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BARROCO

El S. XVII es el siglo del Barroco y, de todos es sabido, marca la plenitud de la literatura española, con el llamado Siglo de Oro, aunque ese esplendor cultural no coincide con el esplendor político.

El Barroco supone un cambio de actitud ideológica respecto al Renacimiento. En el Barroco el hombre ha perdido confianza en sí mismo y se siente sumido en el desengaño. Es un arte de contrastes, de hipérboles. Lo que en el Renacimiento era calma y equilibrio, aquí se vuelve duda y sinrazón.

En el Barroco reconocemos algunas de las características de la Edad Media en cuanto al tratamiento de la misoginia que sigue en la misma línea que acabamos de ver en el Renacimiento, acaso se incrementa porque autores de pluma tan afilada como Quevedo o Gracián van a continuar la tendencia misógina, ya sea de manera jocosa, atacando el aspecto externo de las mujeres, centrándose en su fealdad, en la manía por ocultar sus defectos; ya sea en aspectos mucho más hirientes que se centran en la falta de escrúpulos de la mujer, en su inmoralidad. Sigue siendo la mujer, un ser veleta, caprichoso, charlatán... Sigue reinando, si acaso, de puertas para dentro en su hogar y no siempre. Sigue siendo mal vista la soltera y la mujer distinta; de ahí que María de Zayas, mujer culta en su tiempo, mujer preocupada y cercana a la corte, a los ámbitos de poder, trate, de alguna manera, de romper lanzas a favor de las mujeres; es, por así decirlo, una feminista adelantada aunque conservadora; pero no podía ser de otra manera.

Francisco de Quevedo no es sólo un escritor procaz e ingenioso, sino que, a menudo, alcanza pasajes de un alto lirismo y de una dimensión humana no superada.

Quevedo vive preocupado por su época y angustiado ante un futuro poco cierto; de ahí su amargura y su soledad.

Quevedo destaca como prosista y como poeta, aunque aquí nos detendremos en su faceta de poeta, ya que los poemas, al ser textos cerrados, nos permiten un mejor análisis. Destacan por su riqueza temática, por su esfuerzo por intensificar y sugerir; por la mezcla de lo culto y pícaro y pos sus recursos lingüísticos. Quevedo como nadie maneja el idioma, emplea nuevos términos, caricaturas, expresiones populares, hipérboles... Es un artífice del lenguaje.

La temática de sus poemas es amplia: moral, política, amorosa, angustiada, picaresca, irónica, satírica... Aquí nos fijamos en su poesía misógina en la que ataca, sin piedad, a las mujeres. Es un artista de la sátira, aunque cabe advertir que no es sólo la mujer la atacada, sino toda una galería de personajes, de defectos, de tipos, de clases sociales, de un sinfín de temas y de aspectos con los Quevedo no tuvo clemencia.

Y es que Francisco de Quevedo hace un duro sarcasmo del mundo y representa muy bien el espíritu barroco, transido por el desengaño y la amargura y dispuesto a criticar duramente para enmendar vicios y defectos. Aunque acaso no sea tan misógino en realidad, porque ¿quién que no haya amado nunca puede escribir ese espléndido soneto "Amor poderoso más allá de la muerte"?

Luis de Góngora tampoco es ajeno a esta corriente y en alguna letrilla expone los defectos y vicios femeninos, aunque es menos cruel que Quevedo.


S. XVIII

El S. XVIII, el llamado Siglo de las Luces, la Ilustración, supone un cambio ideológico y una evolución en el tratamiento de la mujer, siempre en los sectores liberales y avanzados de la sociedad, nunca en los tradicionalistas que siguieron anclados en unos tópicos antiguos que, en algún sentido, perduran hoy en día.

La mujer, pues, en el S. XVIII, de alguna manera, leve, se emancipa y se erotiza. Debido a la influencia francesa, lo femenino cobra una dimensión sensual y, por ejemplo, se aprecia en el vestido que, sin ir más lejos, se empieza a escotar de manera generosa, aunque esta evolución no fue nada sencilla ni fácil ya que hubo muchas presiones e, incluso, los sastres que se atrevían a desafiar la moda fueron multados; pero ya supone un primer paso.

Por otro lado, se inicia un acercamiento entre el hombre y la mujer en cuanto a los derechos. Así, de manera simbólica, en el S. XVIII la mujer va a poder sentarse a la misma altura que el hombre.

Tanta era la presión sobre las mujeres que el Padre Feijoo salió en su defensa, lo mismo que Leandro Fernández de Moratín y Cadalso (Carta LXXV).

A pesar de todo, en el S. XVIII continúa la censura hacia la mujer en los textos literarios, a veces es una sátira, otras tiene intención didáctica y moralizadora. Lo vemos en Iriarte (La señorita malcriada), Vicente García de la Huerta y Félix Samaniego, aunque, verdad es, que no se arremete contra los defectos físicos de la mujer o su fealdad, sino que las críticas son más morales y psicológicas. Las mujeres siguen siendo coquetas y vanidosas, inestables e insustanciales. Todos sus defectos son debidos a la educación y así, en último término, se achaca la culpa a los padres que han descuidado a sus hijas.

