Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

La comida, lógicamente, forma parte indivisible de la vida de la humanidad. Es un motor principal. Pero la verdadera ciencia está en saber administrarla, porque para nadie es un secreto el famoso adagio de que "de grandes cenas están las tumbas llenas..."

Si nos remontamos a los primeros siglos del Cristianismo, no puede uno menos que quedarse asombrado de los banquetes tan bestiales que se daban entre los altos jerarcas del Imperio Romano, que comían sin medida lo que más les agradaba y después utilizaban los «vomitorios» para poder continuar en el festín. Mis años de niñez transcurrieron en las aldeas de Cantabria, donde se daban los grandes atracones los días de matanza de cerdo (lo hacían normalmente en todas las casas después de engordarlo a lo largo del año) con el consumo de morcillas, boronos y otras grasientas menudencias, rociados con arrobas de vino tinto. Todos participaban en este acontecimiento, incluso los pobres volanderos y los afiladores gallegos que recorrían la zona, y que ordinariamente se alimentaban con pan y cebolla. Las «pulientas» (harina con leche y los pucheros con buenos torreznos) eran allí la alimentación normal, además de las habas y berzas, alternados los días de fiesta con el típico arroz con leche.

En la Isla de León (de mis inquietudes a lo largo de medio siglo) y en las demás poblaciones de la bahía gaditana, ¿quién no recuerda las cacerolitas con el «costo» de la clase trabajadora, formado a base de «bienmesabe», potaje de lentejas u otras cosillas por el estilo?, ¿y los menús en las casas de comidas por menos de un duro? A lo largo y ancho de mi vida, tres sucesos, relacionados con la comida, marcaron mi existencia en el orden gastronómico: El primero fue en Shanghay (diciembre de 1934), donde en un tugurio misterioso -por camareros con coleta- nos sirvieron, a un compañero del «Juan Sebastián de Elcano» y a mí, sendos platos de cucarachas en salsa verde, que, al parecer, para los chinos, era el plato favorito. Nosotros lo rechazamos y marchamos a paso ligero después de pagar su importe. El segundo, en Burgos durante la guerra civil (1938). Estaba alojado en el pomposamente llamado «Majestic Palace» (conocido popularmente como «Casa de Tarabillo»), a cuyo comedor había que subir por una escalera estrecha y lóbrega. Tarabillo y su mujer rozaban la santidad, porque por siete pesetas me tenían alojado, mantenido y ropa limpia, esmerándose los jueves (días del plato único decretado por el Gobierno con fines de economía), ya que a pesar de la restricción era el que mejor comía. Y el tercero, la primera vez que tomé un gazpacho en la Isla de mis amores, en el verano caluroso de 1942, recibiendo una sensación de gloria con sopa fría, pedacitos de pan, con aceite, vinagre, sal, ajo y cebolla. ¡No lo he olvidado nunca, como tampoco las «pulientas de mi Cantabria!

En todo el entorno de San Fernando, limitado por Río Arillo y el Puente Zuazo, se encuentran ventas famosas, algunas de la época de la Guerra de la Independencia; en el interior de la población, restaurantes dinámicos y emprendedores. Aquí, lo mismo que en todas las poblaciones de la bahía, la diversidad de platos y menús, con su cocina andaluza y universal, no tienen nada que envidiar a los de otras provincias españolas, en calidad y precio, con la particularidad de que la de Cádiz dispone del privilegio de sus vinos, de gran prestigio en el mundo, con los que se riegan los mejores manjares y también los más modestos. Y es que el vino, complemento de una comida sana, «alegra el corazón del hombre»; como supo alegrar (tras unas digestiones excelentes después de bien comer) a los que sentaron sus reales durante siglos alrededor del «Promontorium Heracleum» (islote isleño de Sancti Petri), fenicios, cartagineses, romanos y demás legiones extranjeras, que tantas huellas dejaron en todo el entorno de la antigua Isla gaditana. Por otra parte, soy de los que creen que la derrota de las huestes del mariscal Víctor en la Batalla de Chiclana de 1811, no se debe sólo a los armamentos bélicos y al empuje de los españoles, sino, también, al influjo poderoso del vino de la tierra y de sus productos gastronómicos adormecedores.

Los españoles somos personas excepcionales, representando dos tendencias perfectamente definidas por Cervantes, el Príncipe de los Ingenios Españoles: los Quijotes y los Sanchos; dinámicos y comodones; románticos y estómagos agradecidos... De ahí ese refrán tan preciso: «Don Quijote nació para vivir muriendo, Sancho, para morir comiendo».

Si llegásemos a ensamblar las dos personalidades en una sola, no habría en el mundo quienes nos igualasen. Porque tenemos una comida muy bien equilibrada, un vino maravilloso y un ambiente insuperable. Y así podríamos hacer nuestro aquel expresivo refrán, que oí no sé cuándo y no sé en qué lugar: «Con alegrías, manjares, vino, mujer y fortuna... a la luna».






 

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