Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
En raras ocasiones se ha identificado la literatura con el poder; entiéndase poder político. El poder religioso sí se ha servido de la literatura: ahí están, pues, todos los libros sagrados de todas las religiones y civilizaciones. El creyente de buena fe y alma sencilla ha puesto en más de una ocasión su talento al servicio de su fe y el poder religioso lo ha visto con buenos ojos, siempre que el contenido expresado no ha ido más allá de la ortodoxia permitida. Tal vez ha ocurrido lo contrario de lo que quisiera Aristóteles, que dijo que el hombre es un animal político -tal vez por sociable y ligado necesariamente a los otros-. Lo natural es que el escritor se adhiriese al poder y lo conformara según razones plausibles y convenientes para todos, y que el político y el escritor, como si ambos fuesen el Solón de turno, educaran a sus conciudadanos en aquellas normas tendentes a la mejor convivencia y al mayor provecho de los medios de producción.

Sin embargo, desde el Renacimiento -recuérdese a Baltasar de Castiglione con El cortesano y a Maquiavelo con El príncipe y la Ilustración -la Enciclopedia y obras de autores españoles a favor de la política de los Borbones-, ya no han vuelto los escritores ha identificarse con un sistema político para servir a éste de peón de brega. Ha acontecido todo lo contrario: los escritores más avanzados en ideas han ido contra la burguesía gobernante, como ha sido el ejemplo de dos grandes pensadores, el uno religioso como Kierkegaard, iniciador del cristianismo existencialista, y el otro es Sartre, con su adhesión al marxismo. He puesto dos ejemplos de los muchos que se podrían traer a colación. Parece como si la intelectualidad europea formara un frente común de hostilidad a una Europa que acabó siendo destrozada moralmente y convirtiéndose en ruedo bélico de las dos guerras que ya conocemos.

El marxismo no ha triunfado como tenía previsto, pero sí ha sacudido la conciencia del mundo, y sus adversarios han aprendido mucho de él. Hoy día los ideales marxistas, queramos que no, están entretejidos en un tapiz de variados hilos ideológicos.

Es posible que la verdadera literatura, la que nace en la penumbra de los sentimientos y en el solaz "de la vida retirada" de cada uno a su conciencia, no quiera comprometerse con ideales o intereses de grupos. Y no porque la política se mueva por resortes posibilistas, sino porque el mundo moderno gira en torno al capital. El dinero ha sido siempre el nervio de toda guerra y de todo proyecto de buena voluntad a favor de los ciudadanos. La auténtica literatura sería entonces una evasión frente a realidades desagradables, pensará el lector. Tampoco es así aunque esas realidades puedan acentuar su escapismo. La literatura, como la filosofía de Tales de Mileto, nace del asombro y del extrañarse ante ciertos sucesos o bien ante espectáculos de la naturaleza. Otra cosa es que el escritor un día ponga su pluma como ayudante de cámara de un determinado presupuesto de ideas pragmáticas.

No se trata de defender el purismo de la inspiración considerando una mácula imperdonable cualquier adherencia política. Lo que se desea esclarecer aquí es que la literatura no es contingencia ni flor de un día, pero que en algún momento debe salir en defensa del hombre de la calle y meterse en la piel de todo lo que sufre.

Un verdadero escritor es capaz de convertir temas triviales en deliciosas piezas de un lenguaje asombroso. Póngase el caso de Miguel Hernández -muy conocido por los estudiantes de enseñanza media- tan genial en su poesía lírica de tiempos de paz como en sus poemas escritos en tiempos de la contienda civil.

Sabemos que la literatura social de los años cincuenta y sesenta abogó por nuevos ideales de libertad y progreso. Incluso el teatro del absurdo, a pesar de su denominación, también lo fue. La acción pendular de la historia hizo que la escritura se decidiera por otros caminos, desengañada de su escasa influencia en la sociedad. Entonces la literatura -en España- estaba contra el poder. Pero los españoles leían apasionadamente el Marca y sesteaban con el teatro de Alfonso Paso, amén de la adoración del nuevo dios: el fútbol. 

Literatura y poder, una vez más, se divorciaban. Como casi siempre.   






 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep