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El azar en la literatura es un tema reciente. Hay que trasladarse al mundo clásico de Grecia y Roma para encontrar rastros significativos de semejante asunto. La llegada de la nueva religión judeocristiana supuso un mentís frente a las escuelas epicúreas (que sostenían el azar como devenir del motor del mundo y de nuestro universo). 

Las primitivas pretensiones de dicho movimiento religioso se apoyaban en el retorno del Mesías y el inminente fin del mundo. Pasaron los primeros ciento cincuenta años, que era la fecha clave, y no ocurrió nada. Después la predicción se fijó en el año 1000, y tampoco sucedió nada (precisamente la tesis doctoral de Ortega y Gasset trataba de este tema. Los terrores del año 1000).

Pero si hemos citado aquí el plano religioso es porque éste se oponía con un concepto providencialista de la Historia a toda repercusión procedente de la casualidad.

De hecho, el azar como tal desaparece de la literatura y sólo está presente en el sentido del juego, como lo documenta Corominas en su Diccionario etimológico... Es a partir del siglo XVII cuando aparece como "casualidad, caso fortuito", según este mismo filólogo.

Hemos de esperar a Descartes, que dice: "El sentido común es lo que mejor está repartido", y después a los enciclopedistas franceses para que la razón -la diosa razón de los liberales románticos- oponga a una providencia activa y misteriosa, el deísmo del Dios relojero con el que todo está prefijado; algo así como atado y bien atado en cosmología. 

Sin embargo, todavía los filósofos más conocidos temen romper con la tradición cristiana europea subyacente debajo de todas las atrevidas innovaciones. Será el mismo Kant el negador de la posibilidad de la metafísica, que significa una limitación del conocimiento humano para acceder a planos divinos o sencillamente trascendentes y, por ello, imposibilitado para detectar la voluntad de un Dios que dirige la Historia. Si el conocimiento no va más allá de sus propias capacidades psicológicas -se deduce de su postulado-, el hombre proyecta nada más que sus propios deseos. Estos límites insalvables traerán, a la larga, una fragmentación de la cultura, de la misma filosofía y de la teología también. Y lo que es aún más amenazador: el relativismo. 

Con él se instala en la cultura contemporánea el mayor enemigo no sólo del providencialismo, sino de la misma razón. Empiezan, pues, a ser valoradas todas las civilizaciones de todos los continentes, incluidas las religiones, por muy animistas que sean. El destino común a toda la humanidad, que sería el presupuesto inicial de lo providencial, se ha hecho trizas y cada situación humana y geográfica obedecen a causas distintas, según sean sus condiciones ecológicas. 

La Ciencia, desde el evolucionismo hasta la cibernética, viene a decirnos que todo depende de todo y nuestro mundo es una estructura cuyas partes se entrelazan como un puzle en el que no cabe un jugador que tira sus dados para su propio entretenimiento, en ocasiones catastrófico, de manera que tendríamos que decir con el terriblemente inteligente Francis Bacon: "Sería mejor no tener siquiera una opinión de Dios que tener una opinión indigna de Él". 

Y es que lo contemporáneo, con todos esos horizontes anunciados por el Zaratustra de Nietzsche, recomienda no opinar sobre la Providencia en los mismos términos de los hebreos, cuando ellos, perseguidos hasta la masacre, son precisamente los menos agraciados para tal afirmación. 

Quizás, y ya trasladándonos a un punto en el que no quiero entrar, la frase de su rechazado y condenado Mesías, nos ayude mejor a comprender nuestro atormentado hábitat: "Mi reino no es de este mundo".     






 

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