Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Comenzaba el verano y, tal como nos habíamos comprometidos, al dar las diez de la noche acudimos a la estación de autobuses. Luisa, mi mujer, y yo, cruzamos el vestíbulo y, atravesando la puerta de cristal, salimos a los andenes donde aparcan los autocares.

Juana venía de Alicante, de pasar con sus amigas unas mini vacaciones de fin de curso como regalo por sus excelentes notas y su recién mayoría de edad. Sus padres, aún en la ciudad, nos pidieron que la esperásemos y le entregáramos el juego de llaves de su casa que, para emergencias, guardábamos nosotros.

Allí estaban ya los familiares de las otras jóvenes y, charlando, dimos tiempo a que llegasen las chicas.

Vimos al autobús aproximarse, observamos como, sin maniobras, encaraba la enorme zona de aparcamiento y se detenía frente a nosotros. Se abrieron las puertas y la trampilla de los equipajes, bajaron los pasajeros y entre besos y abrazos se armó una pequeña algarabía de risas y alboroto. Luisa enseguida preguntó: ¿Dónde está Juana? Sus amigas se miraron y yo vi, en sus gestos y en sus ojos, una enorme sorpresa, quizá no pensó que fuésemos a recogerla, quizá sus padres no se lo advirtieron y tenía previsto pasar más tarde a recoger las llaves por nuestra casa o encontrarnos paseando por la calle mayor, la cuestión es que la complicidad acalló el alboroto juvenil.

Luisa y yo, al unísono, preguntamos: Martita, ¿qué ha pasado con Juana? Y Martita, balbuceando sin dejar de mirar a sus amigas, contestó: Viene en coche, con su primo.

-¿Con qué primo? -volví a preguntar sorprendido.
-No sé, con el de Madrid, no me acuerdo como se llama, llegará enseguida, me dijo que quizá cenasen en mi casa.
-Dame su número de teléfono, voy a llamarla. 
-Juana, ¿Cómo estas? ¿Sabes quién soy?
-Sí, eres Javier, tu nombre sale en mi móvil, grabé el número cuando me lo dio mamá por si tenía que llamarte para algo.
-Bien, ¿Dónde estás?
-No sé, está muy oscuro y no veo ningún pueblo, pero estoy cerca, no tardaremos más de media hora.
-¿Con quién vienes?
-Con Ramón, ¿Te acuerdas de él?
-Sí, claro que me acuerdo, pero según mis noticias debías venir en el autobús, con Martita y las demás, ¿Habéis cenado?
-No, pero no te preocupes, tomaremos cualquier cosa al llegar a casa.
-Juana, en tu casa no debéis tener nada, venid a la nuestra, os esperaremos para cenar juntos.
-No te preocupes, con un bocadillo en cualquier bar nos conformamos.
-Ya veo que, aunque insista, harás lo que quieras, pero, cuando llegues, nos llamas y así nos quedamos tranquilos.
-Vale, luego te llamo. 

Cuando, para los demás, repetí la conversación, todos nos miramos con cierta perplejidad y nuestros pensamientos de adultos nos llevaron a preocupantes conclusiones que nadie manifestó en voz alta.

Nos despedimos del grupo y paseando por la alameda, junto al río, al frescor de la noche, Luisa y yo comentamos lo sucedido y cambiamos impresiones confesando nuestros temores.

En los tres últimos años, desde que esto sucedió, nadie ha sabido de Juana.




 

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