Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Si todos los españoles nos quitáramos radical y espontáneamente del tabaco, entre los operarios y demás personal de las diferentes fábricas que lo manufacturan, los agricultores dedicados a la siembra y recolección del mismo, los estanqueros, los revendedores y fabricantes de máquinas expendedoras, los transportistas, etc. etc., que, lógicamente, quedarían sin trabajo, las cifras del paro aumentarían tan drásticamente que la economía nacional se iría al mismísimo garete. Sería una hecatombe económica sólo comparable a la que resultaría, por ejemplo, tras una larga contienda bélica.

Por eso, Sra. ministra, no creo que ni Vd. ni ninguno de sus cooperantes y colegas del gobierno -tan preocupados por crear nuevos puestos de trabajos y elevar la economía patria- pretendan quitarnos del tabaco. Estoy convencido de que lo de los grandes rótulos que nos han colocado en los paquetes de cigarrillos, advirtiéndonos de todas las maldades y las diferentes formas que el tabaco nos puede matar, es más bien una sutil forma de demostrarnos el cariño que el gobierno nos tiene a los descarriados contribuyentes que sucumbimos ante tan deplorable vicio.

Sin embargo, esos grandes rótulos, esos grandes vozarrones diciéndonos que nos quedaremos impotentes, con el esperma hecha agüilla y con un cáncer así de grande en el colodrillo, son una exageración. También hay montones de medicamentos -por poner un ejemplo- que pueden matar u ocasionar muchos efectos indeseables y no llevan esa burrada gráfica en sus envoltorios, sino en un prospecto adjunto donde se explica con detalles los pros y los contras y el uso que debe hacerse de los mismos. Porque, por esa regla de tres, deberá continuar por ponerle las mismas grandes letras a las bonitas etiquetas de las bebidas alcohólicas, a todas sin excepción, desde la humilde cerveza -madre de las ruidosa y nocturnas "litronas" actuales y madrina de nuestros futuros alcohólicos- hasta el más regio de los brandys o whiskys, pasando por los exquisitos riojas y jerez con que Vd. y sus sacrificados colegas de gobierno (cuando tanta opositora bellaquería le dejan, claro) se alegran la vida y los almuerzos de trabajo, pues ya sabe que no hay venenos sino dosis; y puestos a poner advertencias, al café e infusiones -por los nocivos efectos de los alcaloides-, a los pollos y animales de corral -las salmonellas pueden llegar a ser mortales-, a los jamones -que, aparte de que pueden portar triquinas, no sabe Vd. lo que supone una empachera de cinco jotas- y, en fin, a toda una serie de elementos que, por su uso o mal uso, puede dejar al usuario o consumidor hecho un pingajillo.

Sí, ya sé que me va a decir que la idea no es suya. Pero ese argumento de que la idea viene promovida, exigida, obligada o impuesta por la Unión Europea no me sirve. Los países de la U.E. -algunos, que hay de todo- pueden hacer o promover las iniciativas más inimaginables -buenas en su mayoría, oiga-, pero de ninguna forma pueden Vdes. aceptar tamañas burradas. Digamos que España es un país serio y los españoles que fuman, en su mayoría personas adultas, no necesitan que les digan qué deben o no deben hacer, mucho menos que los coaccionen y atemoricen por medio de semejantes engendros (observen el paralelismo con las prácticas usadas por chantajistas, terroristas, etc.). Simplemente díganle que no a la U.E., que en España tenemos un sentido del humor más fino y elegante. Vdes. son expertos en decir que sí o que no, según cuadre (hay precedentes) a los intereses patrios.

Vd. Sra. ministra, si de verdad quiere hacerlo bien, ponga todo su empeño en eliminar toda publicidad del tabaco en todos los medios, incluida la subliminal, la virtual y la real, y divulgue por medio de documentales y artículos cuanto desee sobre los efectos nocivos del tabaco (si me lo permite, le diré que servidor de Vd. ya lleva escrito y publicado unos cuantos). Esa es la única forma de que Vd. -y todos- consigamos que las nuevas generaciones no caigan en un hábito que, sin ser tan trágico como Vd. nos lo pinta, es efectivamente más dañino que beneficioso.

Y, tras su lógico examen de conciencia -donde reconocerá lo razonable de lo expuesto- y eliminar todo rastro de esa borricada de los paquetes de cigarrillos y devolverles su estética -pues por suerte o desgracia tendrán que seguir vendiéndolos todavía muchos años-, no es necesario que sienta dolor de corazón ni que confiese a nadie su lapsus calami, pues que somos humanos y débiles y los errores, a veces, nos pueden. Tan sólo, eso sí, aprovechar la luminosa idea del miembro de la U. E. -o de su gabinete- que la tuvo para retornársela, ...y colocarle colgado al cuello un cartelón con unas letras bien grandes: "Soy un borrico con orejeras. Hacerme caso puede producirle ganas de ciscarse en la madre que me parió a mí y en la de cuantos me rodean."







 

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