Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Que la creación necesita de recogimiento es una cosa obvia. No se ejecuta una labor artística si no se está poseído por una idea fija. Es una agradable obsesión que busca, como un manantial a punto de surgir agujereando la tierra amazacotada de las vivencias comunes, bajo cuya capa gruñe. Lo mismo que los amantes enamorados desean la mayor soledad posible y como los canarios no han de ser molestados para la procreación, así los creadores necesitan un aislamiento -en principio, mentalmente- para que los afluentes de las ideas converjan en un río de volumen apropiado que ha de desembocar en el hecho de la afortunada inventiva.

Se puede advertir un cierto egoísmo en el (la) creador (a) y caer en una peligrosa autosuficiencia como en el caso de Plinio el Joven, que decía: "Yo converso solamente conmigo y con mis libros". La conversación consigo mismo, de resabio tan machadiano -"converso con el hombre que siempre va conmigo..."-, es un poco arriesgado ya que supone la introversión y la soledad elegida como isla para la propia autocomplacencia. Personalmente creo que el verdadero artista debería convivir más con los demás para experimentar una evolución en su atalaya miradora del mundo.

Se me ocurre pensar, y esto lo comenta la historiografía literaria, que es el poeta lírico, por su arranque subjetivo, el más tendente a la soledad, a la subida y encierro en su torre de marfil. El poeta épico está más abierto al mundo y canta las incidencias de los héroes -que pueden ser ciudadanos sencillos, honestos y sacrificados padres y madres de familias-; de esa apertura de su alma a las incidencias de su entorno, nace el narrador, y gradualmente esa objetividad conduce al gran novelista, el captador de mundos que son legados luego como testimonios casi notariales de las sociedades contemporáneas a ellos -recuérdense a los Stendhal, el archinarrador ante el Altísimo, como lo definía Ortega y Gasset, a los Balzac, a los Dickens, a los Dostoievski, a los Pérez Galdós, a los Valle-Inclán...

Goethe, que era un hombre equilibrado, o, por lo menos pasa por serlo, dijo que ningún tormento sería para él tan grande como estar solo en el paraíso. ¿Qué significa esto? Si crear para el fabulador es un deleite y estar sin compañía de nadie es una condición, si no inexcusable, sí aconsejable para recolectar los frutos de su imaginación, el verdadero artista va a su estudio o taller como a un lugar en el que se encuentra consigo mismo en una cara del poliedro de su alma. Pero en su obligado retiro no se olvida de quienes ama, sean familiares o amigos. También decía Antonio Machado: "Tengo a mis amigos en mi soledad: cuando estoy con ellos /qué lejos están". La intimidad no está reñida con el afecto y la valoración de lo que nos rodea. El orgullo ha de estar en lo que cuesta construir un mundo y no en lo creado, que se nos desde el subconsciente. Nadie se inventa lo que es, sino que se encuentra con una materia prima susceptible de ser transformada. La metáfora del barro primigenio es adaptable a las palabras-pongamos el caso del que escribe-, y con ellas creamos un texto en el que las ideas se entrelazan como un tapiz. Todo es bello y prometedor de lecturas compartidas por quienes suponemos son los lectores más allá de la orilla del islote del que sueña ser leído.

Sin embargo, la verdadera soledad del que escribe, pinta, esculpe o compone no está en su gustosa clausura (¿cómo olvidar la gustosa soledad de Fray Luis de León en su huerto entre virgiliano y horaciano o de Juan Ramón Jiménez su "soledad sonora"?), sino en la indiferencia de los otros, que lo condena al ostracismo de las rarezas, al destierro mental de la ignorancia voluntaria, mientras que ese mismo público se siente devoto de personajillos del día, de famosos de una televisión que fomenta la inercia mental y la ausencia de valores culturales y morales so pretexto de ofertar un relajo a los televidentes.

Decía Aristóteles que el que halla placeres en la soledad es una bestia salvaje o un dios. Creo que ni lo uno ni lo otro. Las bestias salvajes se reúnen por instinto para defenderse de otras bestias y los dioses, según las cosmogonías, necesitan crear mundos y seres para entretener sus eternas soledades.   






 

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