Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
A decir verdad, la palabra belleza no es muy empleada por el vulgo, que prefiere otros términos más modestos, como por ejemplo bonito, bien parecido, bien plantado, hermoso, bordao, chic, etc., si bien hay que especificar el uso en razón de su intencionalidad. Como si perteneciera a un nivel literario, belleza hace las delicias de los poetas rimadores, que la hacen hermana de naturaleza, tristeza, reza... Y también de los amantes metidos a cultos, que la cincelan en sus cartas amorosas como si la amada fuese la monopolizadora de todo su contenido semántico. Sin embargo, a pesar de la factura elegante y poéticamente pomposa que se le quiere dar, belleza tiene un origen humilde. Según Joan Corominas, procede del occitano antiguo bel, y se empleaba en ambientes de cierta intimidad familiar como una muestra de cariño, quizá ello debido a un cruce con mellitus, que significa "dulce".

Si entramos en el aspecto social de ese término, veremos cómo es, sin lugar a dudas, el que más obsesiona a la mujer, sobre todo a la mujer joven. Ser bella para una fémina es una lotería escandalosa. También es posible que más de un varón haya soñado con lo que entendemos por ella en nuestro léxico cotidiano. 

En tiempos como los nuestros en los que el físico manda en las pasarelas y en los espacios televisivos dedicados a los comentarios de índole estética, podríamos tomar como nuestra aquella frase de R.W. Emerson, que decía: "La belleza no tiene más razón de ser que a sí misma". Y vemos, realmente, cómo todo se rinde ante una cara bonita, no importa la inteligencia, la educación y la cultura que tenga la cabeza a la que sirve de estupenda máscara. Bajo el todopoderoso influjo de la cinematografía, en manos de la tiranía de la imagen, el guapo y la guapa de turno son dueños de su destino en una crisis de valores interiores (valores que, como la investigación y el culto a la inteligencia en otras épocas han hecho posible esta técnica de hoy, no lo olvidemos).

Si abrimos diccionarios de citas, nos las encontramos para todos los gustos, por siempre se considerará la belleza -y la hermosura como sinónimo- como la mejor carta de presentación que tiene un individuo sea hombre o mujer. De todos los filósofos contemporáneos ha sido Federico Nietzsche el que más ponderación ha hecho en este asunto como. Véase su Ecce homo y comprobaremos su inclinación ante la belleza física ("Un hombre bien constituido beneficia a nuestra mirada"). Pero no nos asombremos, pues, ya que Platón había hecho otro tanto cuando observaba a la juventud ateniense.

La civilización cristiana propuso una nueva valoración considerando la belleza fundamental como la del alma, o sea, las llamadas virtudes. Tal vez algunos místicos y ascetas fueron demasiado lejos hasta el punto de considerar la belleza física como una tentación evitable, incluso como un ardid de la naturaleza -caída, claro- para no remontarnos a las cosas del espíritu.

Ninguno de los dos extremos: ni huida de la belleza ni rendición estúpida ante ella. Pero aquí hemos de invocar el siempre difícil equilibrio. Hoy nos resulta difícil dar una definición que sea agradable y convincente para todos. Los relativismos de la época nos ponen en estado de alerta y nos avisan de que hay tantos criterios sobre el concepto de belleza como individuos que lo emiten. Pero todo el mundo está de acuerdo en que hay un rasgo universal que nos puede poner a todos bajo un común denominador, y se trata de la impresión beneficiosa para nuestros sentidos, que emana del objeto -o del sujeto- presentado como indicativo de la belleza como tal. Lo "feo" y lo "bello", o lo "bonito", en tono menor y coloquial. Todo el mundo, por muy poca cultura que se tenga, con más o menos puntería, acierta a dar una opinión sobre lo que ve. Sin embargo, si nos metemos en el arte vanguardista el fenómeno cambia, y ya no se trata de encontrar lo bello en sentido tradicional, sino de lo que impacta.

Y es que el artista no pinta, esculpe, escribe o compone si no ideas, como ya observó Ortega y Gasset en su famoso libro La deshumanización del arte.   






 

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