Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Desde el oscuro sentimiento me enroco en la guitarra de doce cuerdas.

El “sarangi-sitar” de Shankar me golpea antiguas ragas, la flauta berebere de Atlas misteriosos me provoca, y Mark Knopfler acaricia el tiempo que me resguarda de lo impuro.

Y me acaricio para que nadie me acaricie y me lamente.

Y me descubro caminando viejas tierras a punto del magnicidio del espanto, pero sabiendo que el agua está dispuesta para el riego fértil, para anegar de besos los surcos de las sementeras prometidas y esperadas.

Entonces las bombas eran sólo de barbas crecidas y margaritas en los ojos, y los gritos no eran de terror y espanto, sino de pipas fugaces y mordiscos al aire prohibido que templaba los futuros.

Entonces aún creíamos en la multiplicación de los panes y en las palabras limpias, en los negocios sin negocio y en las tormentas purificantes.

Y cualquier flor solía representar un símbolo para arrasar el mundo y transformarlo en vida.

Shankar se ha ido, y la flauta mágica se ha preñado de miserias.

Apenas me va quedando el “héroe local” de Knopfler como ermitaño de antiguos sueños y proyectos. Apenas las doce cuerdas, desafinadas ya y gastadas de tanto destemplar canciones moribundas.

Aunque sé que las guitarras melódicas siguen esperando, en cualquier rincón de sombras, manos que las acaricien, ojos que las sientan, labios que las enamoren... olvidando que hoy -ahora-, las margaritas, y los cantos con velas acompasando deseos, y las emociones abiertas de par en par al mundo, y las luchas entregadas, se enterraron ya en las cajas fuertes de los Bancos.

Quizás sea el momento de rasgar las doce cuerdas y decir definitivamente “hasta la próxima” a las sirenas que me siguen arrullando.

Quizás lo sea...





 

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