Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
No sé por qué pero, cansado ya de vivir, me senté, levanté mi rostro y miré.

Escudriñé las nubes en busca de caras o figuras, como en aquél juego del que, en mi infancia, hice costumbre; por entonces, miraba a lo lejos, al cielo o al horizonte, no tenía preferencias, me daba lo mismo fijarme en las estrellas que en las olas de los mares, en los árboles del bosque o en las sombras de la oscura noche, la cuestión era que me fijaba en las cosas, o en grupos de cosas, y buscaba en ellas imágenes de cosas, o de grupos de cosas.

Estaba en mi jardín. Era otoño y los robles se desnudaban sembrando el suelo de hojas pardas y resecas. El viento las arremolinaba, se movían como a saltos desplazándose sobre el césped y yo, lamentando mi soledad, contemplaba su formarse en grupos, su hacerse y deshacerse en montones, su alinearse en formaciones de a tres, de a seis y hasta de a ocho.

Uno de esos grupos de hojas inservibles llamó mi atención; las hojas que lo formaban se habían dispuesto adoptando al principio una forma abstracta y burda que no representaba nada pero, poco a poco, en leves y apáticos movimientos, se acomodaron conformando figuras y cuerpos reconocibles: se hicieron caras de niños, árboles frondosos, míticos animales, ciudades, páramos polvorientos, perfiles de guerreros ancestrales... Se hicieron formas y figuras que me parecieron mostrarse de una manera prevista y voluntariamente diseñada, con premeditación. No dejé de observar sus mínimos escarceos y me sorprendió el orden con el que, las hojas, una a una, llegaban a su disposición definitiva. La masa informe del principio había evolucionado y creí descubrir su justificada razón de ser, el porqué de tanto movimiento sin sentido. Muchas formas me había enseñado, muchas cosas me dejó ver, muchas situaciones pude en ella contemplar y supe, entre tanto movimiento, descubrir al mundo. Se presentó ante mí con forma, con definidas siluetas. Se mostraba como algo perfecto, cambiante pero, al parecer, eterno.

Apenas recordaba el primer montón de hojas pardas y resecas conformado por el viento. La lenta mutación había culminado y el mundo tenía cara y, en su cara, ojos que me miraban.

El viento se calmó y, nosotros, el mundo y yo, quedamos inmóviles, casi ajenos, el uno frente al otro pero observándonos, tanteándonos desde lejos. Él me estudiaba y yo le estudiaba a él. Nuestra actitud podía parecer un mutuo reto de impertinentes como eran las miradas.

Bajo el frío sol, casi invernal, brillaba su ser. Ya no eran hojas desprendidas de los robles, era un algo con vida, con color, con ojos grandes que no dejaban de mirarme, con múltiples formas que me sorprendían pero, pasados unos siglos, sopló de nuevo el viento y, con imperceptibles movimientos, se deshacían las figuras, se abortaban las formas que antes me sorprendieron y dejé de ver primaveras soleadas y madres recelosas y el amor de parejas escondidas, y las aves no anidaron, ni entonaban melodías. Por el contrario, se deshilvanaba el ser ajándose su cara con el correr de encapuchados apedreando escaparates, con el presentarse el estallido de las guerras, con el aflorar de cadáveres desnudos y con el llanto de los niños que nadie amamantaba. Y entristeció su mirada que ya no me miraba y entendí que, al iniciar su nueva evolución, estaba, como yo, muriendo para siempre.




 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep