranjera por aprovechar las favorables inclemencias permitieron un cierto descontrol y menos sigilo del habitual, tampoco escucharon martilleos ni perforaciones, ruidos, todos ellos que el escándalo del mar y la magnitud de los vientos acallaban en la oscuridad, y ellos, los centinelas apostados en las almenas del fortín, en las del viejo castillo militar y hasta en los balcones de la cárcel, aquella noche, andaban más preocupados por su propia supervivencia que por los ruidos, los gritos y las peticiones de auxilio que, mujeres, niños y hombres de todas las edades, lanzaban contra las piedras mientras éstas, impávidas y desentendidas, se los devolvían convertidos en caóticos ecos. 

¡Qué ajeno estaba el gobernador a su propio destino! Cuánta crueldad había demostrado al aislar a sus gobernados manteniéndoles al margen del continente, diciéndoles que su isla era la escogida por los dioses, convenciéndoles de que a ellos, por el mar y por los cielos, les llegaban las glorias de un lejano y vetusto imperio que les protegía. Qué ajeno estaba a las perforaciones, a la colocación de las cargas explosivas y al desprendimiento que se iba a provocar.

No, no eran la tormenta, ni las grandes olas, ni los vientos endemoniados las causas de su desgracia. Qué ajeno estaba el gobernador y como, a gritos que nadie atendía, malgastaba su autoridad.

Amaneció. Los supervivientes abrieron los ojos a un horizonte nuevo, volteaban las caras, giraban los cuerpos que parecían bailar sin sentido y sus ojos se llenaban de azul. Sólo azul. Sólo mar. Sólo cielo y horizonte indefinido y por mucho que mirasen más allá, por mucho que sus pupilas escudriñasen hasta lo más lejano... nada. Sin notarlo, habían navegado empujados por el viento y se hallaban lejos de sus viejas coordenadas. Escalaron los riscos, alcanzaron los cerros y otearon insistentemente. Por sus mejillas caían lágrimas de desesperación, los puños se les apretaban hincando las uñas en las palmas de sus manos y se tiraban al suelo pataleando de rabia. No sabían nada. Nunca comprenderían nada. Jamás sabrían que la dinamita que no presintieron, que las explosiones silenciadas en la tormenta, separaron el peñón de sus asientos liberándole para siempre, dejándole flotar sin rumbo y sin ataduras, al albur de brisas y mareas, y ese navegar, sin sentido y sin recursos, les devolvería, alcanzada la independencia plena, su antigua esencia de apátridas piratas y de ruines bucaneros.





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep