Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Abdull Alí Satur Alh Menabí no pudo dormir con tranquilidad aquella noche, y todas las huríes del firmamento estuvieron bailando una danza sinuosa entre su estómago y su cerebro.

La "Perla del Desierto" había zarpado al despertar la madrugada de Tindaz, en el Golfo de Akaba, con sus 120 tripulantes bien uniformados y a punto, y todo el séquito correctamente alojado en sus numerosos camarotes, con dirección a Nápoles, donde Abdull, emir de Qatubi, había decidido pasar unas vacaciones de unos meses para visitar al Dr. di Lorenzzo, prestigioso especialista italiano en cirugía andrológica.

Hamed Beuz Mohamed, primo del emir y Ministro del Interior de Qatubi, recibió, pocas horas antes, la notificación del Prefecto de Nápoles, de que habían finalizado las obras del Muelle de Oriente del puerto de la ciudad, después de dos semanas de trabajos urgentes para ampliarlo 15 metros y poder dar cabida al lujoso yate del emir. Se dirigió a la suite real, y luego de identificarse por inter-video, y de esperar que el emir tuviera tiempo de ocultar convenientemente a su última concubina, Raisa, una jovencita de 20 años, le fue comunicado que podía adentrarse en los aposentos del emir.

- Salam, -saludó el ministro-. Me comunican, alteza, que el muelle de Nápoles está dispuesto. Los 300.000 dólares que otorgamos al Municipio para su ampliación han dado sus frutos...
- ¿Encargaste las flores?
- Sí, alteza. El helicóptero real ha partido para Jaifa y estamos a la espera de su regreso al helipuerto del barco.
- ¿Y los tulipanes?
- Está previsto que durante la travesía un nuevo viaje del helicóptero los recoja en Ámsterdam y los retorne al yate.
- Ya sabes, primo, que no me gustan estos retrasos...
- Han sido inevitables, emir...
- No hay nada inevitable cuando se pagan 6.000 dólares diarios para tener flores frescas cada día. Que no vuelva a pasar , o tendré que replantearme tu cargo...
- Sí, Abdull, será como tú dices.
- En cuanto lleguen las flores da órdenes de colocarlas en todos los aposentos de mi séquito. Y no olvides poner rosas rojas en el camarote de Raisa, y blancas y amarillas en los de Malika y Fátima. En mi baño, tulipanes...
- Salam, alteza. Tus deseos serán cumplidos...

Hamed abandonó la estancia real con rabia contenida. Sus largos años en Londres le habían dejado un poso de inconformismo social que ahora, al servicio de su primo, se le hacía muy cuesta arriba reprimir. Había intentado hablar con Abdull en más de una ocasión, pero el emir siempre hizo oídos sordos a sus consejos. Y no, no es que deseara convertir el emirato en un modelo de democracia caduca y occidentalizada, pero insistía en, al menos, guardar las formas de cara a la galería internacional, y sobre todo de cara a la prensa internacional, tan sensible siempre con los países del Golfo y sus cacareados "desmadres económicos y sociales".

Hamed pensaba que gastarse diariamente 6.000 dólares en flores -y para más escarnio compradas a los enemigos de Alá, en las tierras del norte de Israel-, cuando muchos ciudadanos de Qatubi subsistían en el umbral de la miseria, no era, precisamente, una buena propaganda para el país, y, desde luego, para el emirato. Pero Abdull siempre zanjaba la polémica con un "es voluntad de Alá", que no daba para más discusiones posibles.

El Movimiento Qatubí para la Regeneración Moral, un grupúsculo con escasos adictos y que sus servicios secretos creían estar financiado por parte de la numerosa familia del emir, algunos posiblemente bien colocados en altos cargos del Estado, había lanzado unos pasquines en la capital poco antes del viaje del emir a Nápoles para su tratamiento andrológico. Los panfletos, que enseguida fueron retirados por sus hombres, rezaban:

"¿Alá es partidario de que se malgasten los recursos del pueblo en viajes del Jefe del Estado de dudosas razones religiosas?

¿Aprueba el Corán que el cuerpo que Alá ha concedido sea trasformado artificialmente para el placer?

¿Es justo que se derrochen las arcas del Estado en lujos superfluos y en médicos innecesarios?"

Evidentemente las octavillas llevaban veneno y habían sido confeccionadas desde posiciones próximas a la familia real, dado que no se habían hecho públicas las verdaderas razones del viaje del emir a Nápoles. Aún así el emir seguía sin desear analizar las razones, y sólo ordenó la caza y captura de los terroristas revolucionarios, y que fuesen sometidos, una vez convictos, a un castigo ejemplar. Pero Hamed nunca podría confesar a su primo que tenía más que sospechas de que al menos tres de sus esposas, y dos de sus hermanos, estaban financiando el Movimiento y las protestas.

La sirena del yate sonó con fuerza anunciando el puerto de Nápoles. La travesía había sido con bonanza, aunque el emir volvió a fracasar con la joven Raisa, que no consiguió, a pesar de sus esfuerzos, que la hombría de Abdull cumpliera los mínimos requisitos para el juego amoroso. Ni siquiera las cuatro viagras con ginseng del Dr. Mustafá Alkiri habían valido más que para un insoportable dolor de cabeza con fuertes punzadas en las sienes. Las huríes bailaron, de nuevo, en sus narices, una danza imposible de velos siniestros y negros.

El yate atracaba en el flamante nuevo pantalán del puerto de Nápoles, sufragado por el emir, cuando Abdull se disponía a entrar en su jacuzzi para darse un baño relajante antes del desayuno. Notó que la puerta de su suite se abría lentamente, y por ella apareció una niña de pelo muy rubio y extraños ojos negros. Aparentaba unos 12 a 13 años, llevaba entre sus manos un ramo de margaritas, y sonreía. El emir estuvo a punto de pulsar la alarma por miedo a que, escondida en el ramo, la niña pudiera llevar una bomba enviada por alguno de sus enemigos del emirato, pero la sonrisa franca de la niña le detuvo.

- Y tú, ¿quién eres?
- Yo soy María... y te traigo un regalo...
- ¿Un regalo a mi, al emir de Qatubi?
- Sí.
- ¿No será ese ramo de flores tu regalo?
- Sí.
- ¿No sabes que yo me gasto todos los días más de 6.000 dólares en las mejores flores del mundo?
- Eso me han contado, pero estas son margaritas silvestres de la costa de Amalfi... Y son mágicas...
- ¿Ah, sí? ¿Y cuáles son sus magias?
- Si las hueles intensamente, pensando en un deseo, este se cumplirá de inmediato.
- No me digas...
- Sí, es cierto, pero hay que tener cuidado: sólo una inspiración intensa, sólo una; con cada inspiración el efecto se multiplica proporcionalmente.
- ¡Tonterías! Y, por cierto, ¿cómo diablos has entrado en mi camarote...?

Abdull se dio la vuelta para acercarse al timbre de emergencia y llamar a la guardia de seguridad, pero cuando estos irrumpieron en su aposento la niña había desaparecido como por ensalmo, y sólo permanecía el ramo de margaritas silvestres encima de la mesita de té de delante del sofá de seda india.

Dio orden de que buscaran y encarcelaran al jefe de su guardia de seguridad, y dispuso a su ayudante para que desembarcara la limusina y fueran a recoger al Dr. di Lorenzzo al Hospedale dil Giotto para una primera consulta en el yate después del desayuno.

