El Secretario General de la Naciones
Unidas -de forma privada- le inquiere al Secretario de
Defensa de los EE.UU., Donald Rumsfeld:
-Oye, Don... ¿Tenéis pruebas concretas de que Irak posee armas de destrucción masiva?
Y Rumsfeld, en voz baja, asintiendo con la cabeza y mirándole por encima de las
gafas, le contesta:
-Conservamos todos los recibos...
Chistes
como éste vienen a poner una nota de humor ante los ojos doloridos
de todos los que abogamos por la total erradicación de la
bestialidad en los humanos. Pero me temo que quizás no consigan el objetivo de
despertar una sonrisa en el alma magullada del lector, ...o quizás
se advierta que sólo son un pretexto del que garrapatea estas
líneas porque, en estos días terribles, apagada la voz por el
dolor y la impotencia, no quiere seguir diciendo y denunciando lo
tantas veces dicho y denunciado. No
quiere porque le
puede el convencimiento de que es un absurdo seguir clamando en un
mundo desierto de virtudes y pergeñado a contrapelo las continuadas atrocidades de tanto hijo de puta con
bastón y mando en plaza.
Cuesta
trabajo reconocer que somos -en mayor o menor medida y según el
grado de virtud que el natural proceso evolutivo haya ido añadiendo
o menguando en los genes de cada uno de nosotros- una tangible e
innegable representación del doctor Jekill y mister Hyde. Cuesta,
sin duda, reconocernos en la realidad de esta doble personalidad del
hombre, pero son leyes naturales que están ahí y que se imponen
constantemente en toda su cruenta realidad. Quizás deberíamos
extendernos en estas consideraciones con el objetivo de probar que
el ser humano ha mejorado en este aspecto y somos -siquiera
ligeramente- menos animales que cuando comíamos carne cruda y
habitábamos en cavernas. Pero tampoco es mi propósito mostrar
aquí al rey de la creación en toda la ominosa miseria de su
desnudez. Dejémoslo...
Y
al hilo del chascarrillo que servía de introito a estos
pseudoliterarios incordios, no quiero dejar de referir esta trágica
bufonada oída allí donde los padres de la patria gestan nuestros
destinos. Es el Sr. Llamazares, don Gaspar, coordinador general de
IU, el que, puesto de pie en su escaño, rojinegra pegatina en la
solapa, con voz grave y toda la seriedad del mundo asomada a sus
ojos, le dice -casi grita- al Sr. Presidente del Gobierno: "Sr.
Aznar, pida a los EE.UU. que paren esa guerra inmediatamente."
Quizás
lo que el Sr. Llamazares pensó -y no quiso decir- era lo siguiente:
"Sr. Aznar, dígales que no a sus amigos Bush y Blair.
Póngales el botijo en el suelo y dese media vuelta..." Hubiera
contabilizado más de 385 votos-carcajadas.
Y,
ahora, como las únicas armas químicas encontradas en Iraq ha sido
un aparato de fly en las cocinas de palacio y seis sacos de cloro
que usaba Hussein para el sudor de los pies, en tanto los camiones
de la USA Force no hagan su "trabajo" para que las mismas
sean "encontradas" en los lugares pertinentes, no podemos hablar del tema. Ni del
mismo Sadam, que parece que no existió nunca (versiones no
contrastadas aseguran que ya la CIA ha iniciado gestiones para
contratar a Paco Lobatón, además de a los creadores de "¿Dónde está
Willy?", para ver de rentabilizar el fenómeno). Tampoco
podemos hablar de los tesoros desaparecidos en el Museo de
Bagdad. Ni del fin
de la guerra, porque no sabemos si ésta se puede prolongar con las
dificultades del reparto. Ni de los derechos de los prisioneros de
guerra, porque, al igual que en Guantánamo, EE.UU. interpreta las
leyes de la Convención de Ginebra en su muy
particular "al pie de la letra", es decir, tal como le
sale de los cojones -dicho con perdón-.
Y
como todo cuanto ponga en estas líneas sólo servirá para que los
interfectos se lo pasen por los conceptos con los que sustantivaba
la aclaración anterior, contando con la anuencia y disculpas de mis
pacientes lectores, tiro la pluma a un lado y dispongo un imaginario
punto final... Final que, efectivamente, no lo será nunca, porque, en tanto seamos
los humanos protagonistas de estas historias, la tinta seguirá
corriendo por los folios en ritmo unísono con las lágrimas y la
sangre.
Nos
queda la esperanza de que estas ramas que vemos crecer a nuestro
lado sean un poco mejores.
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