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Hace escasamente una semana que la ciudad de Ginebra quedó marcada por una violencia extrema. A todos nos ha dejado sumidos en una confusión irreprimible de cómo esto pudo suceder en el centro de la ciudad cuando se suponía que estaba protegida al máximo.

Durante varias semanas la prensa, radio y televisión alertaba a la población sobre la llegada de cientos de jóvenes que vendrían para manifestarse y protestar pacíficamente de la reunión de los ocho grandes, llamada del G-8. Los Jefes de Estado más poderosos de la tierra organizaban una Cumbre en Evian (Francia), a unos cincuenta kilómetros de la ciudad de Lausana.

La idea de estas reuniones de alto nivel fue lanzada en 1977 por el Presidente de la Republica Francesa, Valery Giscard D'Estaing, llamadas del G-8, que cada dos años tienen lugar en una de las capitales elegidas por uno de los ocho Jefes de Estado de esta Cumbre. Los problemas que vinieron a discutir eran de extrema urgencia, y algunos como la falta de agua, que en mucho de los países llamados del tercer mundo no tiene espera. Este gravísimo problema se ha pospuesto para reuniones previas y ha quedado sin resolver por falta de acuerdos. Otro de los asuntos importantes es la economía en pésimas condiciones de los países más pobres del planeta, no pueden pagarla, y queda también suspendida por falta de convenios y resoluciones de aquellos que tienen la solución en sus manos.

Fue Francia quien decidió el lugar para celebrar la reunión entre los grandes. ¿Por qué fue elegida la ciudad de Evian por el Presidente Chirac como lugar de encuentro? Esta pequeña ciudad balnearia y turística no tiene aeropuerto, cuenta con lujosos hoteles pero no los suficientes para alojar a la multitud de personas que esperaban y que había que darles protección y seguridad máxima.

¿Y por qué el Presidente de la Confederación de Suiza y los ocho miembros que gobiernan este país -aunque sea en régimen de coalición- estuvieron de acuerdo en dar toda clase de facilidades a los franceses? Les ofrecieron el aeropuerto que, cubierto de alambradas y rodeado de policías día y noche, estaba en alerta máxima. Los jefes de Estado más importante del mundo aterrizarían sucesivamente sin que pudiesen temer el menor riesgo de atentados.

Las consecuencias de este ofrecimiento ha tenido graves consecuencias en está ciudad, y, desde luego, no se podrán olvidar los daños que sufrieron sus calles maltratadas impunemente cuando el contingente policial que había llegado para este evento era enorme.

Tanta era ya la psicosis de los comercios y grande almacenes que tuvieron que tomar fuertes medidas de protección. Las vitrinas y grandes escaparates fueron puestos a salvo con maderas que recubrían los cristales que pudieran ser el blanco de ese pequeño grupo que sólo venían a destrozar y romper.

Muchas oficinas se cerraron y los medios de transporte dejaron de funcionar regularmente, y ante la psicosis de no saber qué iba a pasar, la gente se recluyó en sus casas y esperaban con aprensión lo que un grupo minoritario de jóvenes que se sabía de antemano que sólo se dedicaban a destruir.

Los manifestantes anti mundialista recorrieron las calles que tenían asignadas y en un enorme cortejo enarbolaban banderolas con alusiones anti G-8 y gritos que decían "fuera los poderosos que quiere dominar el mundo", y apelativos desfavorables a los Grandes que se encontraban tranquilamente reunidos en Evian. Toda este cortejo pudo expresar su opinión y descontento sin problemas mayores.

Fue durante la madrugada del día primero de junio cuando una banda de jóvenes llamados Blanck Blok se adueñaron de las calles del centro de la ciudad. Y, despiadadamente, y con una organización perfecta e incontrolada, en poco más de una hora destrozaron todo lo que encontraban a su alcance. Las vitrinas de los comercios que no tuvieron la precaución de cubrir quedaron completamente destruidas.

El motivo de toda esa brutalidad sin móvil político ni nada que pudiese justificarlo, es sin duda el descontento acumulado por falta de perspectiva de esta juventud marginada, sin trabajo ni ideología alguna. Sólo les divierte hacer daño sin analizar la gravedad de sus actos.

A la mañana siguiente las calles principales daban tal sensación de desolación y pena que los ciudadanos se preguntaban con cólera mal contenida de la ausencia total de policías que no fue capaz de impedir tan tremendo atropello. Los daños fueron cuantiosos y desde luego moralmente irreparables.

Cuando la Jefa de la policía Central dio la orden de actuar era demasiado tarde. En pocos segundos ese grupo de gente incontrolada se quitó el capuchón y la camiseta con la que se hacían distinguir entre ellos y se mezclaron con los transeúntes como si nada hubiera pasado.

Todos los ciudadanos suizos y extranjeros que viven aquí esperan alguna explicación de las autoridades competentes por la lentitud con la que actuaron. Se espera que los responsables de la seguridad confiesen su incompetencia en un hecho del que ya sé sabían las consecuencias irreparables que tendrían para esta ciudad pacifica y humanitaria. Nunca en su territorio se había presenciado un espectáculo tan dantesco.






 

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