El incidente con la niña le había dejado un poco soliviantado, pero no estaba dispuesto a que nada importunase el objetivo fundamental de su viaje a Nápoles. Cierto que allí estaban las margaritas silvestres de María, pero era estúpido pensar que aquellas pobres flores silvestres tuvieran propiedades mágicas. Aunque, ¿qué perdía por seguir el juego, antes de darse su masaje de agua a presión? Tomó el ramo, pensó en su pene lánguido, y deseó que creciera y creciera, cada vez más duro, mientras aspiraba con fuerza, una y otra vez, un olor amargo y ácido que despedían las flores.

¡Tonterías!, -se dijo, mientras se introducía en su bañera de chorros de agua-, pero no bien tumbado entre los surtidores comprobó, boquiabierto, cómo su miembro se endurecía y crecía como hacía años no recordaba. Estuvo a punto de dar un grito de placer y júbilo, pero se contuvo pensando que podría tratarse de un efecto óptico o transitorio. No, parecía que la niña tenía razón con las propiedades mágicas de las margaritas silvestres de Amalfi, se dijo, mientras se observaba de nuevo en los espejos de las paredes del baño. Y allí seguía el ramo, en la mesita de té de la antesala. Se acercó cuidadosamente a él, con una mezcla de miedo reverencial y deseo, y aspiró profundamente mientras pensaba: "más, mucho más, el más grande y más potente de todos los siervos de Alá..."

El Dr. di Lorenzzo apenas pudo hacer más que diagnosticar un "priapismo" iatrogénico de causa desconocida cuando llegó a la "Perla del Desierto", y ordenar su ingreso urgente en la UCI del Hospedale dil Giotto. Las constantes vitales del emir estaban totalmente alteradas, con una hipertensión realmente mórbida, y unas cifras de saturación de oxígeno y carbónico tan patológicas que hicieron necesarias intubación inmediata y sedación profunda, a pesar de la cual no fue posible dominar la rigidez del miembro viril del emir, que seguía enhiesto como el palo mayor de una goleta de cinco velas.

Cuarenta y ocho horas estuvo Abdull en la UCI del hospital antes de que un fracaso renal agudo terminara con su vida, aunque no con su priapismo intratable que nunca pudo reducirse, a pesar de la sedación intensa y del óbito. En sus últimos minutos, Hamed, Raisa, Malika y Fátima rodeaban el cuerpo agonizante del emir y hacían cábalas de cómo dar la noticia al pueblo de Qatubi, preparar el sepelio y designar al nuevo Jefe de Estado del emirato.

Poco después de su muerte, y del traslado incógnito desde el hospital a la "Perla del Desierto", en un féretro especial, adaptado a los 30 centímetros de verga abanderada, Hamed ya había pactado con las tres esposas presentes que, durante su mandato, serían consideradas princesas herederas, y que las margaritas silvestres de Amalfi sustituirían, durante su primes mes de gobierno, a las flores importadas de Jaifa y de Ámsterdam en los jarrones de la mayoría del séquito familiar del fallecido emir de Qatubi, Abdull Alí Satur Alh Manabí.

Y los 6.000 dólares diarios en flores importadas -sentenció Hamed Bezuz Mohamed, próximo emir del reino, por la gloria de Alá-, serían invertidas en adquirir nuevos y más sofisticados sistemas de seguridad para evitar atentados que pudieran desestabilizar la armonía consensuada del emirato de Qatubi...



Notas:
- Existe, en la actualidad, un emir del Golfo Pérsico que gasta diariamente 6.000 dólares en flores, que viaja en un yate de 150 metros de eslora y con más de 120 tripulantes, y que donó 300.000 dólares para hacer un pantalán adecuado para su yate en el puerto de Nápoles.

- El "priapismo" (de Príapo, dios griego) es un síntoma que puede aparecer en algunas lesiones medulares de la "cola de caballo" sacra, y que se caracteriza por una erección continuada y muy dolorosa del pene.

- No sé si las margaritas silvestres de Amalfi tienen propiedades mágicas, pero puedo asegurar que son hermosísimas y tienen un olor misterioso...




 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep