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Desde que apareciera el psicoanálisis de Freud y con ello propiciase la escritura automática, tan cara al surrealismo, el concepto de la literatura como catarsis -o sea, la liberación de contenidos opresores en nuestro subconsciente- se ha asentado en la sociología literaria como un tópico más de los que la tradición ha ido decantando con el discurrir del tiempo.

No obstante, si nos remontamos a épocas muy pretéritas, por ejemplo al mundo clásico, quedaremos un poco decepcionados, amén de escasos autores que expusieron algo de su intimidad unos veladamente, como Safo y Arquíloco de Paros, y otros de manera más explícita como Catulo y los elegíacos latinos, como Ovidio, Propercio y Tibulo.

Según los estudiosos del tema, fue san Agustín el gran descubridor de esa intimidad -recuérdense sus famosas Confesiones-. Pero la Edad Media fue un periodo nada propenso a expresar los propios sentimientos, aparte de los trovadores. Así como la Filosofía fue ancilla -esclava o servidora- de la Teología-, la Literatura lo fue de la épica y la religión, con la excepción de autores como el marqués de Santillana, Manrique y los del Cancionero Lírico Tradicional. A partir de La Celestina se abre un mundo nuevo de manifestaciones de la íntima condición humana, que enlazará con el Renacimiento, punto de partida de una ya progresiva modernidad. La lírica de Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro, por citar a los tres autores más representativos de ese movimiento, es un vuelco que nos hacen ellos desde una vida íntima atormentada. A partir del Romanticismo, la tendencia a la confesión en lo que se escribe se hace aún mayor. Veremos cómo poetas de menos fuste llegan a un patetismo que roza el ridículo en ocasiones. Fue Antonio Machado, por boca de Juan de Mairena, quien dijo que muy pronto (escribía esto allá por la segunda década del siglo XX) los poetas tendría que enfundar la lira, refiriéndose a la confesión de los sentimientos propios. La realidad no ha sido así. Pero los poetas que siguieron a su generación fueron más comedidos en sus sentimentales comunicaciones. Por ejemplo, los del 27, en especial Pedro Salinas y Jorge Guillén, también Prados y Altolaguirre, escribieron una poesía aséptica, lo mismo que el Juan Ramón de la tercera época, que les sirvió de magisterio.

Si trasladamos esas preocupaciones a los "poetas de provincia", observaremos cómo la musa es esencialmente lírica, rayana en los sentires inmediatos y cotidianos. El yo confesional está presente en el papel como único protagonista casi exclusivo. Es cierto que esta etapa es la anterior a otra de más madurez, en la que lo(a)s poetas superan su propia necesidad de "desahogo" y ponen la vista entonces en otros temas más objetivos que requieren mayor destreza.

Comenzar a escribir sería como empezar a andar. El infante se agarra a donde puede y camina según le permite su instinto de adaptación. Escribir podría ser muy parecido. Las vivencias elementales y comunes son las que afloran a la pluma como asociaciones inmediatas. Los profesores de lengua que hayan propuesto a los alumnos temas de redacción o escribir un poema, pronto se han dado cuenta de que el paisaje, el amor, la tristeza, los recuerdos vienen a la mente del que escribe como una oferta amable y a la vez necesitada de sacar a la luz, como si el pozo de las propias experiencias estuviese lleno a causa de lluvias continuas de lo vivido. 

A medida que se repiten los temas, el campo temático se reduce y, si el aficionado quiere seguir escribiendo, tendrá que aceptar el reto de tocar otros argumentos. Si es exigente, se sentirá obligado a perfeccionar sus procedimientos de expresión.

Desgraciadamente los poetas y escritores que he llamado "de provincia", se cansan y dejan de escribir o se encastillan en sus trece literarios hasta aburrir a la Musa, que les sugiere continuamente un acelerón de técnica para su propio entusiasmo.

Pero, volviendo al principio, escribir es confesar lo que somos, aunque nuestros sentimientos estén ausentes. Lo dijo Buffon: "El estilo es el hombre".    






 

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