De todas formas, la reina del salón literario en el S. XVIII es la mujer, la mujer que dirigirá el cortejo -sea casada o soltera-, la mujer que centralizará las actividades y será el alma indiscutible de estas tertulias, un ejemplo de las mismas es la Academia del Buen Gusto, a cargo de la Condesa de Lemos.


ROMANTICISMO

En 1853, Zorrilla, refiriéndose a Gertrudis Gómez de Avellaneda, escritora romántica cubana, cuando quiso ingresar en la RAEL, decía:

"Era una mujer hermosa, un error de la Naturaleza que había metido por distracción un alma de hombre en aquella envoltura de carne femenina".

¿Cabe un comentario más machista y misógino que éste? Así, no es de extrañar que la mujer siguiese siendo un ángel del hogar, para dar y recibir amor. Algunas de las mujeres románticas de la época, no no quepa duda, se rebelan contra este estado de cosas y luchan por salir del encorsetamiento social al que estaban sometidas.

Hablamos de la propia Gertrudis Gómez de Avellaneda y de Carolina Coronado y, más adelante, de Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber) que tuvo que firmar con este seudónimo su obra para poder publicar.

De todas formas, la mujer seguía siendo la reina de las tertulias (Frasquita Larrea Böhl de Faber, madre de Cecilia, dirigió una famosísima en Cádiz, donde arraigó el primer romanticismo español).

Recordemos que había un doble modelo o ideal femenino: la mujer ángel, la mujer etérea, la que daba amor, la que salvaba al hombre del abismo, la doña Inés de Zorrilla; y la mujer demonio, la mujer funesta, apasionada, la que encadenaba al hombre y lo sometía, la Jarifa de Espronceda.



CONCLUSIÓN

Acaso la corriente misógina se diluye ya a partir del S. XVIII, desde ese momento encontraremos ejemplos misóginos en la literatura, pero ya no de los propios autores, sino de personajes que muestran modos de conducta típicos de su sociedad.

En el S. XIX la mujer se convierte en el "ángel del hogar" y tendrán que pasar muchos años para que se emancipe del hombre y pueda llevar a cabo su propia formación. En "Tristana", Saturna, la criada, ya aconseja a la joven acerca de lo que le espera si quiere ser independiente: "o corista o prostituta". El oficio de institutriz fue uno de los primeros reconocidos por la mujer, que hasta no hace mucho aún no podía cursar estudios universitarios.

A Doña Emilia Pardo Bazán no habría de gustarle tal situación puesto que en "Insolación" da la vuelta al personaje femenino y pone en su boca unas palabras impensables en una mujer -dirigidas al hombre-. "Quédate esta noche". Doña Emilia también pagó por ser mujer ya que no pudo ingresar en la RAEL.

En la Edad Media, acabamos de verlo, se critican aspectos de carácter de la mujer charlatana, perversa, astuta...); en el Renacimiento se entronca a la mujer independiente con el maligno (las parteras fueron perseguidas muchas veces porque se sospechaba de sus artes); en el Barroco ya se centra la crítica en cuestiones externas: el afán de la mujer por parecer más joven, el uso desmedido de los afeites, la vejez mal llevada.

Es una evolución paralela a la propia sociedad, así en el XVIII los aires ilustrados traen un cambio de mentalidad que irá arraigando poco a poco en nuestra sociedad; aunque mucho aún nos quedaría por decir del tema.

Y, quizá, si intentásemos globalizar más nuestras conclusiones y mostrarlas de manera amplia, podríamos decir que hay diferencia sustanciosas en cuanto al tratamiento de la mujer en la Edad Media y el S. XVIII, por ejemplo. Eso es lógico porque indica una evolución de lo sociedad.

Hasta el Renacimiento, las críticas fueron orientadas hacia los tópicos admitidos con respecto a los defectos femeninos: curiosidad, avaricia, tratos con el demonio, sucia, astuta, mala para el hombre... En cambio, en el Barroco los vicios se centran más en la coquetería, en la vanidad, en el aspecto exterior de las mujeres que se obstinan en parecer lo que no son. Y en el S. XVIII todas las críticas van encaminadas hacia la educación. La mujer es como un menor mal aconsejado al que hay que reorientar.

Por lo tanto se parte de las artes diabólicas medievales en que la mujer era el centro hasta la necesidad de guiarla por la vida, de volverla al cauce en el S. XVIII pasando por las debilidades del sexo débil en cuanto a afeites y al intento de apresar el tiempo a su favor en el Barroco.

En suma, que la misoginia ha evolucionado como lo ha hecho la sociedad, se ha vuelto más tenue, se ha enmascarado, pero ha seguido, sin duda, su camino.





 

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