Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
La llamada la esperaba con mas rabia que ansiedad, su intención era aplicar la ley del talión una vez le pidiera disculpas. Oír cómo trataría de justificarse, sentir su angustia buscando juntar cada palabra para darle una razón que le atenuara el justo castigo, era el néctar que esperaba probar al descolgar el teléfono. Su oscura habitación no mejoraba al abrir la ventana que daba al muro trasero del edificio de oficinas, doce pisos abajo un pequeño callejón distanciaba los dos inmuebles, muchas veces había mirado hacia abajo calculando el tiempo de caída y el estruendoso sonido que produciría si daba justo en el contenedor de lata en el que depositaban la basura los negocios y restaurantes de la cuadra. La ventana era pequeña, pero si se esforzaba podía sacar su cabeza, hombros y demás o sólo quedarse allí mirando infinitamente los ladrillos, las dobladas y sucias latas, las nada fragante basura, las ratas que deambulaban con cara de llevar prisa y los oficinistas que llevan prisa y cara de rata. 

El sonido de unas llaves chocando entre sí y con intención de escurrirse dentro de una cerradura lo distrajeron de su habitual pensamiento que ahora le llegaba a través del marco de la ventana. ¿Regresó? ¿Abrirá la puerta y me encerrará en un abrazo entre lágrimas y suspiros? Una tercera pregunta se preparaba a salir de su mente cuando escuchó que los pasos se alejaban. Miró de nuevo el mueble caoba con un cajón a medio cerrar que insinuaba una anarquía en su interior, los otros dos cajones daban la apariencia de no haber sido abiertos nunca, y el teléfono que estaba arriba en el pleno centro del mueble parecía que no iba a sonar ni una vez más. 

“La venganza es el caviar que toda víctima desea probar, pero que pocas se atreven a ordenar en su menú” se repetía entre susurros, con un ritmo tal que formaban coro con la gotera del grifo de la cocina y la inapreciable voz que surgía de su mal sintonizada radiograbadora. Esperar a que esboce la disculpa y golpear con el látigo del desprecio, pasar cuenta de cobro por los “favores” recibidos, buscar en la revancha un alivio para ese dolor que se movía molesto desde un costado de su pecho hasta su garganta, pero que se empecinaba en no salir ni a gritos ni a lágrimas. La única forma de desahogarlo sería desintegrar sus átomos para absorberlos y la fórmula estaba dictada: ojo por ojo, diente por diente.

Caminar alrededor del reducido y melancólico espacio no aplacaba su ansiedad, acercarse de nuevo a la ventana e intentar sacar algo mas que los hombros le ayudó a pensar en otra cosa; ahora estaba ya casi afuera del reducido apartamento, casi colgando a treinta metros de altura. Desplegó sus brazos y quedó sostenido solo por la presión de sus rodillas contra el muro que sostenía la ventana, sacó toda la fuerza de sus pulmones, exhaló aire y odió el tufo que surgía de su boca, entonces dejó salir su cólera en forma de grito. Obtuvo como respuesta el ruido de un tubo que rodó por el piso, la huida de las ratas al meterse entre la basura y un ataque de tos que le obligó a entrar de nuevo raspándose la piel entre el codo y el brazo izquierdo.

El fastidio del ladrillo arañándolo y despellejándolo por el torpe accidente, lo llevó a enfrentarse con el espejo del cuarto de baño. Un golpe en la superficie del cristal desvirtuaba la imagen allí reflejada, entre los ojos y la boca del sujeto que tenía enfrente desaparecía una parte de su verdadero rostro; por lo que se formaba una cara nueva, la de un desconocido. Cuando se afeitaba doblaba las rodillas o se empinaba un poco para ver la parte desaparecida por efecto de la fisura en el espejo. Pero ahora no estaba afeitándose, ni peinándose, ni cepillándose los dientes; se estaba mirando al espejo como quien se encuentra de pronto con alguien en la acera frente a frente, no queriendo chocar pero sin atreverse a hacerse a un lado o a otro para evitar una danza coreográfica o un jaleo. Los ojos de quien tenía enfrente le miraban escrutadores y su hermética boca parecía contener agravios en vez de dientes. No quiso doblar sus rodillas ni empinarse para desaparecerlo de su vista, se inclinó para abrir la llave del agua y enjuagarse con rapidez el brazo magullado, el ardor obtenido le congestionó la cara y le humedeció los ojos. Cerraba la llave mientras subía la mirada y encontró de nuevo los ojos del extraño que lo esperaban, su mano se detuvo sin cerrar del todo el grifo y dejando una gota que juguetona entre la boca de la llave se hizo un poco más grande y se fue alargando y desprendiendo serenamente; mientras su peso la empujaba hacia el abismo de la tubería. Gota y mirada cayeron en lo mas profundo. Esos ojos que lo miraban desde el espejo parecían ser los suyos distorsionados, pero no le pertenecían. 

La toalla colgada a la izquierda del espejo sirvió para secar y acariciar la parte afectada pero unas partículas de sangre la mancharon, la sangre le dio vida a la toalla y recuerdos al herido; la acercó a su cara mientras traía de su memoria la fragancia que allí encontraba luego de que la usara quien tres meses atrás había sembrado en él ansias de desquite. Cuando su nariz llegó buscando la fragancia, ésta se había convertido en pestilencia. La alejó con un gesto de asco y mientras su cara se convertía en puño amenazador y miraba con desprecio la toalla, sintió clavadas unas pupilas en su rostro. La mirada provenía del espejo y decidió encararlo, giró lentamente sobre sus talones y lo enfrentó plenamente. Más que amenazadora era una inquietante mirada. Una especie de lenguaje no verbal le transmitía desde sus ojos una pregunta: ¿Vas a insistir con ese orgullo?. Más que la pregunta, le molestaba el consejo que le vendría después. La boca del tipo dentro del espejo se abrió y pasó la punta de la lengua mojando los labios, él repitió el gesto y le replicó a su pregunta con una contundente respuesta: “el que busca encuentra”. ¿No vas a llamar primero? Le objetó el sujeto. Un silencio adornado por dos gotas cayendo en simultánea desde la cocina y el lavamanos separó pregunta de respuesta: “Yo no empecé el problema”. Puedo empezar la solución, fue el contragolpe. “Entonces hazlo tú, me da lo mismo”.

La radiograbadora insistía ahora en llenar el vacilante lugar con suave música, la ventana dejaba entrar un olor a pan recién horneado y abajo se escuchaban las bolsas de basura siendo rasgadas por un grupo de perros que se disputaban las sobras recién tiradas desde uno de los restaurantes. No había rastro de ratas ni de oficinistas, no salían ya más goteras de los grifos de ese confuso apartamento cuando el mueble caoba con el cajón semiabierto se estremeció presintiendo algo y el teléfono sonó, pero ninguno de los dos se atrevió a contestarlo. 
  






 

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