Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Sobre el tema de los oficinistas, vamos a presentar hoy a quien fue un personaje de la Isla de León, parlanchín consumado, pulcro en el vestir, amante de enterarse de todos los hechos y milagros de la actualidad, y como característica principal, un estupendo profesional a la antigua usanza, activo y cuidadoso. 

Nos referimos a don Servando, hombre nervioso e impulsivo, que cuando venía a nuestra ciudad alguna compañía de zarzuelas, podíamos verlo, casi permanentemente, en primera fila de butacas; porque la zarzuela -¡amigos míos!- le apasionaba en grado máximo, constituyendo una de las principales razones de su vida en este pajolero mundo. Tal era, a grandes rasgos, lo que pudiéramos llamar el facsímil de nuestro hombre.

Don Servando, funcionario de cuño antiguo se pasaba las horas de oficina indefectiblemente al lado de su mesa de trabajo, no «brujuleando» por los pasillos y bares como otros muchos. El sólo vivía durante esas horas para sus expedientes de crédito, a los que estudiaba, miraba, pulimentaba y acariciaba con interés poco común, porque no desconocía aquel famoso refrán, tan en boga en los hombres de su actividad, de que "al papel y a la mujer..."

Muchas veces he hablado con don Servando, con cuya amistad me honraba. Y a mi iniciativa salieron a relucir los millones de pesetas que pasaron por sus manos desde que regía el negocio de Créditos de una importante empresa. 

-¡Lo que son las cosas de la vida, amigo Dobarganes! -me dijo afectuosamente, pero con marcada amargura-. Por mis manos han pasado miles de millones y ya ves como estoy, sin más recursos que unos limitadísimos ingresos mensuales.

-¡Millones!.. ¡Muchos millones! -repetía el funcionario-. Pero en papeles engorrosos que me han traído, eso sí, muy buenas canas y una crónica afección hepática, que no quisiera ni para mi mayor enemigo. El papel moneda huye de mí como alma que lleva el diablo. Yo sólo barajo cifras, pero no dinero constante y sonante. 

Eché un vistazo a la mesa de trabajo de don Servando y allí había verdaderas montañas de expedientes en turno riguroso de despacho. La mecanógrafa tecleando sin cesar, y el ejemplar burócrata dictando de pie, con rapidez, en fenomenal carrera contra el reloj. Cada vez que despachaba un papelote y lo pasaba a la sección B, los expedientes de la sección A, parecía que iban en aumento. Era una descomunal batalla del hombre y del papel semejante a la de Don Quijote y los molinos de viento. 

Sólo de ver a don Servando unos momentos, con aquellos trajines de dicta, cose, clasifica, cierra y archiva, mi cabeza andaba desquiciada. 

¿Cómo estaría la de él?





 

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