Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2003 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
En este convento no pasan las horas y estoy aburrida y harta de sentirme Dª Inés. No sé qué pinto en esta vieja cocina repleta de cacerolas remachadas, de chuscos de pan duro y de hortalizas del huerto, si mi regreso al mundo de los pecadores está decidido desde que llegué aquí para refugiarme.

Fallé sí. Fallé y escapé, pero volveré y sucederá lo inevitable. Cuando lo pienso y recuerdo mi torpeza me doy cuenta que fue un error el intento de atropello, todo el planteamiento era una idiotez. Sin embargo, mis planes van ahora por otro camino, más recto, más directo y mucho más expeditivo. Mi Don Juan no lo sabrá nunca. No será su espada la que atraviese las entrañas de mi padre, el Comendador. El Comendador malvado que no me deja casarme con Alberto no es mi padre sino el suyo, y su asesino será un rudo estibador o cualquier obrero en paro quien, por unas miles de pesetas, que pagaré muy a gusto, le descerrajará un tiro a bocajarro en el portal de su casa. Tras el entierro y las misas Alberto, mi Don Juan, se entregará en mis brazos buscando el natural consuelo y, en un par de meses, le haré mi marido.

Tiene un poco de morbo planificar así las cosas desde este lugar de recogimiento y de oración mientras vigilo el hervor de una triste y pobre sopa: un poco de pan, unos dientes de ajo, algo de grasa de freír, agua y sal. Todo junto en un puchero puesto al fuego y, después de un rato de chuf, chuf, chuf, hala, a comer con las monjas. 

Esto no es vida. Ellas deben ser santas pero, me da igual, yo no, yo sólo pienso en lo mío, en lo que me interesa, en Alberto y en el estibador que acabará con su padre. Luego vendrá el placer, el abrazarnos obsesivamente, el recibir sus besos y sus lamidos, sentir sus manos acariciando mi cuerpo, bordeando mis pechos, haciendo círculos en mi vientre, ascendiendo por mis muslos hasta llegar al infinito. Yo me dejaré hacer disfrutándole en silencio y cuando proteste mi pasividad le voltearé en la cama, le inmovilizaré con mi cuerpo y en un abrazo ancho y profundo alcanzaremos la gloria.

Se está haciendo tarde, las monjas esperan en el refectorio y a estas sopas de ajo les falta un poco de pimentón. 




 

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