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BRUJAS, CASQUIVANAS, PEREZOSAS Y COQUETAS

La misoginia, esto es, la aversión o descalificación de la mujer, es un tópico que se pierde en la remota antigüedad. La mujer, ya en la literatura homérica, debía ser sumisa, obediente y siempre plegada a las exigencias del padre, marido o hermano e, incluso, hijos. Su mundo natural era el hogar y sus tareas las propias del ámbito doméstico.

La mujer, para los clásicos, debía ser resignada, hacendosa y ni hablar de su participación en la vida social. Eso era poco menos que una quimera, un ámbito totalmente masculino que a la mujer ni siquiera debía preocupar.

A menudo, los autores -hombres ellos- cargaron las tintas y arremetieron contra las mujeres llevados no se sabe si por sus propios fracasos o limitaciones; el caso es que las atacan desde todos los frentes, que si son veleidosas, coquetas, casquivanas, torpes, viciosas, hipócritas, curiosas sin límite...; en fin, cualidades que no son precisamente virtudes. Claro que, no debemos olvidar que esta es sólo una cara de la verdad porque, al lado de esta misoginia hiriente, florece, desde siempre, una corriente opuesta, de alabanza a la mujer -a veces rayando la exageración- que complementa muy bien el aspecto que estamos tratando en estas líneas, aunque, por esa vez, dejaremos las alabanzas y seguiremos en la misoginia.

En la Edad Media, periodo con el que iniciamos este estudio, la misoginia sigue con fuerza y se instala en buena parte de la literatura y en el sentir popular puesto que muchos son los refranes misóginos que podríamos rastrear (una perla sirva de ejemplo: "Mujer refranera, mujer puñetera").

Si acotamos el tema para no perdernos en un laberinto de obras, podríamos empezar comentando que en 1253, don Fadrique, hermano de Alfonso X el Sabio, tradujo el Sendebar o Libro de los engannos e asayamientos de las mujeres. Se trata de un texto oriental, en la línea del Calila e Dimna e, incluso, de Las mil y una noches. En el Sendebar se ponen en evidencia los defectos de las mujeres ya que, precisamente, es una mujer, la madrastra del príncipe, quien lo acusa ante el rey de seducción -de manera falsa-, aunque, como no iba a ser de otra forma, se acaba descubriendo la verdad y el castigo para esta mujer es terrible.

El Arcipreste de Hita no puede ser acusado de misoginia, todo hay que decirlo, ya que defiende y alaba a las mujeres en varios momentos; pero no escapa, burla burlando, a la corriente misógina. Juan Ruiz emplea la ironía más sutil en esos momentos. Precisamente, cuando pondera a la mujer pequeña lo hace en aras de su estatura. Parece decir que "de lo malo lo menor". También Juan Ruiz destaca la habilidad de la mujer a la hora de engañar al marido, es el ejemplo del pobre Pitas Payas.

Don Juan Manuel, el gran prosista del S. XIV, también defiende a la mujer o, al menos, pretende ser ecuánime con ella y no la critica de manera gratuita, pero no evita algún guiño a la corriente que estamos tratando, véase sino el cuento dedicado a la "Mujer brava", antecedente claro de "La fierecilla domada" de Shakespeare.

El Arcipreste Talavera, en El Corbacho, no pierde el tiempo y se centra en reprobar a las mujeres, a todas y por todo. En la primera parte (Se reprende el loco amor) se presenta a las mujeres como culpables de que el hombre se sujete al loco amor y en la segunda (Vicios de las mujeres) se centra directamente en fustigar lo que él considera vicios -eso sí, sin perder el humor-: coquetería, vanidad, estupidez, parloteo inútil, avaricia....



S. XV. PRERRENACIMIENTO

La Edad Media viene marcada por una sociedad cerrada, inmóvil y rígida. La vida no valía mucho, sólo en cuanto servía de enlace con la eternidad. Sin embargo, a lo largo de los tiempos, la sociedad empezó a cambiar. Surgen las ciudades y con ellas aparece un nuevo concepto de la vida que se convierte en motivo de goce, que merece la pena por ella misma.

La crisis del mundo medieval, iniciada ya en el XIV, se muestra en el S. XV, momento en el que se suceden grandes acontecimientos históricos, mecánicos y sociales. Poco a poco se van imponiendo las ideas del Renacimiento, aunque en España el cambio es más lento, pero ya imparable.

Precisamente La Celestina , de Fernando de Rojas evidencia muy bien esto que estamos exponiendo en líneas generales. Se trata de una obra híbrida, con un excelente trabajo lingüístico, que señala el contraste entre clases sociales y que habla del valor del dinero, del valor de la pasión y del valor del vivir aquí y ahora. Los personajes de esta obra son seres de carne y hueso que no se limitan a dejarse llevar, sino que actúan siguiendo su criterio que siempre les beneficia, beneficia a la vieja alcahueta, a Calixto, a Melibea, a los criados... Aunque, la ruptura no puede ser tan tajante, al fin y al cabo el autor se debe a su época, el final vuelve a los cauces medievales, pero ya el espíritu prerrenacentista lo impregna todo. Mucho podríamos hablar de esta obra, aunque aquí nos interese la faceta misógina que se ve, no podía ser de otra manera, y que responde, exactamente a la sociedad del S. XV. Básicamente nos centraremos en Sempronio, aunque muchos son los refranes que nos hablan del papel de la mujer en el momento que es el mismo que hemos visto en el capítulo anterior, aunque con algún avance, no nos quepa duda, porque Celestina hace el mal que es lo que reporta beneficios, pero no tiene ni un pelo de tonta, es astuta y lista y eficaz.

