Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Aisa no era virgen porque en el Boulevard Saint Denis conoció a David Bouchett, y todos los principios se le reventaron una tarde en chez Madame Signorette, mientras una lluvia meona y plúmbea no dejaba de caer en el París de sus diez y nueve años.

Ya bien sabía que Alá nunca le perdonaría aquel amor desesperado para con un "alijudi", aunque contaba, en su descarga, que sólo se enteró de que David era perverso (aunque perverso no militante, eso sí) cuando su amiga Rania se lo confesó entre susurros a la entrada de la Mezquita de Chatelet un viernes de Ramadán, poco antes de que sus padres le anunciaran su compromiso oficial con el Sr. Mustafá, el concuñado de su prima Maimona, que tenía una tienda de perfumes en el Zoco de Mequinez.

- Dentro de quince días el Sr. Mustafá llegará a París para cerrar el trato -le comentó su padre al volver del trabajo de barrendero del "sezième arrodisement".

Y Aisa supo que sólo la ira de Alá podría salvarla de convertirse en la tercera esposa del concuñado de su prima Maimona, y de regresar a Baik-el-masuri, en los extrarradios de Mequinez, donde el Sr. Mustafá habitaba en una destartalada casa llena de moscas y de niños semisalvajes.

- Padre, no va a poder ser -dijo Aisa bajando los ojos al suelo y temblando como una hoja de otoño.

Intuyó el huracán que se fraguaba desde el sofá floreado del recibidor en el que se sentaba su padre, y pudo adivinar la cara pálida y asustada de su madre, agazapada de perfil en el umbral de la cocina con olor a cuscús y a menta desecada.

- Lo que tiene que ser, siempre es, Aisa -sentenció su padre mientras ponía su enorme humanidad y su barba zaina, desafiante, en los ojos atemorizados de la hija, que seguía sin levantarlos de la alfombra de camello.

Aisa maldijo el olor a pecado de aquella habitación con vistas al Quarter Latin y con láminas del Sacré Coeur en las paredes. Volvió a notar el dolor agudo, y la sangre, enrojeciendo las sábanas de algodón amarillento en la cama de hierro, y el zumbido metálico de los muelles chirriantes, y el sudor apasionado de David mientras la musitaba: pas de problème, ma petite demoiselle orientale...

- Pero es que yo, padre, he sido usada... -balbuceó Aisa atreviéndose a levantar la mirada al techo con un inequívoco signo de resignación y entrega.

Le dolió más la cara de angustia infinita de su madre que la seca bofetada que le hizo rodar por los suelos; más, mucho más, las esperas durante todo un mes en el Boulevard Saint Denis intentando encontrar de nuevo al fantasma de David, que la vergüenza de haber tenido que descubrir su secreto; mucho más el no haber podido apurar el placer prometido y esperado, que la ira poderosa de su padre que, aturdido, murmuraba letanías entre dientes.

- Buscaremos un doctor que te reconstruya... Y nadie sabrá nada, mujer, salvo Alá y nosotros tres. Sólo Alá y nosotros -repitió mirando a su mujer que se tiraba de los pelos desgreñados y se daba golpes en el pecho con furia.

La Clinique de la Lumière estaba ubicada en una calle estrecha y poco iluminada. Aisa supo que su padre había estado indagando entre sus compañeros senegaleses y tanzanos algún lugar recomendable para que la hicieran una reconstrucción del himen que le pudieran salvar de la vergüenza, el deshonor y el compromiso con el Sr. Mustafá.

Le habían informado que en aquella clínica había un doctor joven que era un verdadero experto en el tema, y que por un precio asequible, pocas preguntas, y sin ingreso hospitalario, le resolverían el problema. No le gustaba mucho que el médico fuera de raza judía, pero el tiempo apremiaba y no podía permitirse el lujo de elegir en aquellas circunstancias adversas.

Empujó a su hija cuando una enfermera, con cara de pre-jubilada y ojos dormidos, les anunció que podían pasar a la consulta.

Aisa no pensaba despegar los labios, y asumía con resignación el justo castigo a su pecado de lujuria.

- ¡Aisa! -exclamó el médico en cuanto la vio traspasar la puerta-. ¡Ma petite mademoiselle oriental!

El rojo, entonces, se hizo dueño de la escena: un rojo pasión desenfrenado que abalanzó a Aisa en los brazos del Dr. David Bouchett; un rojo deseo en los labios de David, que besaba impulsivamente a Aisa sin reparar si quiera en aquel hombretón perplejo y ofuscado que, nervioso, buscaba su alfanje berebere en su cinturón de odio; el rojo de la sangre de Aisa y de David que salpicaba las paredes del pequeño despacho médico de la clínica; el rojo muerte de la venganza de Alá que castigaba el deshonor como sólo puede castigarse...




 

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