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ME ARROJO DONDE TUS MUERTES


¿Por qué no saludar a los muertos, a los increíbles decidores desde el silencio? ¿Por qué invocarlos hacia su lugar de retiro (óxido, clavos, monótona larva) para desgajar el vestigio de abrumante invisibilidad?

Para los muertos que llevamos dentro, como soñó Valéry. Para Dabove y Bloy y Gide y Nerval y Llull y Apolonio de Tyana y Macedonio y Silvina Ocampo y Olga Orozco que me amaban en sus jardines nocturnos, con sus rachas de alucinación, lamiéndome zarpas de fuego. "Me arrojo adonde los muertos", me repite (bajo aquella oración profana) un Georges Bataille rehén de su éxtasis.

Supongamos que no dejen de deslumbrar, de deslumbrarme. Supongamos que me abandonen, de nuevo, al primer desierto con un plato vacío. ¡Las apariencias! ¡El hambre arrastrando a sus traidores! ¡Las sombras cegadoras saludando al que ya no soy! ¡Carcajadas en el vacío del patinador! De nuevo él: "Ahora mi deseo sólo tiene un objeto: lo que hay más allá de esas mil figuras y la noche."

Buenos Aires, principios de enero de 2003



SE ANUNCIA UNA POSESIÓN


Si miré los pliegues de la sed o escarbé entre burbujas el veneno de mi raza, quiero decir el veneno de las crías que pulsan el estrago pero también el balbuceo de mi inscripción en el mundo, que me custodie la peste. Así es la orden. Así es el vaho de sangre que deberá levantarse de las tumbas y quemar los dulces restos.

¿Entrarás como ladrón en la noche? ¿Serás el padre temido, la madre que vomita el desenlace? Escarcha en la cicatriz del mediodía. La música continúa su ignorado destino de sustancia desencajándose en los panales de la fiebre más pura con que erigir una tormenta.

Estatuas en el lecho de hierro. Frío en la piel del malhechor: estas semillas contienen las respuestas del desierto. Entonces ruedan los dados en la feria, adquieren el esplendor de los débiles. Este vitral sin fondo es mi entrada a la noche. ¿No ves como flotan -exactamente- estas córneas de mi profanación?



TEOFANIA

Con el cansancio de tus siervos, eliges la noche. Nadie edificará su morada en medio de los rastros de esta doncella. ¿Ración de vanidad que añades a las telarañas de esta boca? Hierve, exhorta a las piedras tu indiferencia y las palabras sucias. Con el diminuto tesón de las hormigas, eliges la noche.


TESPIS

La casa apacible quedó sepultada por las ruinas del grito. Has vuelto dividido con la noche que danza en la furia del áspid, que escarnece las bocas de tu melancolía.

Huecos y dientes arrastrados hasta la proa de un gemido. ¡Lloras en esta cena de cenizas! Bajas al muerto, al único, a la inventada criatura con gotas de blanquísimo temblor.

Después toqué el umbral y era de vidrio. ¿Por qué debo mirar tan lejos mi arcoiris?


Villa Santa Lucía de Siracusa, enero 2003





 

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