También veremos ejemplos misóginos o, al menos de crítica hacia la mujer, en la poesía popular del momento, pero, y sin que sirva de excusa, se criticaba todo, ni el rey se salvó; así que no nos extrañe que la mujer saliera seriamente perjudicada.



RENACIMIENTO

España, en el S. XVI, es un gran Imperio que despliega sus alas, que domina y que tiene poder. Es la época de Carlos I y de su hijo, Felipe II. Es el momento de esplendor de la lírica con Garcilaso y con Boscán. Es el momento de la mística con Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

Pero, ¿y la mujer?, ¿cómo se seguía tratando a las mujeres?, ¿qué papel tenían?

Bien, las mujeres cercanas al poder no carecen de influencia, al contrario, como la emperatriz Isabel, la esposa amada del Emperador, o Germana de Foix, que fue Virreina de Valencia, o María de Hungría que ejerció con buen tino su autoridad en los Países Bajos, en nombre de su hermano. Estas mujeres fueron importantes por su cuna y por su preparación. Como también lo fue Santa Teresa en el ámbito de la Iglesia y otras como la duquesa de Alba, la princesa de Éboli o Isabel de Freyre.

Sin embargo, el resto de las mujeres, las normales, no gozaban de demasiado prestigio ni influencia a no ser en su propia casa. La mujer era la dueña del hogar, sobre todo, cuando el marido estaba ausente. La mujer, pues, tiene un papel en la Corte, pero no en la vida cotidiana.

Muchos autores ponderaron la belleza y las cualidades de las damas, ya sea Baltasar de Castiglione en El Cortesano, ya sea G. de la Vega que es quien mejor idealiza a la mujer, a Isabel de Freyre.

Ahora bien, los moralistas de la época, los erasmistas, dedicaron andanadas críticas a la mujer a la que no juzgaban capaz ni de pensar. Eso se pregunta Luis Vives que no duda en denostar el vicio de la charlatanería femenina:

"Veloz es el pensamiento de la mujer y tornadizo por lo común, y vagoroso y andariego, y no sé bien a dónde le trae su propia lubricada ligereza ..." (Luis Vives: De la mujer cristiana, Obras completas, ed. Lorenzo Riber, Madrid, 1947, I, pág. 993.)

Y, por supuesto, la mujer no debía dedicarse a la enseñanza:

"Puesto que la mujer es un ser flaco es seguro que en su juicio y muy expuesto al engaño, según mostró Eva..., que por muy poco se dejó embobar por el demonio, no conviene que enseñe, no sea que..., persuadida de una opinión falsa, con su autoridad de maestra influya en sus oyentes y arrastre fácilmente a los otros a su propio error..." (Luis Vives, Idem, pág. 991 y ss).

Fray Antonio de Guevara sigue arremetiendo y, como duda de la honra femenina, defiende que es mejor que tenga vergüenza, así una callará la otra. La perfecta casada es un tópico de la época. El marido no debía enamorarse de su esposa, no, ni fijarse en su belleza, qué va, sino en la honestidad y, como acabamos de escribir, en la vergüenza y en su capacidad de sufrir. Así, Fray Luis de León en La perfecta casada mantiene que si la mujer es capaz de aguantar el sufrimiento, todo irá bien en su matrimonio; es decir, los malos tratos ya se habían inventado en el Renacimiento y, no sólo eso, sino que se aceptaban: 

"¡Oh, que es un verdugo! Pero es tu marido. ¡Es un beodo! Pero el ñudo matrimonial le hizo contigo uno. ¡Un áspero, un desapacible! Pero miembro tuyo ya y miembro el más principal" (Fray Luis de León, La perfecta casada, Aguilar, Madrid, 1963, p. 110).

Y mucho peor aún era la soltería, ya que la soltera, la solterona, se convertía en una carga y en motivo de escarnio y eso hasta nuestros días prácticamente. 

En suma, que las mujeres alejadas de la vida de la corte, lo tenían bien difícil a juzgar por lo que leemos y entendemos, ya fuesen casadas, viudas, solteras o monjas; se agravaba si cabe si se trataba de conversas, moriscas o gitanas y, ya era el colmo, si se las acusaba de infidelidad o de prácticas hechiceras o de prostitución.

Juan de Timoneda en "El Patrañuelo" incluye diversos cuentos donde se muestra el "aprecio" o el papel de la mujer entonces.
 
(Continúa el próximo número)





 

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