Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
(Dedicado a los apasionados de los "domésticos"
que, como no pueden hablar, nada dicen...)

Yo tenía una casa en el campo, y era razonablemente feliz...

En la casa había estanques (con agua, claro) que fui llenando de carpas de colores para que hicieran juego con los nenúfares importados de Kyoto, y porque molestaban más bien nada: de vez en cuando echarles unos pedacitos de comida prensada y liofilizada, espolvoreando la superficie del agua, y tutti contenti.

También teníamos una inmensa jaula, en un rincón de la gran pradera verde, con loros, agapornis y periquitos que daban un toque exótico y cantarín al entorno, y aunque los condenados pájaros devoraban grandes cantidades de comida, habíamos encontrado un suministrador eficiente de pipas de girasol y de semillas de mijo, avena y alpiste al por mayor, que todas las semanas se acercaba por la casa con su cargamento necesario.

Cuatro ardillas autóctonas serranas, que habían anidado en los altos pinos de la finca y que correteaban por los caminos de flores y saltaban de rama en rama como saltimbanquis increíbles, completaban, más que suficientemente, la población no "humanita" de mi casa.

Y digo que era razonablemente feliz...

Pero un día una de mis hijas, en vez de quedarse embarazada, que hubiera sido lo naturalmente-natural, decidió comprarse un bóxer y lo prohijó. Y entonces comenzó a armarse la "marimorena". El jardinero, sin ir más lejos, se negó a entrar en casa porque decía que el perro "le miraba con malos ojos", y había que introducirlo en la pista de tenis cada vez que el jardinero avisaba por teléfono que llegaba a casa para hacer su trabajo. Por supuesto, el buen boxer (¡angelito!), tardó poco más de media hora en comerse la estupenda red del campo de tenis, con lo que se acabaron los partidos con los amigos. ¡Todo fuera por mi hija y su cachorro! Porque, ¿ de quién era la culpa de que, en vez de tener un bebé, como está mandado, mi hija tuviera un cachorro de boxer?

Aunque las desgracias casi nunca suelen venir solas, y, al poco, uno de mis nietos, llorando a pulmón batiente, reivindicó su deseo de tener dos patos con los que jugar y a los que cuidar y alimentar. Y digo yo: ¿cómo iba a frustrar el deseo de la criatura? Compramos dos patos, y durante los cinco primeros días fue bonito verles chapotear en los estanques y observar a mi nieto dándoles de comer pan mojado y comida especial para anátidos (que nuestro suministrador habitual se empeñó en denominar así porque le pareció que era más fino lo de anátidos que lo de vulgares patos, y que nos traía ahora también en sacos de 15 kilos). Cierto que mi nieto se ocupó de los patos lo que duró la novedad, y que estos, cansados ya de bucear en los estanques, se recorrían el jardín a sus anchas, cagándose en todos los paseos, y que, desde luego, también decidieron bucear en mi impoluta piscina llenándola de plumones y excrementos, pero, ¿qué podía hacer con los patos?, sobre todo teniendo en cuenta que el pato a la naranja no es condimento muy apreciado en la familia.

Lo malo era cuando aparecía por casa mi hija y su cachorro, y sin acordarse de la existencia de los patos sueltos por el jardín, soltaba a su perro: entonces sí, entonces sonaban las sirenas y las alarmas y se organizaba un "zifostio de padre y muy señor mío", porque el pobrecito bóxer pretendía engullirse de una tacada a los patos, y todos corríamos despavoridos para intentar evitarlo. ¡Toda una delicia, sin lugar a dudas!

Pero yo era razonablemente feliz...

Aunque no contentos con tamaña jerigonza, mi otro nieto, para no ser menos, me pidió un día, con cara de angelito desvalido, que le dejara tener dos gallinas en la casa. Me dijo:

-Yayo, es que no hacen nada... Y podremos comer huevos frescos todos los días...

Y, a ver: ¿cómo me iba yo a negar a tal angelical petición? Hicimos un corralito en un extremo de la finca y metimos a las dos gallinas, con sus pajitas y todo para que estuviesen confortables, y con su pienso compuesto que volvimos a encargar a nuestro suministrador oficial, porque otra de mis hijas, master en ecologismo ella, sentenció que los animales domésticos deben alimentarse con pienso, y no con sobras de los alimentos de la casa, según los estudios de desarrollo sostenido.

Ahora, cuando viene mi hija con su cachorro pegado, montamos un zafarrancho de tres pares de narices, porque han decidido (mis hijas) que el "tartán" de la pista de tenis es profundamente lesivo para el perro (ya que sus almohadillas se perturban) y hay que hacer traslado a dicha pista de los patos (que perseguimos por toda la finca con unas varitas muy aparentes) y de las gallinas (porque una ha salido revolucionaria, y poner huevos no pone, pero todos los días pega un salto mortal y se sale fuera del corralito).

En fin, os decía que yo era razonablemente feliz, a pesar del bóxer, de los patos, de las gallinas y de mis animales autóctonos y exóticos, pero es que mi casa se está complicando por momentos: hace unos días celebrábamos una fiesta en el jardín, luego de haber cumplido el ritual de la persecución, traslado y encierro de la fauna familiar, y, cuando más a gusto estábamos cayó, de una de las hiedras enredaderas que cubren uno de los muros de la casa, una impresionante serpiente, a menos de un metro de algunos invitados. Fui raudo por un azadón para intentar sentenciarla, pero al tiempo que levantaba el instrumento mis cuatro hijas me gritaron al unísono:

- ¿Pero qué vas a hacer, papá?
- Espero cortarle la cabeza...
- ¡Ni se te ocurra!
- Es una serpiente peligrosa...
- Para nada. Es una "culebra de escalera" no venenosa, y este es su hábitat natural... Ni se te ocurra.
- Pero..

Me quedé paralizado. ¿Cómo iba yo a osar exterminar a una culebra de escalera, de más de cuatro metros de largo, de su hábitat natural? No, ni mucho menos...

Y digo que soy razonablemente feliz en mi casa de campo, aunque ya no puedo jugar al tenis, ni bañarme en la piscina, ni se me ocurre pasar cerca del hábitat natural de la culebra; aunque mis paseos sean un muestrario de cagadas diversas; aunque me gaste cada mes más de 1.000 euros en piensos variados y comidas exóticas; aunque las ardillas autóctonas hayan desaparecido, y mi automóvil nuevo y resplandeciente parezca un urinario público de las marcas del pobrecito boxer...
Lo malo es que me han llegado noticias de que otra de mis hijas ha aceptado un regalo de un amigo que no sabía qué hacer con su viejo pony que ya no utilizaba su familia.

Y, bueno: al menos podré contemplar el zafarrancho animalístico a lomos del pony, aunque me temo que el cuadrúpedo se niegue a que mis casi 100 kilos de peso lo cabalguen...

¿Y si me compro un elefante del Circo Mundial?




 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep