Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Fui a su casa para que me cantara viejos romances. Todos sus conocidos sabían de su gusto por aquellas coplitas que aprendió de su abuelo, el ebanista, en aquellas largas jornadas que pasaba dándole belleza a la madera. Yo estudiaba, y en clase de literatura me habían pedido que recogiera viejas coplillas de nuestro acervo popular. La gente me habló de Lela, y fui a su hogar una fría tarde del mes de Noviembre.

Me recibió con la sana alegría de saber que tenía algo que ofrecer. Mi tía le dijo que yo iría esa tarde y me había preparado una casera y exquisita merienda. Mi profesora nos habló de la necesidad de crear un ambiente cómodo y agradable antes de sacar nuestra grabadora, para no espantar a nuestros informantes, así que me dispuse a tomar su delicioso bizcocho de almendras y su chocolate, y a entablar una apacible conversación que nos acercara. Comí hasta hartarme porque todo estaba buenísimo y porque no tenía el más mínimo deseo de que aquella señora dejara de hablar. Su melodiosa voz parecía ejercer cierto encantamiento sobre mí y adivino que aquella situación hubiera podido prolongarse no sólo durante las horas que lo hizo, sino durante largos días con sus interminables noches.

El mágico recuerdo de su vida personal empezó cuando me dispuse a tomar la taza de chocolate. Aquel rústico tazón había estado en las manos de su madre en las ricas meriendas que preparaba para las chicas de su taller de costura, y se las había traído su padre de un viaje al pueblo en que nació, allá en la lejana Rioja. En ese momento, cogí y comencé a beber de la taza con mucho mimo, pero ella me avisó de que era sólo una taza, que no merecía un trato diferente. Cuando la dejé sobre la mesa, me contó la historia del mantel, regalo de boda de su prima poco antes de emigrar Alemania. Me dijo que ella volvía algunos veranos y le daba mucha alegría comer sobre aquel viejo mantel. Y siguió hablándome de la cubertería francesa que encontró escondida en una antigua almoneda gaditana, o de los cuadros de vivos colores que adornaban aquella estancia, recuerdo de los viajes de su marido a Sudamérica. Eran regalo de unos indios peruanos agradecidos por las medicinas que les consiguió su esposo.

Terminada la revisión a los objetos de su salón, seguimos recorriendo las distintas estancias de su apacible hogar, y en todas había un mueble u objeto que le retrotraían antiguos relatos de su dilatada existencia.

Nunca me ha gustado esa costumbre de guardar por guardar, y me parecía positiva la costumbre de renovarlo todo. “Renovarse o morir”, digo con bastante asiduidad. Hoy, enfrascada en los cientos de relatos que me ha ido desgranando Lela, contemplo sus viejas cosas como los más fieles referentes de su paso por la vida. Cuando llegamos a cierta edad, parece que intuimos la levedad de nuestra huella por este mundo y necesitamos de cosas que dejen constancia de nuestras vivencias, Probablemente, a su ida, los que entren en su casa destruirán todo lo que carezca de valor material, pero da igual, porque todos los significados que poseen todos esos mágicos objetos también se habrán ido con ella. Mientras tanto, vive en el museo de su historia personal.







 

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