Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Es difícil encontrar un pretexto razonable a lo que muchos han llamado el arte de la guerra. Tantos siglos mostrando el dolor, la angustia y la sinrazón de los pueblos, merecía habernos hecho cambiar nuestra manera de actuar.

La guerra ha estado siempre unida a la civilización humana. La Literatura ha sido espejo de batallas, derrotas y victorias desde los albores de todos los pueblos. Tenemos constancia de episodios bélicos en el Antiguo Egipto, en el Antiguo Testamento o en las obras de los grandes escritores de la civilización Grecolatina. Podemos recordar, por ejemplo, los relatos de las campañas de La guerra de las Galias o La guerra civil, que nos dejó César. Luego, se han sucedido veinte siglos sin salvarse ni uno solo de ellos de sembrar la desolación que acompaña la batalla. 

La guerra ha sido el pan nuestro en la consolidación de todas las civilizaciones, y el valor guerrero considerado una virtud de los hombres. Era la huella dejada por la literatura épica que cantaba las hazañas de los más famosos héroes locales. La Literatura española tuvo su ejemplo magistral en el poema del Mío Cid. Siglos más tarde, en el XV, Jorge Manrique cantaría las proezas bélicas de su progenitor en sus geniales coplas: “Y pues vos, claro varón,/ tanta sangre derramasteis/ de paganos,/ esperad el galardón/ que en este mundo ganasteis/ por las manos...”.

No cabían en aquellos tiempos nuestros apasionados gritos de NO A LA GUERRA, y no sería hasta finales del siglo XIX cuando, de manos de una mujer, Berta von Suttner, nos llegó la primera novela de tintes pacifistas, ¡Abajo las armas!, por la que conseguiría el premio Nobel de la Paz. La mujer, hasta entonces considerada simple observadora y padecedora de los acontecimientos bélicos, hacía la primera denuncia literaria del dolor, de la maldad y de la crueldad de la guerra, del padecimiento de los soldados y de los heridos, de la pesadilla del campo de batalla y del miedo que enloquece. (No podemos olvidarnos de que Goya ya había dejado huella pictórica en sus Desastres de la guerra.)

Ya en el siglo XX, han sido muchos los poetas, ensayistas y novelistas que han lanzado su no a la guerra. Pero todavía el hombre se deja seducir y manipular por arengas sobre la patria, el honor o un Dios a la medida de sus zapatos. Esta reflexión es un sencillo consuelo porque veo que han sido muchos siglos ensalzando el espíritu bélico y el hombre es animal lento en aprender. Quizás llegue un día en que hagamos bandera con las palabras del poeta Miguel Hernández, que tanto sufrió la guerra: “Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes. / Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. / Tristes hombres / si no mueren de amores. / Tristes, tristes.








 

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