Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
El género -no, no teman, pero permítanme la sutil y mordaz parrafada- es el nombre que se acostumbra a dar al conjunto de los tres tipos de escalas griegas: la diatónica, la cromática y la enarmónica, según el lugar ocupado por los sonidos móviles del tetracordio. Naturalmente, dicho por aclarar e introducir una leve matización a la acepción enunciada, el género diatónico procedía por tonos y semitonos naturales; el cromático, por semitonos, y el enarmónico, por aumento o disminución continua e insensible del tono, que se subdividía en cuatro cuartos de tono. (Dicc. RAEL)

¿Que se han quedado pasmados? Pues, claro. ¿Que no tenían ni idea? Pues, claro... Y si les sigo contando -y detallando- las diversas acepciones que tiene el vocablo "género", es probable que todas y cada una les siga sonando a chino mandarín. Exactamente igual que -y aquí viene la cuestión-, desde la primera a la última acepción del vocablo, y desde la primera a la última página de un libro titulado "Gramática Española", a nuestros doctos y nunca bien ponderados políticos.

"Un alcalde para todos y todas." Así reza los titulares de una gran pancarta extendida de uno a otro lado de una céntrica calle. Y ustedes, al verlo, dirán, que si es para "todos", ya ello es suficientemente explícito y todo lo demás sobra. Pues, no, mi sufrido lector: ignoran el masculino genérico, pasan de reglas gramaticales, desdeñan lógicas lingüísticas, desestiman los sabios consejos de nuestros eruditos académicos y nos siguen castigando con la pejiguera de agregar la concordancia femenina a todo cuanto se les pone por delante. Y tenemos que oír el "españoles y españolas", "ciudadanos y ciudadanas", etc., o, para más inri, recochineo y castigo, tenemos que sufrirlos incluidos en frases repetidas al estilo de "...queremos decirle a todos los españoles y queremos decirle a todas la españolas...", con lo que, además de padecer el lesivo incordio, obtenemos que un discurso de media hora se convierte justamente en uno de una hora, y con lo que una explicación o respuesta ante las cámaras da la sensación de que el tipo está dotado de suficiente locuacidad o labia -dicho en castizo- y da explicaciones exhaustivas de todo cuanto le pregunten.

Para enredar -o joder- más la cosa, a veces se inventan neologismos que, con toda lógica, chirrían en nuestros oídos. Así el caso de la señora Romero, doña Carmen, que, como el término "jóvenes" no era suficiente para señalar al colectivo de personas que están en la juventud, inventó el término "jóvenas" para señalar y diferenciar a las chicas. Menos mal que los componentes -y "componentas"- de nuestra Real Academia, juiciosos ellos, decidieron, en buena hora, trasladar el genial invento a donde mejor estaba, es decir, al muladar.

Todo esto, quiero decir, la lucha a ultranza que mantienen nuestros distinguidos políticos por diferenciar a hombres y mujeres -convendrán ustedes conmigo-, no concuerda en absoluto con la misma lucha que mantienen por la igualdad de los mismos. O sea, se dogmatiza imperiosamente sobre que somos iguales en todo -con lo que estoy completamente de acuerdo-, y, con la misma boquita, y en el mismo discurso, incluso se inventan absurdos tendentes a señalar y diferenciar a los unos de las otras. 

Y para finiquitar estas letras sobre los usos y costumbres de nuestros bienamados hombres públicos (perdonen que omita al otro género), termino con una anécdota que -precisamente referida al omitido eufemismo- le pasó a mi amiga Maripuri, más conocida por la "Chocholoco", jaquetona y bien plantá ella, cuando se enteró de que ya habían legalizado la prostitución y podía ejercer con plena libertad y fue a arreglar los papeles para sacarse el carnet del médico. El funcionario, tras apuntar nombre, apellidos y domicilio, le preguntó que en qué trabajaba. Maripuri, después de algunos titubeos previos, le respondió resuelta: "Yo soy una mujer pública." El hombre, sin ni siquiera levantar la vista del teclado, le espeta: "Ah, bueno... Pues dígame el Partido al que pertenece y el cargo que ocupa..." Maripuri se le quedó mirando y le respondió: "Que va... Yo ni cargo ni Partido..." Y como viera que el hombre la miraba extrañado, le soltó: "Usted no me entiende. Es que yo soy de las otras..."

En mi opinión, cachondeos aparte, quizás deberíamos eliminar definitivamente el eufemismo que define a las prostitutas y encontrarle un término más amable y preciso para evitarles ser confundidas con las ejercientes de la otra profesión.

Porque, aunque antes no lo he referido, la Maripuri me contó que se puso colorada cuando tuvo que decir lo que era.







 

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